AINARA Llamé un taxi y me dirigí hacia Rafael. Cuando llegué aún estaba con un paciente, ya que mi horario ya había pasado, me acerqué a la recepcionista. –¿Tiene más pacientes? – pregunté aún con la vista nublosa. –¿Estás bien pequeña? Ya no tiene más por hoy, ¿necesitas verlo? – preguntaba mirándome con pena y asentí–. Tranquila, siéntate, ahora le aviso. Se dirigió hacia el consultorio y me dejó sola. Después de unos minutos que me parecieron eternos pude entrar en su consultorio. –¿Otra recaída? – preguntó sonriente, negué con la cabeza y sin avisarlo me acerqué y lo abracé, se sorprendió, pero no se separó. Me abrazó todo el tiempo que llore, llore hasta quedarme sin lágrimas. Cuando me separé y me sirvió una taza de café. –¿Qué es lo que pasó? ¿La culpa de nuevo? – negué con la

