Ha pasado un mes desde el entierro de los padres de Elizabeth. Un mes desde que parece que dejó de importarle el mundo y lo que pasa a su alrededor. Un mes donde yo volví a ser quien va a cuidar de ella en las mañanas —más ahora— y que tuve que volver a mi rutina de antes en el trabajo. Un mes en el que no había sabido nada de Alanis, y justo cuando más en tranquilidad me sentía, ella apareció... No sé cómo lo hizo, pero entró a mi habitación mientras no estaba nadie en casa; ni mamá, ni Juliette ni yo. En cuanto llegué yo —fui el primero en hacerlo— la vi. Estaba ahí, parada a un lado de mi cama, frente a mí, completamente desnuda. Y lo único que quería en ese momento, es que se fuera. Que no volviera jamás. Porque lo último que necesito es que Alanis cause más conflictos entre Elizabet

