LILY
No puedo creerlo, ya era la sexta vez que el cabrón me mandaba a traerle café. Y no uno cualquiera, ¿eh? Que si sin azúcar, que si con leche de almendra, que si no muy caliente. Como si yo fuera su barista personal y no su asistente. Me tenía podrida, pero acá sigo, tragándome el orgullo, porque este trabajo es lo único que tengo. Y lo necesito.
Últimamente anda con un humor de mierda. Frío, cortante, distante. Si mañana me pidiera que le limpiara los zapatos con la lengua, capaz que lo haría. No por él, sino porque no puedo darme el lujo de mandarlo al carajo. Así de jodida está la cosa.
Desde la semana pasada que no hablamos bien. Nada. Silencios incómodos, miradas esquivas, órdenes secas. Ni una explicación. Solo apareció el chófer como si fuera lo más normal del mundo, para llevarme de la oficina a mi casa y vuelta. ¿Quién hace eso sin decir nada?
Yo sé que algo le pasó. Lo huelo. Está triste, está enojado, está mal por dentro. Pero no me dice nada, el muy idiota. Y eso me enoja más que cualquier berrinche. Porque yo... yo quiero saber. Quiero entenderlo. Pero mientras tanto, ahí voy otra vez, con el café en la mano.
*
OLIVER
Esta mujer me tiene al borde.
Apreté el botón de llamada.
—Lily, otro café. Y no tardes—. Corté.
Pasan unos minutos y se escucha el golpeteo en la puerta.
—¡Vale, entra! —grité sin mirar.
Ella entra, camina toda seria y deja el café de malas ganas. El líquido se desborda casi manchandome.
—¿Puedes tener un poco de cuidado? —le solté.
Pensé que se iba a quedar callada, como hace siempre. Pero no, esta vez explotó:
—¡Ya está, Oliver! ¡Me tienes hasta la coronilla! —me dice, con una furia que hasta me sacudió un poco.
Yo pensé: Al fin, ¿va a renunciar? ¡Gracias al cielo!
Pero qué va...
—¿Qué carajos te pasa? ¿Andas con la regla o qué? —me tira, sin miedo a nada.
—¿Perdón? —dije.
—¡Madura! No voy a renunciar, así que deja de hacerme la vida imposible —y se da media vuelta como si nada.
—¡Detente! —le digo, y me levanto de la silla.
La encaro. Me acerqué demasiado porque dio un paso atrás. La miro fijo. Esa cara… maldita sea, se parece tanto a ella.
—¿Por qué te pareces tanto a ella? ¿Por qué hablas igual que ella? —le dije, y sin darme cuenta, le toqué la cara.
—¡No me toques! —me espetó, y me quitó la mano de un manotazo. —¿Y quién mierda es “ella”? —me preguntó.
Ahí desperté de golpe. Tosí como para despistarla.
—Vuelva al trabajo, señorita Anderson —le dije, como si nada. Me miró raro, pero se fue.
Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en la silla, me agarré la cabeza con las dos manos. Estoy perdiendo la compostura. Esta mujer es más lista de lo que pensé. Jamás va a irse. Agarré el café y, como los seis anteriores, lo tiré por la ventana. Es lo único que me calma. Bueno, eso y fumar, pero ya no fumo.
*
Eran casi las once. Hora de mandar todo a la mierda e irme a casa. Agarré la chaqueta, el bolso del portátil y apagué las luces. Cerré mi oficina y fui al ascensor.
Y ahí estaba ella.
—Ah, al fin te vas. Pensé que te ibas a quedar a dormir —dice. Casi me da un infarto.
—¿Qué...? ¿Y mi chofer? Te juro que él... —balbuceé, pero me corta en seco.
—Lo llamé. Le dije que no viniera hoy —me dice tan tranquila.
¿Qué carajo está tramando?
—Creo que tenemos que hablar —dijo un poco mas seria.
—No, yo creo que no. Vale, te llevo a casa —le respondí, caminando al ascensor.
—No —me dijo.
—Mira, son las once y estoy muy cansado, no te pongas intensa ahora —le dije llegando al borde.
—¡NO! —gritó.
—¡Baja el tono! ¡Son las once! —le susurré.
—¡Yo puedo gritar a la hora que sea! —siguió, mientras yo sostenía la puerta del ascensor.
Me acerqué, no entendía su comportamiento.
—¡El problema eres tu! No me voy a mi casa hasta que me digas por qué me quieres echar tanto y quién es esa mujer a la que me parezco —dijo con rabia, pero bajando un poco la voz.
Bajé la cabeza, me rasqué la nuca.
—Está bien... ven a mi casa. Te cuento todo allá —le dije, resignado.
Ella agarró sus cosas y entró al ascensor.
*
Llegamos. Abrí la puerta, entramos. Cerré con llave, como siempre.
—Eh... ¿por qué cierras con llave? No me vas a matar, ¿no? —preguntó.
—Tranquila, es costumbre —le dije, sonriendo.
—¿Quieres algo de comer? —le ofrecí, abriendo la refri.
—Estoy bien —dijo, tirándose al sofá.
—Vale, me pongo algo cómodo —le avisé y me fui al cuarto.
Me quité el traje, me puse algo más relajado. Cuando volví... ¿Dónde está? La busqué y la encontré en la cocina.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Bañándome quizás, ¿no ves? —dijo. —Estoy cocinando, tarado.
—Sí, ya veo, genia. Pero eres la invitada, ¿por qué cocinas?
—Había un paquete de pasta ahí tirado. No es lo mejor, pero ya llena —dijo mientras revolvía la olla.
La miré un rato. Sonreí sin querer.
—¿Qué miras? —preguntó.
—Nada. Se ve bien. Voy por los platos —le dije.
Comimos en la sala. Pero ella se notaba incómoda.
—¿Quieres ponerte algo más cómodo? —le pregunté.
—Estoy bien —dijo, pero igual me paré y le traje unos pantalones y una camiseta.
—Puedes cambiarte en mi cuarto —le dije. Agarró la ropa y se fue sin decir mucho.
Y ahí me quedé, solo, preguntándome en qué problema me estoy metiendo.
*
LILY
Esos malditos jeans me estaban haciendo la vida imposible. Me rozaban, me apretaban. ¿Quién diseña esta ropa? ¿Gente que odia a las mujeres o qué?
Me metí a su cuarto, obvio que eché una mirada antes de cambiarme. No es que sea chismosa… bueno, sí, un poco. Entonces la vi: una foto en su mesa de noche. Una mujer linda, sonriente. ¿Será la que mencionó antes? No soy celosa, pero tampoco estúpida. Dejé la foto donde estaba y me puse la ropa.
Todo me quedaba enorme, parecía que me había tragado un pijama, pero igual era mejor que los jeans apretados que andaba. Eso sí, el cuarto del tipo estaba demasiado limpio. Tan limpio que da miedo. O lo limpia alguien por él, o tiene TOC. No sé cuál me preocupa más.
Cuando salí a la sala, él me soltó un: “Te queda perfecta”. Sarcástico, el desgraciado. Pero me dio risa, no voy a mentir.
Me dejé caer en el sofá mientras él agarraba el control. Le arranqué el control de las manos, sin pena.
—Ni se te ocurra poner la tele. Vas a soltarlo todo. ¿Entendido?
Y mientras le daba el primer bocado de la pasta que estábamos comiendo, lo miré fijo. Él suspiró, y me vio como si había visto a un fantasma. Quizás estaba desconcertado con la mujer que estaba tratando, pero las cosas conmigo siempre serian asi.