LIAM El techo de la suite presidencial del hotel en Mónaco estaba pintado con ángeles renacentistas que me miraban con lástima o tal vez era juicio y a estas alturas me daba igual. Me senté en el borde de la cama con la cabeza entre las manos, sintiendo el latido sordo y rítmico de una resaca que ya no era un evento ocasional sino mi estado natural, el sabor a whisky y arrepentimiento cubría mi lengua, a mi lado entre las sábanas de seda revueltas, una mujer rubia dormía profundamente. Traté de recordar su nombre. ¿Camille? ¿Celine? ¿Chloe? Dios, esperaba que no fuera Chloe, no Chloe Davis me odiaba con la fuerza de mil soles desde el funeral; jamás estaría en mi cama. Esta mujer era hermosa, era modelo, era todo lo que las revistas decían que un hombre en mi posición (multimillonario,

