Entre risas y sombras

1172 Palabras
El sol se colaba por las ventanas altas de la mansión, dibujando reflejos dorados en el piso de mármol. A veces me costaba creer que esta era mi vida ahora. Que todo lo que me rodeaba —los muebles antiguos, las obras de arte, los jardines que parecían no tener fin— formaba parte de mi nueva realidad. Sin embargo, había algo reconfortante en eso, algo que hacía que me sintiera… ¿segura? Tal vez no tanto segura, pero al menos distraída de mis propios pensamientos. Thais correteaba por la sala, riendo a carcajadas mientras Archie la perseguía, fingiendo ser un monstruo. Era increíble cómo, a pesar de todo lo que cargaba sobre sus hombros, siempre encontraba la manera de hacerla reír. —¡Papá, más rápido! —gritaba Thais, agitando sus brazos y mirando hacia atrás, con esos ojos enormes y brillantes que habían heredado de su padre. Yo los observaba desde el sofá, riendo en silencio. Archie era el tipo de padre que cualquier niña soñaría tener. Divertido, atento y dispuesto a hacer el tonto por horas solo para ver a su hija feliz. —¡Te tengo! —gritó finalmente Archie, alzando a Thais y girándola en el aire, haciendo que soltara una risita aguda que resonó por toda la sala. —¡No, no me atrapes! —protestaba entre risas, aunque claramente disfrutaba ser atrapada. Me incorporé y caminé hacia ellos, incapaz de resistirme a unirme al juego. Thais me miró con una sonrisa que podía derretir el corazón más frío. —¡Mamá, ayúdame! ¡Papá es muy fuerte! —pidió entre risas, extendiendo los brazos hacia mí. Me dijo mamá… THAIS ME DIJO MAMÁ. Archie me lanzó una mirada cómplice, con esa sonrisa traviesa que siempre me hacía sentir como si estuviéramos en nuestra pequeña burbuja, lejos de todos los problemas. ¿Cómo no iba a amar a este hombre? Había algo en la simplicidad de estos momentos que hacía que todo lo demás desapareciera, aunque fuera por unos minutos. —¡No puedo salvarte, Thais! —dije con tono dramático, llevándome una mano a la frente como si estuviera desesperada—. ¡Es demasiado tarde, el monstruo te ha atrapado! —¡Muajaja! —rugió Archie, girando una vez más antes de dejar a Thais en el suelo, quien, con las mejillas sonrosadas por la risa, se abrazó a mis piernas. —Creo que el monstruo ya está cansado —bromeé, mirando a Archie mientras me agachaba para abrazar a Thais. —¿Cansado? —repitió Archie, simulando estar ofendido—. ¡Este monstruo tiene energía para rato! Nos reímos juntos, y en ese momento, sentí que las paredes de la mansión no podían contener tanta felicidad. Todo se sentía… perfecto. Bueno, casi. *** Más tarde, después de dejar a Thais en su habitación para la siesta, me dirigí a la oficina de la casa. Era tiempo de enfrentar mi nueva tarea: administrar la mansión. Archie, confiando plenamente en mí, me había dejado el control de todo. Desde la logística del personal hasta las reparaciones y el mantenimiento. Al principio, me sentí abrumada. ¿Cómo podría encargarme de algo tan grande? Pero, con el tiempo, fui tomando el ritmo. Era algo más en lo que podía enfocarme, algo que me alejaba del asunto con Alexander. Y, honestamente, me gustaba sentirme útil. Sin embargo, mi pequeño oasis de paz pronto se vio interrumpido. —Christine, querida —dijo una voz grave detrás de mí, haciendo que mi espalda se tensara al instante. Me giré lentamente y ahí estaba, Doménico, el padre de Archie. Alto, imponente, y con esa mirada que siempre me hacía sentir que sus intenciones iban más allá de lo que decía. Desde el principio, hubo algo en él que me inquietaba. Algo que no podía definir, pero que cada vez que estábamos cerca, hacía que mi piel se erizara. —Doménico —dije con una sonrisa forzada—, no sabía que estabas aquí. ¿Necesitabas algo? Él avanzó lentamente hacia mí, sus ojos recorriendo cada rincón de la oficina, como si estuviera inspeccionando su propiedad. Su presencia llenaba el espacio de una manera que me hacía sentir atrapada. —Solo pasaba a ver cómo iban las cosas. Archie me ha dicho que ahora te encargas de la administración de la casa. Muy… ambicioso de su parte dejarte a cargo de algo tan grande. —Todo va bien, gracias —contesté con calma, manteniendo mi postura firme. No iba a dejar que sus comentarios me intimidaran. Doménico se acercó un poco más, y pude sentir el peso de su mirada sobre mí. —Me alegra escuchar eso —dijo, su tono casi suave, pero había algo en él que me incomodaba profundamente—. Aunque, debo decir, Christine, que llevar una casa como esta requiere de… experiencia. Y, bueno, tal vez una pequeña ayuda no te vendría mal. Mis manos se cerraron en puños bajo la mesa. ¿Qué diablos quería decir con eso? Sentí una oleada de frustración y, a la vez, de nerviosismo. No era el primer comentario que hacía insinuando que no estaba a la altura, pero esta vez su tono tenía un matiz diferente. Casi como si estuviera buscando algo más. —Aprecio tu preocupación, Doménico, pero estoy bien. Archie confía en mí, y eso es lo único que importa —respondí, intentando sonar lo más segura posible. Él dio un paso más, tan cerca que podía oler el ligero aroma de su loción. Sentí cómo mi respiración se aceleraba ligeramente. —Archie siempre ha sido un soñador, ¿no? —dijo, con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos—. Confía demasiado, a veces, en quienes lo rodean. —No entiendo a dónde quieres llegar, Doménico —dije, cruzando los brazos en un intento de protegerme de su mirada. —Solo quiero asegurarme de que, en esta nueva vida que tienes, no cometas errores. La gente aquí… puede ser peligrosa. —Su mano rozó levemente mi brazo, y un escalofrío recorrió mi cuerpo. Ese contacto, por breve que fuera, lo sentí como una advertencia. Me aparté sutilmente, manteniendo la distancia. —No te preocupes por mí. Sé exactamente lo que estoy haciendo —dije, con una firmeza que no sabía que tenía. Doménico me miró durante unos segundos que se sintieron eternos antes de soltar una risa baja. —Eso espero, Christine. Eso espero. Sin decir más, giró sobre sus talones y salió de la oficina, dejándome allí, con el corazón latiendo descontroladamente. Sabía que algo estaba mal. Lo había sentido en su tono, en su mirada, en ese toque casi imperceptible. Doménico no solo me estaba vigilando… estaba buscando algo más. Me senté en la silla, tomando una respiración profunda para intentar calmarme. Pero el eco de sus palabras seguía resonando en mi mente. "La gente aquí puede ser peligrosa." Y, por primera vez desde que llegué a esta mansión, me pregunté si Doménico era la verdadera amenaza que debía temer.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR