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Colisión

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ciudad
rechazo
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Descripción

Manhattan, lugar de los rascacielos infinitos, los lujos y el eterno bullicio, y donde tres mundos distintos giran en perfecta armonía. Hasta que uno de ellos se desvía de su trayectoria provocando una violenta "COLISIÓN".

Una misteriosa y atractiva mujer baila solitaria en el Red Velvet. Ella guarda miles de secretos porque solo intenta sobrevivir en un mundo dominado por los hombres. ¿Habrá alguien capaz de descubrir su pasado y de dónde viene? Pero en este mundo es casi imposible salir ilesa, y las consecuencias llegarán tarde o temprano.

Una novela inspirada en Is it love? Daryl.

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Capítulo 1
 Las miradas se dirigían al mismo punto en la pista de baile. Mientras las luces parpadeantes iluminaban los cuerpos excitados por la música, el alcohol, y el derroche de dinero para demostrar opulencia. El ambiente, cargado de sensualidad, envolvía a todos en una especie de encantamiento imposible de ignorar. Y no se debía al ritmo estimulante del R&B de The Weeknd, quien era capaz de exaltar hasta el espíritu más flemático. Era por ella. Esa mujer era fuego. Los suaves y delicados movimientos de sus contorneadas caderas seguían el ritmo de la melodía sin caer en lo erótico. Bailando solitaria parecía hasta casi inocente. Quizás por eso se volvía irresistiblemente atractiva. Para ella, bailar era una necesidad. No podía ignorar la sangre latina que corría por sus venas y mucho menos ese intenso sentimiento que llevaba dentro deseoso por fluir en su anatomía. Sí, simplemente, lo disfrutaba. "Una provocadora descarada" decían las miradas celosas de algunas féminas presentes a su alrededor. "Una diosa" decían las miradas de los varones que disfrutaban en silencio de aquel maravilloso espectáculo. Muchos de ellos acudían a aquel bar sólo para observarla a ella. Ninguno se atrevía a acercarse, mucho menos a tocarla, pero siempre llegaba un ingenuo atrevido incapaz de refrenar sus impulsos. En cuanto la vió bailando sola, se acercó hasta ella con la firme intención de acompañarla. —Hola, preciosa, ¿bailamos? —Sin esperar concentimiento, la rodeo por la cintura con una sonrisa arrogante en los labios. —¡Suéltame, idiota! No estoy aquí para bailar contigo —fue la dura respuesta que le lanzó la chica al inoportuno bailarín de pacotilla. No estaba dispuesto a soltar su presa así de fácil y se negó a la petición de ella. —¡Qué me sueltes te digo! —insistió. Y no hizo falta más. Un fornido brazo del color del chocolate lo agarró por el cuello y lo obligó a soltarla al instante. —¡No vuelvas a tocarla o te arranco los ojos! —escupió. El atrevido bailarín, abrió los ojos sorprendido y retrocedió al ver al afroamericano que acababa de llegar. —N-Nyo, no sabía que era tu chica... —¡Sí! Y si quieres seguir viniendo a mi bar, mantente alejado de ella. El hombre alzo las manos en rendición. La palabra de Nyo era ley en el bar Red Velvet. —Como tú digas, Nyo. Lo soltó violentamente, y tomó a su chica por los hombros con suavidad y caminó con ella a la mesa reservada cerca de la barra. Red Velvet, era un bar cosmopolita ubicado en la lujosa isla de Manhattan en Estados Unidos. Uno de los distritos perteneciente a Nueva York, con mayor densidad poblacional y poseedora de los lugares más emblemáticos del país, como la Estatua de la Libertad, el Central Park, y las recordadas Torres Gemelas. Destacaba en el bar el buen gusto y la elegancia, iluminado por una luz roja que le daba a la estancia una aspecto de terciopelo rojo tal como lo indicaba su nombre. Al centro del local estaba la barra superior de resina ámbar iluminada, que le daba un llamativo color dorado brillante. Al costado derecho estaba la entrada y la zona vip: espacios privados en forma de cuadriláteros semicerrados, con sillones de cuero por todo el contorno y mesas al centro. Frente a la barra