SAMUEL
Cuelgo. El teléfono pesa en mi mano. Miro el nombre de Valeria en mis contactos. Parpadeo pensando en llamarla o no en este momento.
Marco antes de pensar o que el miedo me gane. Ella contesta al segundo.
—¿Samuel?
Y entonces me quiebro.
—Valeria… —las palabras se atragantan en mi garganta. Las lágrimas, esas que juré no volver a derramar, brotan sin control—. Te necesito. Por favor… te necesito.
—¿Samuel? ¿Qué pasó? —su voz cambia al instante, se llena de angustia—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—No —sollozo, y ya no me importa sonar débil, ya no me importa nada—. No estoy bien. Estoy destrozado, Valeria. Completamente destrozado. Necesito verte. Necesito que estes aquí conmigo.
—¡Por dios! me estas asustando ¿pasó algo con Damián?
—Si, pero no puedo hablar de eso ahora. Necesito q estes aquí.
—Voy para allá ¿Sigues en el rancho?
—Me fui de casa —respondo, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano—. No podía quedarme más ahí. No después de lo que me dijo. Voy para donde Lucas. A su casa.
—¿Lucas? ¿El de la banda? —pregunta Valeria, y en su voz hay reconocimiento.
—Sí —sorbo la nariz, intentando controlar el temblor—. Él me va a recibir.
—Te doy el alcance estoy cerca—dice.
—¿Y tu trabajo?
—Que se joda el trabajo —responde, y nunca la había escuchado hablar así—. Tú me necesitas y yo voy para allá. ¿Me escuchas? Voy para allá.
Un sollozo más, este de alivio mezclado con dolor. De gratitud. De saber que, en medio de todo este desastre, hay alguien que está dispuesta a dejarlo todo por mí.
—Gracias, Val.
Cuelgo. Limpio mis lágrimas con el dorso de la mano. Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Luego sigo manejando, las calles pasando borrosas por la ventana, el peso en el pecho un poco más llevadero sabiendo que ella viene.
Minutos después, estaciono frente a la casa de Lucas. Una casa de dos pisos, fachada blanca, un pequeño jardín al frente. Y ahí está él, esperándome afuera, recostado contra la puerta como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Cuando bajo del auto, Lucas se acerca con pasos rápidos. No dice nada. Solo me abraza. Fuerte. Como el hermano que siempre ha sido.
—Tranquilo, parce—murmura contra mi hombro, dándome palmadas en la espalda—. Todo pasa por algo. Mi casa es tu casa.
—Gracias, Lucas —respondo, y mi voz se quiebra apenas.
—¿Gracias? —se aparta y pone una mano en mi hombro, mirándome a los ojos—. No me agradezcas, marica. Para eso están los amigos. Ahora, vamos. Tu recámara ya está lista. Desde que mi hermana se casó, esa pieza está libre. Y tú la vas a estrenar como se merece. ¡Vamos!
Camino hacia el baúl, saco las maletas. Lucas toma una sin preguntar. Juntos entramos a la casa. El interior es acogedor, familiar. Huele a café y a limpio, a hogar de verdad.
—¿Tus padres? —pregunto, mirando alrededor.
—Están de vacaciones —responde, dejando la maleta en el suelo del recibidor—. Llegan en tres meses. Pero ya les dije que vendrías y están encantados con tu visita. Sabes que te aman como a un hijo más.
—Realmente eres dichoso por tener unos padres como ellos —digo, y no puedo evitar una punzada de envidia.
—Es lo que me dicen —sonríe Lucas, con esa humildad que lo caracteriza—. Vamos arriba.
Subimos al segundo piso. La habitación está al final del pasillo, justo al lado de la suya. Lucas abre la puerta y me deja pasar.
La habitación es sencilla pero perfecta: una cama grande con sábanas limpias, un escritorio junto a la ventana, un armario vacío esperando mi ropa, y una pequeña mesita de noche con una lámpara. Luz natural entra por los ventanales, bañando todo de calidez.
—Entra —dice Lucas desde la puerta—. Está lista para ser redecorada a tu gusto. Bueno, dentro de lo que cabe.
Sonrío. Es la primera sonrisa real en horas.
—Gracias, es perfecta. Y voy a trabajar para pagar un alquiler —digo, dejando las maletas sobre la cama—. No quisiera que…
—¿Alquiler? —me interrumpe Lucas, poniendo una mano en el pecho con fingido drama—. ¡Por supuesto que tienes que pagar! Pero mínimo. —Suelta una carcajada—. Es una broma, idiota. Ya cuando puedas pagar, lo haces. Y si no puedes, pues me invitas unas cervezas y quedamos a mano.
Niego con la cabeza, pero sonrío. Lucas tiene ese don: hacerte sentir que todo va a estar bien, aunque el mundo se esté cayendo a pedazos.
Nos ponemos a desacomodar las maletas. Mientras guardo mi ropa en el armario, recuerdo algo. Algo importante.
—Valeria va a venir en un rato —digo, sin mirarlo.
—¿Valeria? —pregunta Lucas, y su voz tiene un dejo de picardía.
—La única que tú y yo conocemos.
—La única que tú conoces muy bien —corrige él, y sonríe. Esa sonrisa cómplice que ya vi antes.
—¡Dios! —exclamo, dejando caer una camisa sobre la cama—. ¡Esto es una auténtica locura! Pasé del cielo al infierno de la noche a la mañana.
—¿Quieres hablar de lo que pasó con tu papá? —pregunta Lucas, sentándose en el borde de la cama, adoptando un tono más serio.
Me siento a su lado. Las palabras empiezan a salir.
—Mi papá cree que soy un bueno para nada —digo, y la confesión duele más en voz alta—. No cree que pueda ser exitoso como él. E incluso me amenazó con destruir cualquier posible relación con Valeria porque cree que no soy suficiente para ella.
—¿Y eso? —Lucas frunce el ceño—. ¿Por qué carajo piensa eso?
—Porque soy un estudiante. Porque no tengo dinero. Porque no soy "importante". Porque… porque simplemente no soy él.
Lucas guarda silencio un momento. Luego, una sonrisa pícara se asoma a sus labios.
—Y eso que no sabe que tú y ella ya lo hicieron en su propia casa —dice, y suelta una risa baja.
—¡No lo repitas! —le advierto, aunque no puedo evitar sonreír—. Eso es un secreto.
—Vale, vale —levanta las manos en señal de rendición—. Yo solo sé que pasó. No sé los detalles, pero no hace falta saberlos cuando te brillan los ojitos tanto.
Suspiro. Pero es un suspiro diferente. Más de añoranza que de dolor.
—Es que… fue increíble, Lucas —confieso, y las palabras se agolpan—. Jamás creí que lo haríamos. Perderme en sus ojos mientras alcanzábamos el clímax fue indescriptible. Su cuerpo temblaba contra el mío. Su aliento calentaba mi rostro. Sus manos en mi espalda, sus gemidos en mi oído… fue… fue una experiencia única. Cada vez que lo recuerdo, el corazón se me acelera tanto que creo que va a estallar.