El club estaba impregnado de humo y perfumes caros. Nikolái se recostó en el sillón de cuero, encendiendo un cigarrillo mientras su tía, Ekaterina, conversaba con Irina.
Ella, espléndida en un vestido de seda color marfil, lo miraba como si ya le perteneciera. Sus labios carmesí apenas se curvaban cuando hablaba, pero sus ojos brillaban con la ambición de una mujer que no conocía el significado de la derrota.
—Sobrino —dijo Ekaterina con voz firme—, tienen que ponerle fecha a la boda. Y tú, Irina, mostrar un poco más de seriedad. Nikolái ha traído otra muchachita. Una sirvienta, según él. Quién sabe qué pasa en ese ala que llama santuario.
Nikolái soltó el humo lentamente, con esa calma que helaba la sangre.
Irina entrecerró los ojos, apoyando su copa de vino sobre la mesa de cristal.
—¿Trajiste otra mujer, Nikolái? —Su tono estaba cargado de veneno.
—¿Hasta cuándo vas a humillarme?
Él sonrió, tomando un sorbo de whisky antes de responder:
—Sí, traje otra. Pero esta es especial. —Sus ojos brillaron con malicia—. Es tan especial que tiene el cabello natural. Mi color favorito.
Se inclinó apenas hacia ella, disfrutando de la incomodidad que provocaban sus palabras.
—Y nunca te he humillado, Irina. Tú te humillas sola, arrastrándote tras las ilusiones de mi tía.
Ekaterina lo miró con reproche.
—Nikolái, ten respeto. Recuerda quién es su familia.
El Pantera apagó el cigarrillo en el cenicero con un gesto frío.
—Me importa una mierda su familia. No son nada sin mi apellido. —Sus palabras eran cuchillas—. ¿No lo ves, tía? Por eso Irina se arrastra, aunque pierda su dignidad. Esta unión no la quiere ella. La quiere su padre, para colgarse de mi poder, del poder de los Smirnov.
Irina, lejos de quebrarse, sonrió con un aire venenoso.
—No importa lo que digas, Smirnov. Hay un compromiso, y no se romperá. Tu sangre y la mía darán paso a otro imperio.
Nikolái se levantó con calma, alisándose el traje de corte impecable.
—Tendré hijos. Quizá muchos. —Su sonrisa fue cruel—. Pero ninguno llevará tu apellido.
Se inclinó hacia ella, tan cerca que ella pudo oler su tabaco y whisky.
—Me aburriste, Irina. Me voy con mi hembra. La natural. La que puedo apretar y jalar sin miedo a arrancar una extensión… o una prótesis.
Irina se quedó rígida, apretando con fuerza la copa hasta casi romperla.
Él se giró hacia Ekaterina con un gesto frío.
—Buenas tardes.
Y se marchó, dejándolas con la palabra en la boca.
El silencio pesó unos segundos antes de que Irina, con los labios tensos en una sonrisa venenosa, murmurara:
—Después veremos quién es la maldita natural.
Mientras el motor del auto rugió suave cuando Nikolái se acomodó en el asiento trasero. La Sombra, siempre impecable en su rol de chofer y guardián, esperó la orden.
—A una joyería —dijo Nikolái con calma, encendiendo un cigarrillo. —Quiero comprar algo para apaciguar el humor de Serafín.
La Sombra lo miró por el retrovisor, sorprendido. Nunca en todos esos años había escuchado semejante declaración.
—¿Una joya, jefe? ¿Para una esclava? —Se atrevió a decir, con un tono respetuoso pero incrédulo. —Eso sí que es nuevo en usted. Y discúlpeme la osadía, pero últimamente lo desconozco un poco. Después de tantos años junto a usted, esta vez… me ha sorprendido.
Nikolái soltó el humo con calma, sin molestarse. Una sonrisa fugaz apareció en su rostro.
—Sombra, hay dolores que uno no busca… llegan solos. —Sus ojos se perdieron en la ventana, como si buscara a alguien más allá del reflejo del cristal. —Como ese ángel que apacigua mis demonios.
La Sombra bajó la mirada, pero no se resistió a hablar:
—La señorita es hermosa, señor. Y no solo eso… es eficiente. Conoce sus movimientos. Siempre lleva un bolígrafo guardado por si usted necesita firmar algo. Ni yo, en tantos años, había tenido ese cuidado.
Nikolái dejó escapar una risa baja, amarga y cálida al mismo tiempo.
—Sí, he notado todo de ella, Sombra. —Lo observó a través del retrovisor, su mirada afilada como una cuchilla—. Y cuidado con los ojos con que la miras.
La Sombra apretó el volante y negó de inmediato.
