VALERIA Los días siguientes son un torbellino de actividad y felicidad. Trabajamos juntos en los planos, discutiendo cada detalle con una pasión que me recuerda por qué elegí esta carrera. Damián no solo es el socio, es un compañero. Aporta ideas, escucha las mías, discute con respeto y cede con elegancia cuando sabe que tengo razón. —¿Ves? —dice un día, señalando un arco en los planos—. Si movemos esto diez centímetros, la luz de la tarde va a entrar justo aquí. —¿Diez centímetros? —frunzo el ceño, calculando—. Tienes razón. Sería perfecto. Él sonríe. Esa sonrisa que siempre me ha gustado. La del niño que descubre algo nuevo, no la del ejecutivo que cierra un trato. —Hubo un tiempo —dice, acariciando mi mano sobre la mesa— en que no tenía nada. Absolutamente nada. Y lo único que me

