El sol caía despacio, tiñendo de naranja las paredes humildes de la casa. Serafín parecía tener mil brazos: con uno sostenía a Arcángel que pataleaba buscando atención, con el otro revolvía la olla que hervía sobre la vieja estufa, y con los pies apartaba un juguete que los niños habían dejado tirado bajo la mesa. La cama estaba cubierta de ropa recién lavada: pañales, camisetas pequeñas, zapatos que aún no encontraban pareja. El caos parecía reírse de ella en cada rincón. Nikolái, sentado en la silla más nueva que había llegado ese día en el camión, observaba en silencio. Por primera vez en años no veía negocios, ni armas, ni enemigos. Solo veía a su mujer —sí, su mujer aunque lo negara— desbordada de tareas, y el corazón se le apretó de una manera extraña. Se levantó sin decir nada, y

