La tarde había caído sobre la mansión Smirnov con un silencio espeso, roto apenas por el crujir de los pinos bajo el viento helado. En el ala privada, Serafín repasaba con calma los papeles de su nueva identidad. Los dedos aún marcados por los golpes al saco descansaban sobre las hojas mecanografiadas, como si su calor pudiera grabar el nombre que ahora debía ser suyo. Nikolai entró sin anunciarse. La chaqueta oscura colgaba de su hombro y el reloj de oro brillaba con la última luz del día. Sus ojos se clavaron en ella como cuchillas afiladas. —Vístete —ordenó, sin rodeos. —¿Para qué, mi señor? —preguntó con suavidad, sin levantar la vista. —Esta noche cenarás conmigo. No aquí. En el salón principal. La respiración de Serafín se detuvo un segundo. Hasta ahora, todo lo que había vivido

