Renuncio

1138 Palabras
LILY —Hace unos años perdí a alguien que amaba demasiado… Se quedó callado. Yo ni abrí la boca. ¿Para qué? Lo quedé viendo, sin bajarle la mirada ni un segundo. —Ella... eh... murió en un accidente de coche —soltó. Y a mí se me encogió el pecho, porque yo ya sabía qué se siente eso. Mis padres se fueron igual. —Lo siento demasiado —le dije, seria. Él medio sonrió, pero todavía sin mirarme. Hasta que de pronto, me dice algo que me sacude: —Me recuerdas a ella. Ahí sí me atravesó con esos ojos. Y no sé… sentí que me estaban comparando con un fantasma. Lo cual me pareció extraño o mejor dicho incomodo. —¿Por eso querías quitarme del medio, cierto? Asintió sin decir nada. Y yo ya sabía. —Si no aguantas verme la cara todos los días, me largo —le dije. —No, no te preocupes por eso. No quiero que te vayas. —Pues si yo me quiero ir, me voy. No te toca decidir eso —le solté mientras llevaba mi plato vacío a la cocina. La verdad, no quiero largarme. Pero tampoco quiero ser ese dolor de cabeza que alguien arrastra todos los días. —¡NO! —gritó, siguiéndome hasta la cocina. —No puedo con la idea de que te vayas, me sentiria culpable... —me dijo. —Y además, eres buena en lo que haces, eres trabajadora la verdad —agregó con una sonrisa. Yo le sonreí de vuelta volviendome a la cocina para lavar los platos. —No hace falta, alguien vendrá mañana —me dijo. Le hice caso, dejé el plato en la encimera. —Bueno... ya es tarde. Me voy —le dije. En verdad no quería irme. Era tarde, estaba oscuro, y esas calles se ponen peligrosas a esa hora. Fui rumbo al cuarto de Oliver para cambiarme, pero él se me atravesó. —Quédate. Duermes en la de invitados, te llevo mañana —dijo parado en el marco de la puerta. —No creo que sea buena idea —le dije y traté de cerrar, pero el metió el pie. —No voy a entrar, lo juro. Solo... no me parece que salgas así, sola, de noche. Hay gente loca allá afuera —me soltó. Yo sabía qué estaba intentando de todo para hacerme quedar. —Igual, no me voy a poner la misma ropa de ayer. ¿Qué crees? —Mi ex dejó ropa... puedes ponertela si quieres, quizas es de tu talla —respondió, serio. —Ni loca me pongo esa porquería... —Bueno, ¿te quieres ir? Pues lárgate —y quitó el pie, dándose media vuelta. Algo raro tiene este hombre, en serio. Pero no quiero mas problemas. —Está bien, me quedo —le dije, bajando el tono. —Hmm, eso pensé —contestó sonriendo. —¿De verdad? —le solté. —Una amiga una vez me dijo que si le sugieres algo a una mujer, va a hacer justo lo contrario. Supongo que tenía razón —me dijo sonriendo. Me daban ganas de estamparle un cojín en la cara. Idiota. —Esta es tu habitación, y el baño está ahí. Agarra algo mío para dormir, no hay problema —dijo mientras me abría el cuarto. Era más grande que todo mi departamento, sin exagerar. Le agradecí, y por fin me dejó sola. Me cambié, me senté un rato... y justo cuando ya me estaba durmiendo, alguien tocó la puerta y abrí. —Me voy a dormir, salimos a las seis, así que lista a esa hora —dijo de una vez y se fue. Ni tiempo de decir “okey”. * Apenas abrí los ojos ya estaban los gritos rebotando por toda la casa. El cabrón de Oliver estaba al teléfono discutiendo. —¡Que no me voy a casar, carajo!— gritaba como un loco. —¡Estoy harto de todos diciéndome qué hacer!— ladró, sin darse cuenta que yo ya estaba despierta. —Baja la voz, que van a pensar que te están exorcizando— le dije sonriéndole. —¡Me vale madres los vecinos! ¿Estás lista? ¡Pues vámonos! Yo solo asentí, agarré el bolso y me subí al carro con él. Porque sí, así era la cosa con Oliver: o lo seguías, o te atropellaba. Todo el camino fue un silencio tenso. Él estaba enojado por lo de la mamá, que lo quería casar para que lo tomen en serio. ¿de verdad? ¿En qué mundo vivirán los ricos? Que si no firmas papeles no eres alguien. Que cosas… Llegamos a la oficina. Y yo con toda la buena voluntad le pregunto: —¿Quieres un café? —No tomo café. Ponte a trabajar. ¿Qué? ¡Ayer se tragó seis! ¿Ahora se hace el saludable? Qué tipo más estupido. Entramos a la empresa y todo el mundo nos miraba como si trajéramos un cartel que dijera “Sí, cogimos”. Yo solo bajé la mirada y me fui a mi escritorio. A esas alturas ya me valía madre lo que pensaran, pero igual no me gusta que levanten chismes de mi. Pasaron las horas y ya no aguantaba la vejiga. Me metí al baño, rogando que no hubiera nadie. Pero no, claro que no. Entraron dos tipas que hablaban. —¿Qué le ve Oliver a esa zorra? Si podría estar conmigo… Y la otra: —¿Y se la folló? Pensé que era discreta, pero salió mas viva que todas… si se quedó a dormir, ya saben qué pasó. Respiré hondo. Conté hasta tres. Me limpié la dignidad, abrí la puerta y salí: —Sí, dormí con él. En cuartos separados, por si les interesa. ¡No todas somos como ustedes dos, par de ZORRAS! Me fui caminando sin mirar atrás, pero con el corazón latiéndome en las sienes. Y claro, ya no podía concentrarme. El día se fue a la mierda en ese momento. Y como si no fuera suficiente, llega Oliver y me chasquea los dedos en la cara. ¿Perdón? —¿En qué mundo estás?— me dijo con esa voz de jefe. —¿Qué quieres?— le solté, ya cansada de todo. —Que le bajes a esa colera. Y ahí exploté. Todo me cayó de golpe: el trabajo, los chismes, la vida jodida que había tenido, las esperanzas que puse en este empleo… Todo. —¡RENUNCIO, mierda! ¿Feliz? ¿Están todos felices ahora? Salí corriendo con las lágrimas brotando. Agarré mis cosas y me largué. Ni miré a nadie. En la parada del bus, ya no me aguantaba más. Llamé a mi hermano. —Aiden… no puedo más. Llámame cuando puedas, por favor. Solo quería… paz.
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