Capitulo 17

1150 Palabras
SAMUEL Entro a mi habitación y la puerta vuela tras de mí. El golpe sacude las paredes, los cuadros, los recuerdos de cinco años viviendo en esta casa que nunca fue hogar. Y entonces exploto. Mis manos agarran lo primero que encuentran: un libro de arquitectura que descansa sobre el escritorio. Vuela contra la pared. Las páginas se desprenden, caen como hojas muertas en otoño, como los pedazos de mi dignidad esparcidos por la cocina. La lámpara del velador sigue. El golpe contra el marco de la ventana es un alarido de vidrios rotos que se hacen añicos contra el suelo. —¡MEDIOCRE! —grito, y mi voz se rompe—. ¡PERDEDOR! ¡ESO SOY PARA TI! El jarrón que Valeria me regaló por mi cumpleaños. Ese donde guardo las flores secas del día que supe que la amaba. Vuela también. La cerámica estalla contra la puerta, lloviendo fragmentos como lágrimas sólidas. La silla. El cuadro de la playa que compré en Santa Marta. Los apuntes de clase, todo se rompe , todo arde en esta hoguera de rabia que no sé apagar. —¡NUNCA FUI SUFICIENTE! —aúllo, y el eco de mi propia voz me devuelve la verdad como un bumerán envenenado. Cinco años tratando de ganarme su amor. Buenas notas, silencios cuando debía callar, sonrisas cuando quería llorar, presencia cuando él prefería ausencia. Todo, di todo y aún así, para él, soy mediocre. Soy perdedor. Soy el hijo que no pidió, el error que no merece. Mis puños golpean la pared. Una vez. Dos veces. La pintura se resquebraja bajo mis nudillos, pero el dolor físico no alcanza, no llega, no puede competir con el que llevo dentro. —¿POR QUÉ? —grito al vacío, a Dios, a mi madre que está lejos, a nadie—. ¿POR QUÉ NO PUEDES QUERERME? Las fuerzas me abandonan. Mis piernas ceden. Me desplomo sobre la cama, jadeando, temblando, roto. Los brazos me pesan como si cargaran el mundo, y quizás es cierto, quizás he cargado solo este amor no correspondido durante demasiado tiempo. El silencio que sigue es peor que el ruido. Poco a poco, los sollozos empiezan a trepar por mi garganta. Primero como un temblor, luego como un gemido, finalmente como un llanto abierto, desgarrado, de esos que duelen hasta en los dientes. Me encojo sobre la cama, abrazando la almohada como si fuera el último trozo de dignidad que me queda. Pero no queda nada. —¿Qué tengo de malo? —susurro entre lágrimas—. ¿Qué tengo de malo para que ni mi propio padre pueda quererme? Las lágrimas mojan la almohada, calientes, infinitas. Me huelo a sal, a rabia, a derrota. —No sirvo —gimo, enterrando el rostro en la almohada—. No sirvo para nada. Para él soy basura. Para ella… ¿para ella qué soy? ¿Su consuelo? ¿Su segundo plato? ¿El premio de consolación mientras sueña con otro? La pregunta se clava en mi pecho como un cuchillo. No hay respuesta. Pero algo cambia. Algo dentro de mí se seca, se endurece, se vuelve roca. Me levanto. Las piernas me tiemblan, pero avanzo. Llego hasta el armario, abro la puerta de golpe y empiezo a sacar las maletas. Dos. Grandes. Suficientes para llevar lo que importa. Lo demás puede quedarse. —Me largo de aquí —digo. Tiro la maleta sobre la cama. La abro con violencia. Comienzo a llenarla: ropa, zapatos, el libro que Valeria me regaló, la foto de mi madre, mi computador. Lo que realmente importa —el corazón, la dignidad, la esperanza— ya lo dejé hecho pedazos en la cocina. Y mientras guardo, una lágrima traicionera vuelve a caer. Rueda por mi mejilla y se estrella contra una camiseta doblada. La seco con el dorso de la mano. No más. Los minutos siguen corriendo. El tic-tac del reloj en la pared es un metrónomo que marca el fin de algo. Cierro la primera maleta. Abro la segunda. La lleno con menos cuidado, con más rabia. Libros de arquitectura que ya no sé si quiero seguir estudiando. Apuntes de clases que quizás nunca terminaré. Recuerdos de una vida que ya no quiero recordar. Miro a mi alrededor. La habitación devastada es el reflejo perfecto de lo que soy. Vidrios rotos, papeles esparcidos, cerámica hecha añicos. Una guerra civil en cuatro paredes. La maleta esta lista, tomo las asas. Salgo de la habitación y cuando paso frente a la puerta de Valeria, mis pies se detienen. Empujo la puerta con suavidad, entro y entonces los recuerdos me golpean. Sus besos, sus manos recorriendo mi espalda, mi pecho, mi piel. Sus gemidos. Esos sonidos que escapaban de su garganta cuando la hacía mía, cuando su cuerpo se entregaba al mío. Cada rincón de esta habitación guarda un pedazo de ella. El corazón me duele. Físicamente, como si alguien lo estuviera apretando con las manos. Salgo de su cuarto y bajo las escaleras con paso firme. Cada pisada es una declaración de independencia. Llego a la cocina. Mi padre no está. La casa está vacía. —Como siempre —murmuro, mirando la silla vacía donde él se sentó a destruirme—. Huyendo de sus problemas. Abro la puerta principal y el aire de la mañana me golpea la cara. Llego hasta mi auto, abro la maletera y coloco el poco equipaje, luego me subo . Pero antes de encender el motor, miro la casa por última vez. La casa de mi padre. La casa donde conocí a Valeria. La casa donde la besé por primera vez. La casa donde supe lo que era amar de verdad. Quizás no pueda volver a verla en esta casa. Pero no voy a dejar de luchar por su amor. El auto se pone en marcha y tomando el celular, marco el número de Lucas. Suena una vez, dos, tres. —Samuel, hola, ¿Cómo estás? —contesta al fin, con esa voz alegre que siempre tiene, como si la vida fuera un paseo—. ¿Ya acabaron tus clases o qué? —Lucas —digo, y mi voz se quiebra apenas—. Tengo problemas. Necesito tu ayuda. El silencio del otro lado es breve pero elocuente. —¿Qué pasó? —pregunta, y su tono ha cambiado por completo. —Me estoy yendo de casa por una pelea con mi padre—respondo—. Ya voy saliendo. Y no tengo dónde quedarme. —¡Diablo! —exclama—. Esto es grave. Pero tranquilo, parce. Sabes que puedes quedarte conmigo el tiempo que quieras. Y de paso, pues... ensayamos más seguido. La banda te necesita, marica. Y yo también. Una sonrisa diminuta se asoma a mis labios. La primera en horas. —Gracias, Lucas. Voy para allá. —Te espero, hermano. Y Samuel… lo que necesites. Aquí estoy.
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