La luna llena bañaba los pasillos de la mansión con un brillo plateado. Afuera, el jardín olía a tierra fresca y hojas moviéndose con la brisa. Tracy paseaba sin rumbo, disfrutando de ese breve momento de calma, cuando una luz se encendió en el porche.
Frente a ella, Lucas había montado algo inesperado: una manta extendida, un par de copas, velas encendidas. Un intento torpe, pero sincero, de crear algo especial.
—Quería hacer algo diferente —dijo con su sonrisa habitual, esa mezcla de picardía y encanto que ella nunca terminaba de confiar.
Tracy cruzó los brazos, intentando no dejar que la sorpresa se notara.
—¿Esto va en serio o es otro de tus jueguitos?
Lucas bajó la mirada un segundo, luego la sostuvo con una seriedad que no era habitual en él.
—Nunca me diste la oportunidad de demostrarte que no todo en mí es una broma.
Estaba por responder cuando un crujido en el bosque la puso en alerta. Su corazón se aceleró. Lucas se incorporó de inmediato, el cuerpo tenso.
—Entra —ordenó. Ya no sonaba como el chico que bromeaba. Era un alfa en modo defensa.
Tracy lo siguió, el ambiente transformado en segundos. Apenas cruzaron la puerta, se toparon con Adrian. Estaba ahí, esperándolos. Brazos cruzados, mirada encendida.
—¿A qué estás jugando, Lucas?
—No es asunto tuyo —respondió él, sin perder el tono desafiante.
Adrian dio un paso adelante.
—Estás jugando con fuego. Y no eres el único que la observa.
Antes de que estallara algo peor, Santiago emergió de entre las sombras del vestíbulo. No levantó la voz. No hizo falta.
—Si fuera tú, dejaría la discusión para otro momento. Algo se acerca.
Un escalofrío le subió por la espalda a Tracy. Lo sintió antes de entenderlo.
Esa noche, le costó dormir. Dio vueltas en la cama hasta que el sueño la venció. Y en ese sueño, como una aparición inevitable, volvió a ver a Damián. Envuelto en sombras. Su sonrisa era una herida abierta. Sus ojos rojos, un llamado imposible de ignorar.
—Tus lobos no son los únicos que te desean —susurró. Pero no hablaba con la boca, sino desde algún lugar dentro de ella.
Tracy se despertó con un jadeo. El corazón desbocado. Se sentó en la cama, tratando de respirar… y entonces la vio. Una sombra cruzando frente a su ventana. Rápida. Silenciosa.
Alguien la estaba siguiendo.
La mañana siguiente trajo más que tensión. Hubo un ataque en la frontera. Todo el territorio estaba en alerta. La mansión se volvió un cuartel.
Y por primera vez, Lucas dejó de bromear.
Tracy lo vio dar órdenes con precisión, moverse entre los demás con un aire de control que nunca le había notado. Otro Lucas. Uno que no jugaba.
—Cúbranme los flancos. Nadie rompe la línea —decía. Su voz era firme. Todos lo escuchaban.
Tracy lo observó en silencio. Empezaba a entenderlo de verdad. Tal vez su humor no era más que una coraza. Algo para mantenerlo entero.
Horas después, cuando la amenaza se disipó y el sol comenzaba a caer, Lucas se dejó caer bajo un árbol, como si el peso del día por fin se permitiera caer con él.
—Siempre he sido así —dijo sin mirarla—. Si bajo la guardia… me rompo.
Y por primera vez, ella lo comprendió. No era solo el que hacía reír. Era alguien que llevaba el dolor con elegancia, como quien aprende a vivir con una herida abierta.
Adrian, que lo había estado observando durante el combate, también empezó a dudar. ¿Y si había sido injusto todo este tiempo? ¿Y si nunca vio realmente a su hermano?
Santiago también parecía distinto. Ya no era el silencioso que todo lo analizaba desde lejos. Sus palabras, sus gestos, incluso sus miradas hacia Tracy… todo tenía un peso nuevo. Más humano. Más presente.
Al caer la noche, con la tensión apenas bajando, Lucas la abrazó. No fue planeado. Fue instinto. Un impulso nacido del caos, del miedo, de la necesidad de sentir algo real.
Lo que no sabían era que, desde la distancia, Adrian y Santiago los miraban.
Y ninguno de los dos estaba tranquilo.