Me encontraba en la terraza de la mansión, mirando el atardecer. Las sombras se extendían lentamente, y el aire tenía ese frescor que acompaña los días de transición, como si el verano se resistiera a dejar paso al otoño. Había pasado apenas una semana desde que vi a Chicouke por última vez, pero esos días se sentían como una eternidad. Traté de centrarme en la vida que había construido con Archie, en nuestra hija Thais, en todo lo que habíamos logrado en tan poco tiempo. Pero esa notificación en mi teléfono me había sacudido.
"Christine, tenemos que vernos. El mismo lugar de siempre, a las 8. C."
Su nombre no estaba escrito, pero sabía exactamente de quién se trataba. Chicouke. El hombre que siempre llevaba esa máscara roja, como si ocultara algo más profundo que su rostro. Una parte de mí siempre había sentido que había secretos en él, capas que nunca terminé de descubrir. Aún así, en esos días intensos que compartimos antes de que mi vida tomara otro rumbo, me entregué por completo a la sensación de libertad y misterio que lo rodeaba.
Ahora, aquí estaba, casada con Archie, madre de Thais. Pero Chicouke aún tenía ese poder sobre mí.
Miré mi teléfono, dudando si responder o no. Pero antes de darme cuenta, mis dedos ya habían tecleado una respuesta:
"Estaré allí."
Suspiré. ¿Qué estaba haciendo? Había pasado solo una semana. Sin embargo, esa pequeña distancia se sentía gigantesca, llena de silencios y preguntas sin resolver. Tal vez era esa necesidad de encontrar respuestas lo que me había llevado a aceptar su invitación. O quizás, simplemente, aún no había dejado atrás esos días con él. Los recuerdos de nuestros momentos juntos aún ardían, como brasas que se resistían a apagarse.
Archie entró en la habitación en ese momento, mirándome con curiosidad.
—¿En qué piensas? —preguntó, sonriendo de esa manera que siempre conseguía calmarme.
—En nada importante —mentí, devolviéndole la sonrisa mientras apagaba la pantalla del teléfono.
No podía decirle la verdad. No podía decirle que esa noche me encontraría con el hombre que había sido mi todo durante un tiempo. El hombre que aún me hacía cuestionar mis decisiones.
//
El lugar de siempre. Un bar discreto y medio escondido en una calle apenas transitada, donde solíamos encontrarnos cuando nadie más podía vernos. Aún recordaba la primera vez que me llevó allí; el lugar tenía ese aire clandestino, como si fuera un refugio para secretos. Era perfecto para alguien como Chicouke, que siempre buscaba proteger su identidad. Pero lo que más me intrigaba no era la máscara en sí, sino el porqué. ¿Qué había detrás de todo eso?
Llegué unos minutos antes de la hora pactada. Mi corazón latía más rápido de lo normal. No sabía si era por la emoción o por el temor de lo que podía pasar. Estaba a punto de volver a ver a un hombre que había sido fundamental en mi vida y que aún ejercía una especie de magnetismo sobre mí.
Me senté en la mesa donde solíamos hacerlo, cerca de la ventana. Las luces tenues y la música suave del bar creaban la atmósfera perfecta para una conversación íntima. Esperé, sintiendo cómo los minutos pasaban más lentos de lo que quería. Y entonces, lo vi.
Chicouke entró. La máscara roja seguía en su rostro, cubriendo su identidad, pero sus ojos... esos ojos siempre decían más de lo que él pretendía. Nos encontramos con la mirada, y por un instante, fue como si el tiempo se detuviera. Sentí una mezcla de nostalgia, curiosidad y, quizás, algo más. Algo que me negaba a admitir.
—Christine —dijo en cuanto llegó a mi lado, su voz tan suave y profunda como siempre.
—Chicouke —respondí, tratando de mantenerme tranquila. Pero por dentro, mi mente estaba en un torbellino. Él estaba aquí, delante de mí, después de una semana que había parecido mucho más larga.
Se sentó frente a mí, apoyando los codos en la mesa como solía hacerlo, y me miró en silencio por unos segundos que se sintieron como horas.
—Te ves diferente —comentó finalmente, inclinando la cabeza hacia un lado.
—Es que las cosas han cambiado —dije, encogiéndome de hombros—. No soy la misma chica de hace un año.
Él sonrió bajo la máscara, una sonrisa que reconocí por el leve movimiento de sus mejillas. Sabía interpretar hasta sus gestos más sutiles.
—Lo sé. Yo también he cambiado —respondió—. Pero hay cosas que no cambian tan fácilmente.
Sentí una punzada en el estómago. Sabía a qué se refería. A pesar de la vida que tenía ahora, de lo que había construido con Archie, de Thais... había algo entre Chicouke y yo que nunca se había apagado del todo. Era una chispa persistente que, por más que intentaba apagar, seguía encendida.
—¿Por qué me pediste que viniera? —pregunté, deseando ir al grano. Quería respuestas. Quería saber por qué, después de solo una semana, él creía necesario este encuentro.
—Porque necesitaba verte —respondió, con la misma calma de siempre—. Y creo que tú también me necesitas.
Sus palabras me golpearon más fuerte de lo que esperaba. Había algo en su tono que me hizo dudar. ¿Lo necesitaba? ¿Realmente seguía habiendo una parte de mí que lo añoraba, que lo extrañaba?
Nos quedamos en silencio por unos momentos. Él se inclinó un poco más hacia mí, y pude sentir la tensión en el aire.
—No te he olvidado, Christine. Sé que tú tampoco me has olvidado.
—No es tan fácil olvidar —contesté, sin querer admitir cuánto de cierto había en sus palabras.
—Exactamente. Y por eso estamos aquí. Porque hay algo entre nosotros que nunca terminamos. Algo que aún está sin resolver.
Su mirada me perforaba desde detrás de la máscara. Siempre había sido así con él, siempre tan directo, tan seguro de lo que quería. Y eso me atraía. No podía evitarlo. Incluso ahora, después de todo lo que había pasado en mi vida, su magnetismo seguía siendo tan fuerte como siempre.
—Pero... —intenté protestar, sin tener claro qué estaba tratando de decir.
—No te estoy pidiendo nada —me interrumpió, con una suavidad inesperada—. Solo te estoy recordando lo que éramos, lo que tuvimos. No quiero que lo olvides. No quiero que olvides cómo te hacía sentir.
Sus palabras se quedaron flotando en el aire. Y, en ese momento, supe que no podía simplemente cortar ese lazo. Había algo en él, en nosotros, que aún seguía vivo.
—No lo he olvidado, Chicouke —susurré finalmente, admitiendo lo que había tratado de negar durante todo este tiempo.
Se inclinó un poco más hacia mí, hasta que casi podía sentir su aliento tras la máscara.
—Entonces no lo niegues. No te niegues a lo que aún sientes.
Mi corazón latía con fuerza, y por un segundo, pensé en todo lo que esto significaba. Estaba casada, tenía una hija. Pero había una parte de mí que aún estaba atada a él, a lo que habíamos sido.
⸻Quisiera pedirte un beso… ⸻Susurró con el tono de voz más sexi que recordaba de él.
No creo aguantar… me siento sucia por lo que está pasando.
El camarero apareció en ese momento, rompiendo el hechizo. Chicouke se reclinó en su asiento, alejándose lo suficiente como para que pudiera respirar de nuevo.
Este encuentro no va a terminar bien, o terminamos en la calle o… en su cama.