Mientras tanto, en aquel pequeño pueblo donde ahora Serafín daba clases, la vida seguía su curso con una calma inesperada. De alguna manera, ella era feliz. Había aceptado su destino: ser madre soltera, criar a su hijo en la sencillez de su propia casa y reconstruir su vida paso a paso. La comunidad la recibió con cariño y respeto, y aunque disfrutaba de la calidez de su gente, Serafín necesitaba su propio espacio, un refugio donde pudiera sentir que todo lo que estaba construyendo era verdaderamente suyo. Con el dinero que había traído consigo y su primer sueldo, alquiló una casita pequeña: un cuarto, un baño, y una sala compartida con la cocina. Los muebles eran escasos y algunos ya tenían sus años, pero para ella aquello era un paraíso. La casa, con su sencillez y solitaria armonía, le

