SAMUEL Se envuelve en la toalla blanca con movimientos lentos, casi mecánicos. —Creo que mejor me voy —dice, sin mirarme—. Ya se ha hecho tarde y mi madre quizás esté preocupada por mí. —Sí, yo… te llamaré luego —respondo, sin levantar la vista del desagüe. Ella duda un segundo. Como si esperara que dijera algo más. Como si necesitara una palabra, un gesto, algo que confirme que lo de anoche y lo de hoy significaron algo. Pero no digo nada. —Nos vemos, Samuel —susurra. La puerta se cierra. El sonido del agua llena otra vez el silencio. Pero ya no es relajante. Es un ruido vacío, monótono, que golpea contra los azulejos como un recordatorio de lo que acabo de hacer. El timbre sonó al mediodía. Me levanté con pereza, arrastrando los pies hasta la puerta. Abrí sin mirar por la miri

