-Capítulo 5: Comenzó la caza,Capítulo 6: El lobo gracioso

880 Palabras
Desde aquella noche, todo había cambiado en la residencia. No era solo tensión. Era otra cosa. Una electricidad rara en el aire, como si cada vez que Tracy entraba en una habitación, el mundo contuviera la respiración. Los trillizos ya no la miraban con desdén. Ahora era distinto. Más intenso. Más peligroso. La clase de mirada que hace que te olvides de cómo respirar. Adrian intentaba mantener distancia. Pero ella lo notaba. En cómo sus ojos tardaban un segundo más de la cuenta en apartarse. En cómo su mandíbula se tensaba cada vez que ella estaba cerca. Lucas, en cambio, se mostraba amable. Cercano. Sonreía más. Le tocaba el brazo cuando hablaban. Buscaba cualquier excusa para quedarse a su lado. Y Santiago... Santiago solo la observaba. Como si supiera algo que ella aún no había descubierto. Pero por dentro, Tracy pensaba en otra cosa. En Damián. En lo que no llegó a decir. En lo que quizás intentó advertirle. Una tarde, sintiéndose sofocada por tanta confusión, se refugió en la biblioteca. Nadie solía ir allí. El polvo cubría los estantes, y el silencio era perfecto. Caminaba sin rumbo cuando sus dedos se detuvieron en un libro viejo, de lomo agrietado. El título, apenas legible, parecía susurrarle desde la portada: Cronología Sangrienta y Luna. Lo abrió con cuidado. Y las palabras le ardieron en la piel: “Los hijos de la luna y la sangre sufrirán el destino. Un linaje perdido en la historia, nacido del equilibrio entre la luz y la oscuridad. La unión entre el descendiente de la luna y uno de la sangre puede traer salvación… o destrucción.” Se le heló el cuerpo. ¿Eso era lo que Damián intentaba decirle? ¿Estaba envuelta en algo mucho más grande de lo que jamás imaginó? Un ruido la hizo girarse. Adrian estaba allí. —¿Qué haces aquí? Ella cerró el libro con rapidez, presionándolo contra su pecho. —Buscando respuestas. Él no dijo nada. Pero la forma en que la miró... no hacía falta. Entonces, un rugido atravesó los muros. La residencia tembló. El caos estalló. Los trillizos reaccionaron de inmediato. Tracy los siguió sin pensar. Afuera, la oscuridad cobraba forma. Criaturas esperaban entre los árboles. No eran lobos. No eran vampiros. Eran otra cosa. Ojos brillantes, garras demasiado largas. Hambre vieja. Adrian se transformó, y el suelo se quebró bajo sus pies. Lucas y Santiago luchaban como si hubieran nacido para eso. Pero fue Tracy quien sintió algo distinto. Una energía cálida le recorrió el cuerpo, viva y poderosa. Una de las criaturas la vio. Se giró hacia ella con los ojos completamente negros, hambrientos. Y cayó. Muerta. Silencio. Tracy no entendía qué había hecho. Apenas podía respirar. —¿Estás bien? —preguntó Lucas, acercándose con una voz inusualmente suave. Ella asintió. Pero no estaba bien. Nada lo estaba. No entendía su vínculo con ellos, ni su origen, ni por qué Damián parecía saber tanto sobre su destino. Adrian desvió la mirada. —Hay que reforzar la seguridad. Santiago no dijo nada. Solo asintió. Lucas, sin embargo, sonrió. —Tracy necesita un respiro. Un momento lejos de todo esto. —No es momento para juegos —murmuró Adrian con el ceño fruncido. Lucas lo ignoró. Se volvió hacia ella. —¿Quieres salir un rato? Prometo que valdrá la pena. Ella dudó. Pero algo dentro de sí pedía aire. Un momento de paz. —Está bien. Adrian no dijo nada, pero la tensión en su mandíbula lo dijo todo. Lucas la guió por un sendero entre los árboles. No hablaron mucho. Solo caminaron, escuchando el crujido de las hojas, el murmullo del viento. El bosque era distinto allí. Más antiguo. Más tranquilo. —Siempre vengo aquí cuando quiero desaparecer —dijo al llegar a un claro bañado por la luz de la luna—. Aquí entrenamos. Pero para mí es más que eso. Es el único lugar donde no tengo que fingir. Tracy lo miró, realmente lo miró. Ya no era solo el que siempre sonreía. —¿Por qué me trajiste? Lucas bajó la voz. —Porque sé cómo te sientes. Como si todos esperaran que seas algo. Que hagas algo. Aquí no hay nada de eso. Solo tú… y yo. Había algo honesto en sus palabras. Algo que dolía un poco. De pronto, la retó a una carrera. Al principio era solo un juego, una forma de hacerla reír. Pero se volvió real. Corrían, se empujaban, esquivaban ramas. —¿Eso es todo lo que tienes? —bromeó él, riendo. Tracy intentó alcanzarlo. Tropezó. Lucas la atrapó antes de que cayera. Quedaron demasiado cerca. Respiraban el mismo aire. Y su sonrisa ya no era de juego. —Siempre fui la sombra de Adrian —dijo con voz baja—. El alfa, el líder. Santiago es el sabio. Yo soy el que entretiene. Eso es todo lo que ven. —Tú no eres solo eso —dijo ella, sin pensarlo. Él le apretó la mano. —Solo quiero que me veas. De verdad. Tracy no alcanzó a responder. Un aullido rompió la calma. Adrian estaba cerca. —Ahí está el alfa —susurró Lucas—. Asegurándose de que no me equivoque. Pero Tracy ya no sabía quién era el verdadero peligro.
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