—Nunca la miraría con otros ojos, señor. Solo con aquellos que usted me permita. Respetaré lo que es suyo.
Nikolái asintió, complacido.
—Lo sé, Sombra. Admiro tu lealtad.
El auto dobló hacia la avenida principal mientras él daba otra calada profunda al cigarrillo.
—Ahora llévame por esa joya. Quiero calmar a ese ángel que quizás incendió mi casa.
La Sombra soltó una leve risa.
—Mi señor, no creo que se atreva. Usted sabe controlar muy bien un alma.
Nikolái lo miró de soslayo, y en su rostro apareció una sonrisa que no era ni fría ni cruel, sino peligrosa.
—¿Sabes por qué controlo a las mujeres desde el primer minuto en que las veo, Sombra? —Su voz se volvió grave, sincera, casi un murmullo. —Porque la realidad es que les temo. Un temor más grande que cualquiera que haya sentido. Y eso que he crecido alrededor de la muerte.
La Sombra lo escuchó en silencio, impresionado.
—Las mujeres son peligrosas, Sombra. Y más cuando se meten en el pecho sin pedir permiso. —Soltó una carcajada baja, amarga. —El diablo no pudo con ellas… ¿y voy a poder yo? Tampoco soy tan iluso.
Ambos sonrieron en silencio, compartiendo un secreto que no se repetiría.
Poco después, llegaron a una joyería exclusiva del centro de Moscú. Nikolái descendió con paso firme, decidido a elegir una joya que pudiera igualar la belleza de esos rizos de fuego que lo habían encadenado sin remedio.
Más tarde la puerta del ala privada se abrió con el crujido lento de las bisagras. La Sombra dejó el maletín en la entrada y se retiró en silencio. Nikolái entró con paso firme, aún con el traje impecable y la sombra de un cigarro recién apagado en los labios.
Serafín estaba en la sala, sentada con un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos vagaban perdidos por la ventana. Al escuchar la puerta, se levantó de inmediato, bajando la cabeza como siempre lo hacía.
—Mi señor.
Nikolái se detuvo a unos pasos de ella, observándola sin hablar durante un instante largo. Entonces sacó una pequeña caja negra del bolsillo interior de su chaqueta.
—Tengo algo para ti.
Serafín alzó la vista apenas, sorprendida. Sus manos temblaron un poco al recibir la caja. La abrió despacio y encontró un delicado collar de oro blanco, con una piedra roja que parecía contener fuego en su interior.
Sus labios se entreabrieron.
—Es hermoso, mi señor…
—Póntelo —ordenó Nikolái, con voz grave.
Ella obedeció, levantando el cabello rojo y dejando al descubierto la piel suave de su cuello. Nikolái se acercó para abrochar el collar. Sus dedos rozaron la curva delicada de su nuca, y el contacto le hizo apretar la mandíbula.
Cuando la joya descansó sobre su pecho, él se apartó apenas, examinándola con una mirada oscura, posesiva.
—Así está mejor —murmuró.
Serafín bajó la vista, sus mejillas enrojecidas. No dijo nada, pero en sus ojos brilló algo distinto: gratitud mezclada con un dolor secreto, con una duda que ella no se atrevía a pronunciar.
Nikolái se cruzó de brazos, estudiándola como un depredador paciente. Fue entonces cuando notó algo: los dedos de ella estaban enrojecidos, con la piel apenas marcada, como si hubiera golpeado algo con fuerza.
Su mirada descendió lentamente hacia sus manos, y un silencio pesado llenó la habitación.
—Tus manos —dijo con calma, pero no preguntó.
Serafín se las escondió con suavidad entre las faldas del vestido, agachando aún más la cabeza.
—No es nada, mi señor.
Nikolái no insistió. Por primera vez, el Pantera, el hombre que arrancaba verdades con violencia, eligió el silencio. Porque temió lo que podía escuchar.
Si ella confesaba la rabia, los celos, la furia de imaginarlo con otra… si admitía que lo quería con tanta intensidad que dolía, tal vez él no podría controlarse.
En cambio, extendió la mano y levantó su mentón con dos dedos, obligándola a mirarlo.
—Nunca escondas nada de mí, Serafín. —Su voz fue baja, grave, más amenaza que súplica.
Ella asintió con suavidad.
—Lo intentaré, mi señor.
Él la besó entonces, no con prisa, sino con esa calma peligrosa que la dejaba sin aire. Después la estrechó contra su pecho, apoyando la barbilla en su cabello rojo.
El Pantera, que siempre había enfrentado balas y cuchillos sin pestañear, descubrió que aquella mujer era el único peligro que lo hacía temblar sin tocar un arma.