estaban las mesas para el público en general, con dos sillones en semicirculos uno frente al otro tapizados en cuero caoba. Y al lado izquierdo el escenario con la pista de baile y los baños junto a la salida de emergencia. La pareja, antes de llegar a su mesa, se detuvo en la barra para pedir unos tragos que acompañarían la noche. —¿Qué vas a tomar, nena? —le preguntó a su chica sin soltarla ni un sólo instante. Era suya, y le encantaba presumirla a todo el mundo. —Un martini de granada. —¡Ey, Cubano! —la música seguía resonando y Nyo debió gritar al bartender para pedir los tragos. El Cubano de inmediato se acercó—. Un coñac y un martini de granada. —Ahora mismo, jefe. —respondió con el típico acento caribeño. De ahí su apodo. Se sentaron en la mesa, especialmente reservada para ellos, a esperar al mesero con sus bebidas. Eran la pareja más envidiada. Él, un empresario exitoso, dueño del bar, y con una carrera prominente como cantante de R&B, aunque sus mayores ganancias provenían de sus "negocios" secretos. Su descendencia afro caracterizaban sus rasgos: piel oscura, nariz ancha y labios gruesos, el cabello n***o como el carbón con ese rizado rebelde que él dominaba con un corte al ras y su infaltable sombrero. Sus cejas oscuras y arqueadas le daban ese toque malvado y peligroso a su mirada que intimidaban a sus oponentes. Pero que la mayoría de las veces, su rostro lo adornaba una radiante sonrisa blanca que formaban unas bellas curvas alrededor de su boca. Poseía un alto sentido de la moda, así lo demostraban sus elegantes y costosos trajes hechos a la medida que complementaba con accesorios que lo destacaban del resto. Era un personaje público y sabía sacar provecho de su aspecto físico. Las horas en el gimnasio le habían otorgado un cuerpo definido y tonificado. Que bien le sentaban sus modelos exclusivos en vestuario. Su apariencia y estilo de vida llena de lujos, lo convertían en el candidato más apetecido e irresistible de gran parte del público femenino que asistía a su bar. Ella, que hipnotizaba a todos con su sencillo baile. Era la mujer más admirada del lugar. Había algo en la expresión de sus ojos que la convertían en un misterio que nadie podía resolver. Emanaba una potente fuerza interior, una seguridad en sí misma, admirable. Y que con tan sólo pasar dejaba una estela que capturaba las miradas. Una mujer en su posición despertaba los celos y sospechas malintencionadas. Nada de eso le importaba, era inmune a las críticas, eran los males por el simple hecho de ser mujer. Las copas llegaron a los pocos minutos. La mujer estiró la mano para coger su cóctel, y antes de tomar un sorbo le lanzó una advertencia a su atractivo compañero. —No me mires así, Nyo. —Linda, ya sé que hemos hablado varias veces del tema, pero yo sigo pensando que no deberías bailar sola. Calló un momento antes de responder. Era un tema que la agotaba, y no estaba de humor para discutir. —Sabes lo que pienso al respecto, y no cambiaré de opinión. —Aún así, seguirá ocurriendo lo mismo. —¿Por qué los hombres creen que tienen poder sobre las mujeres que bailan solas? O cuando visten con cierto tipo de ropa, piensan que es una licencia para comportarse de manera grosera y hasta abusiva —respondió con molestia. —¡Tienes toda la razón, nena! —gesticuló con las manos tratando de hacerla comprender su punto de vista—, pero aunque tengas razón, no todos piensan igual que tú y eso no cambiará, fin. —No se trata de que todos pensemos lo mismo. Hay algo algo bastante sencillo y que ha existido durante todos los tiempos y se llama respeto. Si hombres y mujeres se respetaran estas situaciones no pasarían. —Ok, ok, nena. Tú ganas. —Nyo mostró las palmas en rendición—. En este tipo de discuciones no tienes oponente. Le sonrió complacida, y Nyo paso su izquierda por su hombro para aferrarla más a su cuerpo y poder besarla. Luego, sonrieron cómplices y Nyo le susurró al oido para que pudiera escucharlo. —Hoy no quiero discutir contigo, es un día especial y quiero que brindemos juntos. Ambos chocaron sus copas y