El peso del pasado

1058 Palabras
Archie: El peso del pasado Me desperté temprano aquella mañana, el sol apenas asomaba por el horizonte y la luz suave se colaba a través de las cortinas de la habitación. Me giré hacia Christine, que aún dormía profundamente. No quise despertarla, pero había algo en el ambiente que no me dejaba estar en paz. Había escuchado rumores la noche anterior, los había ignorado, como suelo hacer cuando se trata de la farándula. Pero cuando encendí el teléfono y las notificaciones comenzaron a llenar la pantalla, supe que algo serio había ocurrido. Unas fotos circulaban por todas las páginas de chismes, con Christine y Chicouke, justo en el momento en que ella le dio un beso. “El misterio de la mujer detrás del cantante enmascarado”, decían. Mis manos se tensaron al deslizarme por los titulares. Ella no me había dicho nada, pero sabía que lo haría eventualmente. Así era Christine, siempre luchando con su consciencia. Pocos minutos después, ella apareció en la sala. Me esperaba para hablar, su rostro era tenso, pero decidido. Sabía que tenía que escucharla antes de sacar conclusiones. —Archie, hay algo que necesito decirte —dijo, su voz temblorosa pero firme. Me quedé en silencio, dejándola continuar. —No quiero que te enteres por los chismes ni por rumores. Anoche, en el concierto de Chicouke… pasó algo. Me besó, y yo… yo lo besé de vuelta. Sé que está mal, pero no podía mentirte más. No puedo con la culpa. Lo siento tanto. Escuché cada palabra, sintiendo un extraño vacío en el pecho. No era sorpresa lo que sentía. Sabía que el pasado no desaparece de un día para otro. Y aunque dolía escucharla decirlo, había algo en su sinceridad que me hizo bajar las defensas. Me acerqué a ella, viendo el miedo en sus ojos. No quería ser ese tipo de esposo, no el que castiga ni el que genera miedo. Christine era joven, todo esto era nuevo para ella. Yo también lo era. Y ambos, a pesar de todo, estábamos en medio de una relación que ninguno sabía manejar del todo. Sin decir nada, la abracé. Su cuerpo se tensó al principio, pero luego la sentí relajarse contra mí. —Te entiendo, Christine. No voy a mentirte, duele, pero sé que todo esto es nuevo para ti… para ambos. Es difícil olvidar al pasado, lo sé. Pero estoy aquí, y quiero que lo hablemos, que lo enfrentemos juntos —le susurré. Sentí cómo sus lágrimas humedecían mi camisa mientras me apretaba con más fuerza. No tenía todas las respuestas, pero sabía que este no era el fin de nosotros. Le daría tiempo, y mientras tanto, yo también tendría que trabajar en mis propios demonios. Pero el día no iba a ser tan sencillo. Después de que Christine se fue a trabajar, me quedé solo en el despacho de la mansión, revisando los planes para una próxima reunión cuando la puerta se abrió de golpe. —¡¿Qué demonios estás pensando?! —tronó la voz grave de mi padre, Doménico, irrumpiendo en la habitación. Sabía que eventualmente esto pasaría. Las fotos estaban en todos lados, y él no perdería la oportunidad de lanzarme su veneno. No levanté la mirada inmediatamente. Terminé de firmar un documento antes de responderle. —Buenos días, padre. —¿Buenos días? ¿Eso tienes para decir? —Su tono era despreciable. Lo escuché acercarse con pasos firmes. Sentí su sombra alzarse sobre mí antes de que tirara el teléfono sobre mi escritorio, las fotos de Christine y Chicouke parpadeando en la pantalla—. ¿Es esto lo que permites en tu casa? ¿Una zorra que te humilla públicamente? Sentí la ira arder en mis venas, pero mantuve la calma. No iba a permitir que me provocara. —No hables de ella así —respondí con un tono controlado, aunque las palabras se me atragantaban. —¡Hablaré como quiera! —Su furia era palpable—. ¡Has traído a una cualquiera a nuestra familia, y no solo eso, la mantienes, la proteges, como si no tuvieras respeto por ti mismo ni por el apellido que llevas! Levanté la mirada hacia él, mis ojos clavándose en los suyos con una determinación que nunca había mostrado abiertamente. Estaba harto, harto de estar bajo su sombra, de ser manipulado y humillado. Mi padre había hecho mucho daño, no solo a mí, sino a todos los que alguna vez intentaron amarlo. Aún me da asco recordar lo que le hizo a mi anterior esposa… —No voy a permitir que me sigas tratando como un niño, Doménico —dije, poniéndome de pie, enfrentándolo por completo—. No después de lo que le hiciste a mi madre… después de todo lo que nos hiciste a todos. Lo vi tambalearse un poco ante mis palabras, pero rápidamente recobró su compostura, su mirada llena de desprecio. —No sabes de lo que hablas, muchacho —espetó, su voz más baja, pero no menos peligrosa. —Sé exactamente de lo que hablo. Y no me voy a quedar de brazos cruzados mientras sigues destruyendo todo lo que tocas. Ya lo hiciste con mi madre, con mi otra esposa… y te aseguro que no lo harás conmigo. Nos miramos en silencio durante lo que pareció una eternidad. Sentía la rabia bullir dentro de mí, pero al mismo tiempo, una fría determinación. Sabía lo que tenía que hacer. Si él seguía interfiriendo en mi vida, si seguía arruinando lo que intentaba construir, tendría que tomar medidas. Drásticas si era necesario. —No sabes a quién te estás enfrentando —me advirtió, su voz gélida—. Todavía te queda mucho que aprender. —No, padre. Tú eres el que no entiende. Ya no soy un niño. Y no voy a permitir que sigas haciendo lo que quieras conmigo o con los que amo. Lo voy a hundir tanto que se va a lamentar de haber nacido. Perdí todo respeto por él y para mí, ya está muerto hace mucho. Salió de la habitación sin decir una palabra más, pero sabía que no sería la última vez que tendríamos esta conversación. Algo había cambiado en mí. No era solo la rabia, era la sensación de que finalmente estaba listo para hacer lo que fuese necesario. Incluso si eso significaba destruirlo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR