DAMIAN
El reloj de la cocina marca las 7:00 cuando bajo las escaleras. El aroma a café recién hecho y calentao me despierta antes de abrir los ojos. Es ese olor a hogar que ella trajo sin permiso, a desayunos que no pedí pero que ahora extraño. Recorro el lugar con la mirada, buscándola sin querer buscar, y solo encuentro su perfume flotando en el aire, burlándose de mí.
Ella ya se ha ido. Apoyo las manos en la encimera y respiro hondo. La nevera zumba a mi izquierda. La luz de la mañana entra por la ventana, bañando el mismo lugar donde anoche… finalmente la hice mía.
Cierro los ojos. No. No puedo pensar en eso ahora.
Busco una taza y me sirvo el café. Le doy un sorbo. Está tibio, preparado tal y como me gusta: fuerte, sin azúcar, con ese punto justo que solo ella ha aprendido a darle. Tomo un plato, me sirvo del calentao que dejó en la olla —huevos, arroz, carne desmechada, hogao— y me siento en la mesa.
Veo su lugar vacío y la angustia me golpea el pecho.
De pronto, el golpe suave de unos pasos me alerta. Samuel aparece en el marco de la puerta, el cabello revuelto, un polo viejo y los ojos aún hinchados de sueño.
—Buenos días —murmura, dirigiéndose directo a la cafetera—. ¿Valeria ya bajó?
La pregunta me golpea en el estómago. Bebo un trago de mi café solo para no tener que responder de inmediato. El líquido quema, pero menos que la culpa.
—Ya se marchó —digo al fin, con una voz que intento mantener neutra.
—Creí que se irían juntos a la oficina —dice, sentándose a la mesa.
—Supongo que tiene cosas que hacer antes. Y yo tengo algunos pendientes. Iré más tarde.
Samuel asiente, como si eso fuera lo más normal del mundo.
—Qué berraca —sonríe—. Siempre madrugando. Así va a terminar el proyecto antes de lo previsto.
Me enderezo. Apoyo la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria. El ruido del golpe lo hace parpadear.
—Samuel —empiezo, y no sé cómo decir lo que necesito decir—. Si anoche… si algo de lo que dije o hice te hizo sentir mal, te pido disculpas.
Él me mira.
—Descuida, ya sé cómo eres.
—Estoy tratando de enmendar el tiempo perdido.
—No pasa nada, papá —dice, y su voz es suave, casi compasiva—. Entiendo que a veces digamos cosas que no sentimos.
—Quiero hacerte una pregunta —digo, y mi voz se vuelve más grave—. Y quiero que me contestes con la verdad.
—Dime.
—¿Qué pasó anoche con Valeria mientras no estaba?
—Solo charlamos —responde con calma—. Vimos una película y nos fuimos a dormir.
—Cuando llegué, estaban…
—Coincidimos cuando bajábamos por un vaso con agua —me interrumpe—. Antes de volver a nuestras habitaciones, platicamos. Es todo. Pero parece que eso no te agrada.
—Valeria no es mujer para ti, Samuel —digo, y las palabras salen más duras de lo que pretendía—. Es una arquitecta brillante, tiene futuro, tiene ambiciones. Tú… tú eres un estudiante. Apenas estás empezando. Necesitas concentrarte en la universidad, en tu carrera, en…
—¿En serio vas a darme esa charla? —me interrumpe, y hay un dejo de ironía en su voz—. ¿Tú? ¿El que se casó a los 24 con mi madre mientras construía su primer proyecto?
—Era diferente.
—¿Por qué? —da un paso al frente, desafiante—. ¿Porque ella era mayor? ¿Porque tenía experiencia? Valeria solo tiene cuatro años más que yo, papá. Cuatro. No es ninguna anciana.
—No se trata de la edad —respondo, y mi voz sube de tono sin permiso—. Se trata de madurez. De estar en distintas etapas. De…
—¿De qué? —insiste—. ¿Por qué no puedes hacerte la idea de que quizás, ella y yo…?
—¡Olvídalo! —exploto—. ¡Jamás lo voy a permitir! ¡Entiende de una puta vez! No quiero que te hagas ilusiones con ella.
—¿Por qué?
—Porque eres un mediocre —las palabras salen como un escupitajo—. Sin ambiciones. No dejaré jamás que la hija de mi mejor amigo termine enredada con un perdedor como tú.
El silencio que sigue es tan denso que podría ahogarme.
Samuel se levanta de la mesa. Sus ojos, antes tranquilos, ahora son dos ascuas. Toma la taza de café y la lanza contra la pared. El estallido de la loza al romperse retumba en la cocina como un disparo.
—Realmente fue un error aceptar vivir contigo —dice, y su voz tiembla de rabia contenida.
Se va de la cocina. Lo sigo.
—¡Samuel!
Sube más aprisa las escaleras. Cada pisada es un martillazo en mi pecho. La puerta de su habitación se cierra de un portazo que retumba en toda la casa. Me quedo solo en el pasillo.
Entonces escucho su grito. Es un rugido animal, desgarrado, que viene de lo más profundo de su ser. Y luego, el estrépito de cosas rompiéndose contra la pared. Una, otra, otra más.
Cierro los ojos, apretando los puños.
—Perdóname, hijo —susurro—. Perdóname por el daño que te estoy haciendo.
Hago una pausa. El nudo en la garganta amenaza con ahogarme.
—Pero no puedo permitirte un daño mayor. Cuando sepas que Valeria es mía.