brindaron secretamente por el motivo que sólo ellos dos conocían. En ese momento, Nyo casi escupió su bebida cuando vió a la persona que venía acercándose a su mesa. Si no hubiera sido coñac, probablemente lo hubiera hecho. —¡Demonios! —exclamó con satisfacción—. ¡El puertorriqueño Daryl Ortega! La palabra puertorriqueño llamó la atención de la chica y desvió los ojos hasta el recién llegado. En cuanto vió a Daryl se dió cuenta de que, sin lugar a dudas, se trataba de un chico latino. Vestía un traje gris y camisa negra que dejaba ver parte de su pecho musculado. Traía las mangas remangadas y se desenvolvía de manera confiada y segura. En su rostro destacaba una mandíbula cuadrada y definida que le aportaba una apariencia dura y masculina. Sus cejas oscuras y pobladas se elevaban en un ángulo de veinticinco grados, y parecía estar siempre de mal humor. Su nariz completaba el cuadro de hombre recio. El cabello lo tenía ligeramente largo, al estilo bro flow. Caía delicadamente por los costados de su frente, y suaves ondas perfilaban todo su rostro, y por la parte de atrás le llegaba hasta el borde de la camisa. El típico aspecto de chico malo que ella acostumbraba ver tantas veces en el bar y no llamó mayormente su atención a pesar de su indudable atractivo. Nyo se levantó de inmediato, mostrando una perfecta hilera de dientes blancos. Estaba alegre por la llegada de su amigo. —¡Ey, bro! Cuanto tiempo sin verte. Creí que ya no regresarías a Estados Unidos. —¡Ey, bro! ¿Cómo estás? Era fácil deducir que eran muy buenos amigos, al ver el efusivo abrazo entre ellos y las enérgicas palmadas que se dieron mutuamente sobre sus espaldas. La mujer se dió cuenta que Daryl era una persona mucho más importante en comparación con aquellas que siempre llegaban al bar a hacer negocios o parrandear con Nyo. Ese tipo de confianza y efusividad lo había visto muy pocas veces. —Jamás podría dejar Manhattan —respondió Daryl con una sonrisa bribona de medio lado—, aquí está mi vida y sobre todo mis negocios. —Bro, dejar tus negocios durante un año no es nada bueno. Ya sabes lo que dicen: si quieres que las cosas salgan bien, hazlo tú mismo. Sobre todo si hay dinero de por medio. Daryl no respondió, y Nyo comprendió que el motivo de su larga ausencia correspondía a algo personal, y desvió la conversación ofreciéndole algo para beber. "Estos hombres guardan más secretos que Matusalén", pensó la chica de Nyo que se mantenía en silencio observando la escena. Hasta que le tocó el turno de interactuar a ella también. —Daryl, quiero presentarte a mi chica, Rubí. Daryl dirigió la vista al sillón de cuero caoba. Allí estaba una mujer sentada esperando serenamente junto a ellos. Tenía las piernas cruzadas y sobre su anatomía descansaba un hermoso vestido rojo de satín que resaltaba los contornos de su generosa figura. Su escote mesquino no permitía ver nada insinuante, todo era a la imaginación del espectador. Lo mismo pasaba con sus piernas, donde sus rodillas se asomaban tímidamente. Sus labios carmesí se curvaron en una suave sonrisa en cuanto se miraron a los ojos. Sus facciones eran suaves y alargadas. El n***o de sus ojos combinaba con las ondas abundantes y brillantes de su cabello que cubría sus hombros y se prolongaba hasta el comienzo de su cintura. "Hermosa", pensó Daryl, "pero no lo suficiente para tentarme". Las mujeres de los amigos estaban prohibidas, no se tocaban ni con el pensamiento. Además, Daryl tenía gustos diferentes. Le fascinaban las mujeres rubias, de ojos azules y piernas largas. Estilizadas como modelos de pasarela. —Mucho gusto —saludó Rubí con amabilidad. A Daryl le pareció que su voz tenía la textura y el sabor de la miel. —Encantado —respondió con un ligero asentimiento de cabeza y desvió la mirada hasta su amigo. Rubí se quedó observando a su alrededor poco interesada en la conversación que mantenían los dos hombres sentados uno frente al otro. Bajo una fachada de chica ingenua y superficial, aparentaba no entender ni escuchar todo lo que se hablaba frente a ella. Pero la verdad