La mañana siguiente, Serafín despertó con una sensación distinta: en aquel colchón nuevo había dormido mejor que nunca. Se levantó vigorosa, con las mejillas frescas, y al mirar hacia el lado vio una imagen que la hizo sonreír sin querer: Nikolái aún dormía con Arcángel en su pecho, como si fueran una misma sombra. El niño, que en la madrugada había pedido su tetero, se había acomodado nuevamente sobre su padre, como temiendo que aquel hombre se desvaneciera otra vez. Serafín lo miró largo rato. Le dolía interrumpir esa escena, pero también sabía que el Pantera debía aprender lo que era ser un padre en carne propia. Así que fue a la cocina, preparó el desayuno y se lo llevó a la cama. —Buenos días, mi señor —dijo con una ironía traviesa—. Necesito que desayune y se mantenga bien despiert

