Capitulo 15

1104 Palabras
VALERIA Intenté soltarme, dar media vuelta. Fue entonces cuando explotó. Con un movimiento rápido y fuerte, me detuvo del brazo y me atrajo contra su pecho. No fue un abrazo. Fue una captura. Su cuerpo, duro y tenso, se aplastó contra el mío. Una de sus manos se cerró en mi cabello, tirando de mi cabeza hacia atrás hasta que mis ojos se encontraron con los suyos, dos llamas grises en la oscuridad. —¿Crees que no me atrevo? —gruñe, y su voz es puro fuego—. ¿Crees que no me muero por besarte cada puto segundo que estás cerca? Me enloqueces Valeria. Tu perfume, tu calor, tus miradas, tus palabras me torturan hasta morir… ¿sabes? a la mierda mis promesas… Y entonces me besa. No es un beso cualquiera, es una toma de posesión, es hambre de años contenidos. Es deseo, es rabia, es celos, es todo lo que no ha podido ser. Su boca devora la mía sin sutileza, sin romanticismo, con una violencia que me arranca un gemido ahogado. Sabe a café y a furia, a tabaco y a desvelo, a todo lo prohibido. Respondo. No puedo evitarlo. Mi cuerpo se funde con el suyo, mis manos trepan por su pecho, se enredan en su camisa, lo arañan, lo necesitan. Él gruñe contra mi boca, y el sonido vibra en todo mi ser. Sin dejar de besarme, me levanta. Mis piernas se enredan en su cintura, mi espalda choca contra la pared, contra los azulejos fríos de la cocina. Sus manos recorren mi cuerpo con urgencia, desgarrando casi la seda de mi bata, encontrando mi piel, mi calor, mi humedad. —Eres mía —jadea contra mi cuello, mientras sus dientes muerden, mientras sus labios chupan, mientras deja marcas—. Mía. No de él. No de nadie. —Damián… —gimo, y su nombre en mi boca es una rendición. Su mano baja, encuentra el borde de mi braga, la aparta con violencia. Lo siento entonces, la punta de su erección presionando contra mi entrada, caliente, dura, implacable. —Vas a acordarte de esto —susurra, y sus ojos grises me taladran en la penumbra—. Cada vez que lo mires, cada vez que pienses en él, vas a acordarte de quién te poseyó primero. Y entra. No hay suavidad, no hay preparación. Es un embate único, profundo, que me clava contra la pared y me arranca un grito que él calla con otro beso violento. El dolor y el placer se mezclan en una explosión que me nubla la vista, que me hace aferrarme a sus hombros como si fuera a desintegrarme. Él comienza a moverse. No es un ritmo, es una embestida. Cada empujón es una declaración de guerra, cada gemido mío una victoria, cada jadeo suyo una derrota. Sus caderas golpean contra las mías con una fuerza que sé que dejará moretones, pero no me importa. Quiero sus marcas, su violencia. Quiero todo lo que ha estado negándome. —Damián… Damián… —su nombre es una plegaria, un mantra, un lamento. —Mía —repite él, una y otra vez, como un conjuro—. Mía. Mía. Mía. Su mano en mi cabello tira con más fuerza, arqueando mi espalda, ofreciéndole mis pechos que él devora con la boca, mordiendo, lamiendo, reclamando. La otra mano aprieta mi nalga, marcando la piel, guiando mis caderas para recibir cada embestida más hondo, más fuerte, más desesperado. La cocina es un torbellino de jadeos, gemidos, el golpe sordo de los cuerpos contra la pared, el olor a sexo, a sudor y a deseo cumplido. La nevera zumba a nuestro lado, ajena. Siento que me rompo, que me reconstruyo. Siento que cada embestida me lleva más cerca del borde, de ese abismo que he estado buscando desde que lo conocí. Su boca encuentra la mía de nuevo, devorando mi grito cuando el orgasmo me parte en dos. Me corro gritando su nombre, y siento cómo él se tensa, cómo un rugido se escapa de su pecho, cómo su calor me llena en espasmos profundos que parecen no terminar nunca. Luego, el silencio. Solo nuestros jadeos, nuestros corazones desbocados, el olor a nosotros impregnando cada rincón de la cocina. Poco a poco, él me baja. Mis piernas apenas me sostienen. Me tambaleo, tengo que apoyarme en la encimera para no caer. Estoy temblando, marcada, abierta, llena de él. Y entonces lo miro. Espero encontrar en sus ojos algo de lo que acaba de pasar. Deseo, ternura, pasión, algo. Cualquier cosa, pero lo que veo me hiela la sangre. Es arrepentimiento. Damián se está abrochando el pantalón. No me mira, no puede. Su mandíbula está tensa, sus manos tiemblan, pero no es de deseo. Es de horror por lo que acaba de hacer. —Vete a tu habitación —dice, y su voz es un desierto. —Damián… —Vete a tu habitación —repite, y ahora me mira. Y en sus ojos grises solo hay vacío, culpa, que me parte el alma—. Y olvida que esto pasó. Olvida que yo… Olvida todo. —¿Olvidar? —mi voz es un susurro roto—. ¿Cómo quieres que olvide? —Tiene que ser así —se pasa una mano por la cara, y parece de repente más viejo, más cansado, más derrotado que nunca—. Esto no puede volver a pasar. No puedo… No debemos… —Damián, por favor… —¡Vete! —ruge, y el golpe de su puño contra la encimera me hace saltar—. ¡Vete ahora! Esto fue un error. Un puto error. Las palabras me golpean más fuerte que cualquier embestida. Me enderezo como puedo. Recojo mi bata, me cubro y camino hacia la puerta. Antes de salir de la cocina, me giro. Él está de espaldas, apoyado en la encimera, la cabeza gacha, los hombros hundidos. —Sabes qué es lo peor de todo esto, Damián? —digo, y mi voz es un susurro que parece un grito—. Que aunque me hayas poseído con esa rabia, aunque ahora te arrepientas, aunque me pidas que olvide… Hago una pausa. Él no se mueve. —Yo soy feliz. Él se gira lentamente. Sus ojos grises están enrojecidos, perdidos. —¿Feliz? —Feliz —repito, y una lágrima traicionera rueda por mi mejilla—. Porque mi sueño se cumplió. Porque al fin te tuve. Porque aunque haya sido así, aunque haya sido por celos y rabia, aunque ahora me eches, yo te tuve. Y eso, Damián, eso nadie me lo quita. Salgo de la cocina.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR