El primer paseo

1626 Palabras
Los días pasaron con una calma casi peligrosa, una quietud que rozaba el aburrimiento. Fue entonces cuando Nikolai rompió el silencio con una orden inesperada: —Serafín, vístete y abrígate bien. Te llevaré de paseo. Los ojos de la muchacha brillaron con una mezcla de ilusión y sorpresa. Jamás había salido de las casas donde él la mantenía, siempre bajo llave, siempre bajo su mirada. Aquella promesa de libertad, aunque breve, le hizo latir el corazón con fuerza. —No sabría qué ponerme, mi señor —murmuró con timidez—. No conozco realmente el clima fuera de esta casa. Nikolai sonrió, esa media sonrisa que pocas veces se le escapaba. Fue hasta el vestidor y eligió con cuidado un conjunto. —Con esto te verás hermosa… y yo podré tener las manos quietas un rato. Arréglate. Te espero abajo. La seguridad en su voz era tan absoluta que Serafín ni siquiera pensó en discutir. Mientras él salía a dar la orden de que el auto estuviera listo, ella se vistió con las prendas que había escogido, cada tela acariciándole la piel como si lo hubiera hecho él mismo. Cuando bajó las escaleras, Nikolai la esperó de pie. Y por primera vez en mucho tiempo, se sorprendió a sí mismo sin respirar. Se detuvo a contemplarla: los rizos rojos cayendo sobre sus hombros, el abrigo ceñido a su cintura delicada, los ojos encendidos como brasas tímidas. Estoy perdido, pensó. No por su cuerpo ni por su belleza, que de sobra tiene, sino por la calma que despierta en mí… esa calma que ninguna otra me ha dado. —¿Estás lista? —preguntó, ofreciéndole el brazo. —Siempre lista para usted, mi señor. Él inclinó la cabeza y le rozó los labios con un beso breve, suave, distinto. Luego caminaron juntos hacia la entrada. Pero el destino, como siempre, tenía su propio juego. Apenas cruzaron el umbral, un automóvil n***o se detuvo frente a la mansión. De él descendió Irina, impecable en un vestido entallado y tacones de aguja. Su cabello cobrizo brillaba bajo la luz del día, y en sus ojos había un destello de orgullo altivo que nunca se apagaba. Irina los observó un segundo, y la sonrisa de burla se dibujó en sus labios carmesí. —Así que tú eres la prostituta —escupió con veneno, clavando la mirada en Serafín—. El jueguito de mi prometido. Las palabras cortaron el aire como una daga. Serafín, de golpe, soltó el brazo de Nikolai y bajó la vista, avergonzada. Ese gesto, sin embargo, hizo hervir la sangre del Pantera. —Irina… —su voz fue un rugido bajo, cargado de amenaza—. Te aconsejo que te alejes de mi chica. Ella sabe defenderse. Serafín levantó la mirada, sorprendida. Aquellas palabras eran más que una advertencia; eran un permiso. Un desafío. Irina se acercó con descaro y, sonriendo con crueldad, tomó un rizo ardiente del cabello de Serafín entre sus dedos. —¿Qué me quieres decir, Nikolai? ¿Que debo temerle a esta aparecida? —murmuró, tan cerca que Serafín podía sentir su perfume sofocante—. Dime, cariño… ¿crees que debo tenerte miedo? El Pantera arqueó una ceja, la mirada fija en Serafín. —Defiéndete. La orden fue clara, irrefutable. El corazón de Serafín retumbó en sus costillas, pero sus manos no temblaron. En un movimiento rápido, casi felino, cerró el puño y lo lanzó directo a la nariz de Irina. El golpe resonó como un látigo. Irina dio un paso atrás tambaleante, llevándose la mano al rostro. La sangre comenzó a brotar entre sus dedos, manchando su impecable vestido. —¡Maldita…! —masculló, tambaleándose contra la puerta de su propio auto. Nikolai, sin darle más tiempo, tomó la mano de Serafín y la guió hasta el coche. —Ten cuidado, Irina —dijo con una calma que helaba la sangre—. Mi chica es salvaje. No necesita guardaespaldas ni matones como otras. Tiene buenos puños. Mantén distancia. La puerta se cerró, y el motor rugió mientras se alejaban, dejando a Irina sangrando, con el rostro deformado por la rabia y los celos. Dentro del auto, Serafín respiraba agitada, sus manos aún temblando. Pero Nikolai no la reprendió ni le habló con dureza. Al contrario, la observó con un brillo extraño en los ojos, una mezcla de orgullo y deseo que la envolvió como un abrazo invisible. Ella había obedecido. Ella había peleado. Y él, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba domando a una esclava, sino forjando a una reina. El auto avanzaba por las calles heladas de Moscú, dejando atrás la mansión Smirnov y la furia de Irina. Serafín, con la respiración aún acelerada, mantenía las manos sobre su regazo, intentando asimilar lo que acababa de ocurrir. El puño con el que había golpeado aún le dolía, pero no tanto como la mezcla de orgullo y miedo que ardía dentro de ella. Nikolai no habló durante los primeros minutos. Solo la observaba de vez en cuando, como si quisiera memorizar cada gesto, cada respiro. En sus labios había una media sonrisa peligrosa, la sonrisa de un hombre satisfecho. Finalmente, él rompió el silencio con voz grave: —Serafín… —tomó su mano y la besó suavemente, en un contraste que la desarmó—. ¿Sabes lo que hiciste hoy? Ella bajó la mirada, tímida. —Obedecí, mi señor. —Más que eso. —Le acarició los dedos enrojecidos con una ternura que jamás mostraba en público—. Le recordaste al mundo que no eres cualquier mujer. Que nadie toca lo que es mío. Serafín se sonrojó. No estaba acostumbrada a sentir ese orgullo en él. Siempre lo veía fuerte, imponente, seguro, pero nunca tan… complacido. El auto tomó rumbo hacia el centro de la ciudad, donde luces brillantes iluminaban las calles cubiertas de nieve. Serafín pegó el rostro a la ventana, maravillada. Jamás había visto algo así. Los edificios parecían tocar el cielo, y la arquitectura antigua se mezclaba con escaparates modernos que desbordaban lujo. —¿Es… todo esto real? —susurró como una niña descubriendo un nuevo mundo. Nikolai soltó una risa suave. —Todo, mi ángel. Y apenas es el principio. La llevó primero a la Plaza Roja. Bajaron del auto, y Nikolai, a pesar del frío cortante, se quitó los guantes y tomó su mano desnuda. Serafín temblaba, no por la temperatura, sino por la sensación de caminar a su lado en medio de aquel lugar tan imponente. La cúpula de San Basilio, con sus colores brillantes, parecía sacada de un cuento. —Mira bien, Serafín —dijo él inclinándose para susurrarle al oído—. Quiero que grabes este momento. Soy el primero en mostrarte el mundo… y creo que también seré el último. Ella lo miró, con los ojos brillantes, y sintió un nudo en la garganta. —Mi señor… nunca pensé que vería algo tan hermoso. —No es más hermoso que tú —respondió él con una firmeza que no dejaba lugar a dudas. Caminaron juntos por la plaza, y ella reía a cada paso, como si fuera imposible contener tanta emoción. Nikolai la observaba de reojo, disfrutando más de verla feliz que del paisaje mismo. Por primera vez en años, no le importaban ni el dinero ni el poder: solo quería grabar la imagen de Serafín sonriendo bajo las luces de Moscú. Después, la llevó a un café exclusivo con ventanales enormes que daban vista a la ciudad. El calor dentro contrastaba con el frío de afuera, y Serafín se maravilló con la taza humeante de chocolate que él pidió para ella. —Nunca lo había probado… —dijo, tomando el primer sorbo con cautela. —Y ahora no querrás otra cosa. —Nikolai sonrió, mirándola como si estuviera observando la octava maravilla del mundo. Él apenas probó su café; se dedicó a mirarla, a disfrutar de cada gesto ingenuo, de cada risa espontánea. En un momento, ella levantó la vista y lo sorprendió observándola con intensidad. —¿Por qué me mira así, mi señor? —preguntó, con la inocencia pintándole el rostro. Él se inclinó hacia ella, sin apartar la mirada. —Porque quiero recordar que soy el primero en todo contigo, Serafín. El primero en tus miedos, en tus risas… en tus deseos. El rubor le cubrió las mejillas y bajó la vista, pero Nikolai no la dejó escapar. Le levantó el mentón con dos dedos. —Y también seré el último. Aquellas palabras se clavaron en su corazón como una promesa imposible de olvidar. Tras la comida, la llevó a un mirador donde la ciudad se extendía como un mar de luces bajo el cielo oscuro. El viento azotaba con fuerza, pero Nikolai la abrazó por detrás, cubriéndola con su abrigo. Ella apoyó la cabeza en su pecho, y por un instante se sintió protegida, como si nada en el mundo pudiera alcanzarla. —Mira, Serafín —susurró él contra su oído—. Todo esto podría ser tuyo, si quisieras. Ella negó suavemente. —No quiero el mundo, mi señor. Solo quiero estar donde usted esté. El Pantera cerró los ojos, y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. No a perder poder o a enfrentarse a un enemigo, sino a lo que aquellas palabras despertaban dentro de él. El paseo terminó entrada la noche. De regreso a la mansión, Serafín se quedó dormida en el auto, con la cabeza recostada en su hombro. Nikolai la miró en silencio, y una confesión se formó en sus labios, aunque no se atrevió a decirla en voz alta: No eres mi esclava, ángel mío. Eres la dueña del único lugar que siempre me juré mantener vacío: mi corazón.
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