SAMUEL La mañana llegó sin avisar. Cuando abro los ojos, la luz del sol entra tamizada por las cortinas. Parpadeo, confundido, intentando recordar cómo llegué a mi cama. Y entonces la veo. Sofía. Está sentada a mi lado, con el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, acariciándome el pelo con una suavidad que duele. Una sonrisa tímita se dibuja en sus labios. —Buenos días, dormilón —dice, con voz queda. —Buenos días —respondo, aún aturdido—. Creí que ya te habías ido. —¿Irme sin despedirme? —frunce el ceño, como si la idea le ofendiera—. Claro que no. Hice desayuno. Señala la mesita de noche. Un vaso de jugo, un tazón de frutas picadas con cuidado, una pequeña flor silvestre colocada al borde como adorno. —Gracias —murmuro, sin saber qué más decir. —Deja de mirarme como si fuera

