Tras culminar ese beso, Adrián me mira, agitado, tocando mi rostro con la delicadeza que solo sus dedos pueden transmitir. La habitación parece girar a nuestro alrededor, mientras el silencio envuelve cada rincón, interrumpido únicamente por nuestras respiraciones entrecortadas. Las cortinas danzan suavemente por la brisa que entra por la ventana entreabierta. El tiempo parece haberse detenido, como si el universo quisiera preservar eternamente la intensidad de su mirada sobre mí, esos ojos que me hablan sin necesidad de palabras, que me transmiten sentimientos tan profundos que resulta imposible describirlos con el limitado vocabulario humano. —Iré a ducharme —dice, dándome un último beso, más intenso, más apasionado, uno que parece querer transmitir todo aquello que las palabras no