era que Rubí era más de lo que aparentaba. Era una mujer inteligente y perspicaz. Había aprendido a desenvolverse en ese mundo dominado por los hombres, a beneficiarse lo justo y preciso sin involucrarse demasiado. Sabía que para sobrevivir debía ser fría y calculadora, permanecer firme ante las dificultades y esconder su inteligencia. No importaba que fuera una mujer idealista con pensamiento autónomo, necesitaba la protección de un hombre como Nyo. Así era el sistema y no iba a cambiar por mucho que ella lo deseara. Aprendió a descifrar el lenguaje corporal, los gestos, las conversaciones y miradas codificadas. Pero por sobre todo, aprendió cuando debía hablar y callar. Era esa astucia parte de la escencia femenina, que los hombres saben que existe, pero no como funciona. Sexto sentido le llama la mayoria, y que otorga una ventaja para adelantarse a las situaciones o descubrir engaños. El mayor secreto de las mujeres. Guardado celosamente, bajo un velo de aparente ingenuidad. La mayoría de las mujeres lo usa como método de protección, pero otras lo utilizan de mala manera para engañar y conseguir lo que desean fácilmente. Rubí escogió la primera opción. Se convirtió en la pareja perfecta para Nyo. No era fácil encontrar a una mujer que supiera mantener la boca cerrada sin protestar, y que además, le aportara beneficio económico como lo hacía Rubí desde que comenzó a bailar en su bar. Sus ganancias habían aumentado con la llegada de más clientes deseosos por ver a esa misteriosa y fascinante mujer. Ambos, tenían una especie de acuerdo implícito para beneficiarse mutuamente. Rubí se tragó un suspiro de aburrimiento con un trago de su cóctel preferido. La conversación masculina no aportaba nada interesante a la velada. Sólo eran recuerdos y anécdotas que ambos tenían en común.  De pronto, los parlantes comenzaron a retumbar con la potente introducción de Love on the brain de Rihanna y Rubí se puso de pie enseguida. —¡Vamos a bailar! —exclamó con entusiasmo. Era su canción favorita, y como estaba especialmente dedicada a Nyo quería bailarla con él. —Ahora no, nena —le advirtió a secas y la sonrisa de Rubí se borró al instante. "Así se habla, bro", pensó Daryl con una mueca de satisfacción. Rubí no protestó, a pesar de que la reacción de Nyo le causó muchísima molestia. Sabía que ante esas situaciones lo más inteligente era buscar una solución, antes que malgastar energía protestando. Sus ojos centellearon con un brillo desafiante, "¿Así que no quieres bailar conmigo?", se dijo así misma y miró a su alrededor para buscar otro acompañante. Sabía que encontraría más de un candidato dispuesto. Nyo captó de inmediato la intención de su chica, y en cuanto ella hizo el primer amago para salir de la mesa la agarró de la muñeca para detenerla. —Espera... —le pidió entredientes y miró a su amigo para disculparse—: Lo siento, bro. Vuelvo enseguida. Daryl, apoyaba la espalda y el codo derecho sobre el respaldo del sillón, asintió con una sonrisa fingida y le hizo un gesto con la mano indicando que la pista era suya. En cuanto la pareja se dió la vuelta, Daryl frunció el ceño y sus cejas formaron un angulo que daba miedo. —Estás acabado... —murmuró decepcionado al ver que a su bro lo dominaba una mujer. Bebió de su escocés y repasó el lugar buscando alguna conquista para llevarse a un hotel esa noche. Por supuesto que él jamás permitiría que una mujer lo dominara así. En la pista de baile Rubí rodeó a Nyo por el cuello mientras le bailaba y cantaba al mismo tiempo. Suficiente para que Nyo sintiera un enorme placer por haber cedido ante ella. Que increíble poder tenía Rubí para influir en su genio y en su deseo. ...Y tú me tienes como, oh ¿Qué quieres de mí? Traté de comprar tu lindo corazón, pero el precio es muy alto... El moreno estaba completamente bajo su influencia. La combinación de la sugerente melodía, con la letra y el baile de Rubí le concedió una sensación de dominio y poder que tanto les encanta a hombres como Nyo. La mujer más deseada le pertenecía solamente a él. Los ojos de Daryl vagaban por el bar regodeandose entre tantas mujeres hermosas que allí estaban presentes, hasta que fueron capturados por la misma mujer que tenía a todos suspirando: Rubí. Quedó encandilado al ver la hermosura de sus curvas que se contorneaban suaves y delicadas al ritmo de la música. "Esa mujer es fuego", reflexionó. ¿Cómo era posible que un baile tan sencillo y sutil, le resultara tan erótico y tentador? Y vaya que él tenía experiencia en ese tipo de bailes, pero jamás ninguno le había causado la reacción tan extraña que estaba teniendo en ese momento, y no entendía el porqué. La sangre le hervía por dentro, y el corazón le latía frenético dentro del pecho. Era como un especie de hechizo que lo cautivó por completo, y ya no pudo quitar sus ojos de ella. Era altamente adictiva. La pareja regresó a la mesa y ahora Daryl miraba de manera distinta a Rubí, como queriendo descifrar un enigma. No era su apariencia física la que hipnotizaba, era el aura sensual y magnética que desprendía, y ella parecía no estar consciente de ello. Que bien le quedaba ese vestido rojo y el nombre Rubí. Por un extraño impulso, Daryl deseaba saber que tipo de mujer era Rubí y aprovechando la distracción de Nyo la analizó discretamente por encima de su copa. Ella levantó sus ojos negros, como atraída por una fuerza invisible, y los clavó directamente en los suyos. Cualquier otro hombre en su lugar hubiera desviado de inmediato la mirada, pero él se la sostuvo con atrevimiento. "Los ojos de una mujer pueden decir mucho", pensó, y los de Rubí eran como dos llamas, una mezcla de fuego e inocencia. Daryl lo supo enseguida, conocía muy bien a las mujeres como ella. Te seducen con la mirada para luego atraparte, controlarte y sacarte hasta el último centavo. Se dominó. Y se obligó a sí mismo a no mirarla más el resto de la velada. Se sentía mucho más inteligente que ella, no caería jamás en su trampa. Rubí captó los ojos encendidos e inquisitivos de Daryl. Era consciente del efecto que causaba en los hombres. Pero en Daryl había algo distinto que no había visto antes: el contraste de sus oscuras cejas con el claro de sus ojos avellanados le concedían una mirada intensa y penetrante. Parecía un ser mitológico, de esos que hipnotizan para luego beber tu sangre. Peligroso y atrayente a la vez. Y a diferencia de los demás, Daryl la miró sólo una vez de ese modo y después la ignoró por completo. Finalizando la velada, los amigos se despidieron con la misma efusividad que al comienzo, prometieron volver a reunirse como era su costumbre antes de que Daryl hiciera su prolongado viaje a su tierra natal. Y se marchó cada uno a su domicilio. El Cadillac Escalade n***o con vidrios polarizados esperaba a sus tripulantes afuera del bar. El Suv último modelo era una oda al lujo. Poseía tres pantallas digitales con acceso a variada información respecto al vehículo, mapa con sitema de navegación en tiempo real conectado a internet, cámara de realidad aumentada con indicador de dirección y visión nocturna, pantalla de entretenimiento con aplicaciones e internet, cargadores inalámbricos, sistema de sonido con tecnología AKG, calefacción, pantallas en asientos traseros, techo panorámico, espejo retrovisor con cámara entre otras muchas funcionalidades. Nyo subió detrás de su chica, y le hizo una seña a su chofer para que los llevara a su destino. Daryl llevaba media hora bajo la ducha de agua caliente, no podía dejar de pensar en ella. Estaba casi seguro que Rubí era una mujer frívola e interesada. Que manipulaba a los hombres para enriquecerse sin hacer ningún esfuerzo, y su amigo Nyo estaba completamente cegado por ella. Ese pensamiento le atormentaba, no podía permitir que se burlaran de su mejor amigo. Se propuso abrirle los ojos sin importar cuanto tardara, tenía bastante tiempo para conseguirlo. Lo que no sabía Daryl, era que su preocupación pronto se convertiría en obsesión, obsesión que lo llevaría a la locura, y a cometer errores que en el futuro pagaría muy caro.

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