VALERIA
La tarde en la oficina es un desastre de concentración. No he podido sacarme de la cabeza lo que pasó con Samuel en la mañana. Sus besos, sus caricias.
Y luego está Damián. La culpa, el deseo, la confusión. Un nudo en el pecho que no se deshace.
Estoy revisando unos planos cuando la puerta de mi oficina se abre. No tengo tiempo de reaccionar. Damián entra, cierra detrás de él con un golpe seco, y en tres pasos largos está frente a mí. Me levanta de la silla e inesperadamente sus labios encuentran los míos antes de que pueda procesar lo que está pasando. El beso es intenso, profundo, posesivo. Sabe a él. Sabe a todo lo que ha sido mi obsesión durante años. Mi cuerpo responde un instante, solo un instante, antes de que mi mente grite "¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?".
Pero cuando intento apartarme, él ya se ha separado.
Me mira. Sus ojos grises, esos ojos que han sido mi perdición desde que tengo memoria, me miran con una intensidad que nunca antes había visto. No hay frialdad. No hay control. Hay algo nuevo. Algo frágil, algo que parece... ¿amor?
—Te amo —dice.
El mundo se detiene.
—Sé que he sido un idiota —continúa, y su voz tiembla—. Sé que he sido un tonto por no querer admitirlo, por esconderme detrás de excusas, miedos y culpas. Pero te amo, Valeria. Te amo y quiero hacer las cosas bien.
De repente, baja, hincándose frente a mí.
El mundo se detiene. Mi corazón da un vuelco tan violento que creo que va a salirse de mi pecho. De su bolsillo saca una pequeña cajita roja. La abre. Dentro, un anillo de compromiso brilla bajo la luz de la oficina.
—¿Quieres ser mi novia? —pregunta, y sus ojos grises buscan los míos con una mezcla de esperanza y miedo que nunca antes había visto en él.
—Damián… —logro articular, pero las palabras se mueren en mi garganta.
—Es lo que debí haber hecho desde hace mucho —dice, y su voz es un susurro cargado de emoción—. Pero tenía miedo. Miedo de echarlo a perder, miedo de lo que dirían, miedo de mis propios sentimientos. Pero ya no. Estoy listo, Valeria. Listo para empezar una nueva vida a tu lado.
Sin esperar mi respuesta, toma mi mano izquierda. Desliza el anillo por mi dedo anular. Ajusta. Queda perfecto.
Lo miro. Oro blanco, un diamante pequeño pero hermoso, sencillo, elegante. Como si lo hubiera elegido pensando en mí.
—Esta noche —dice, y su voz se llena de una emoción que no le conocía—. Esta noche cenaremos con tu padre. Con Marcos para anunciar nuestro noviazgo de manera formal. Como debe ser. Como mereces.
—¿Qué? —logro articular, pero la palabra es apenas un susurro—. ¿En serio? Pero… mi papá…
—Lo que Marcos piense o quiera hacer es irrelevante —me interrumpe con una firmeza suave—. Somos adultos. Sabemos lo que queremos. Te amo. Me amas. Y esto es lo más real en todo el universo. Se enojará unos meses, quizás. Pero luego entenderá que su hija es la mujer más feliz del mundo.
Las lágrimas empiezan a rodar por mis mejillas, la confusión que tengo es tan grande.
—Estás tan emocionada como yo —dice él, y sonríe.
Esa sonrisa suya. La que he visto tan pocas veces. La que guarda solo para momentos especiales. Luego me besa.
Cuando se separa, mete la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Saca algo. Una tarjeta de crédito dorada y la pone en mi mano, cerrando mis dedos alrededor de ella.
—Esto es para ti —dice—. Es tuya. Tu primer regalo de noviazgo. Compra lo que quieras. Lo que necesites para la cena de esta noche. Es más, deja todo esto y ve a hacer las compras, amor.
—Pero… —intento protestar, señalando los planos sobre mi escritorio.
—Hoy no acepto peros —me interrumpe con una sonrisa—. Son casi las tres y la cena es a las ocho. No hay tiempo que perder.
Toma mi bolso del respaldo de la silla. Lo pone en mi hombro. Me toma de la mano y me guía hacia la puerta de la oficina.
—Anda —dice, abriendo la puerta—. Prepárate para esta noche. Para nuestra noche.
Me da un último beso en los labios y me empuja suavemente hacia el pasillo.
—Paso por ti a las siete.
Me quedo en el pasillo, sola, con una tarjeta dorada en la mano, un anillo de compromiso en el dedo, y el corazón hecho un nudo tan apretado que apenas puedo respirar.
—¿Qué acaba de pasar? —susurro, como si hablar conmigo misma pudiera darle sentido a todo esto.
En ese instante, un mensaje me sobresalta.
El teléfono vibra en mi bolso. Lo saco mientras mis pies empiezan a moverse hacia las escaleras. Es Samuel.
Abro el mensaje. El corazón me da un vuelco.
"Esta noche tendremos un ensayo. Me gustaría que vengas a vernos tocar. Me haría mucho bien tener a mi mejor espectadora a mi lado."
—¡Dios! —murmuro, y la palabra sale cargada de todo lo que no puedo decir.
El teléfono pesa en mi mano como si fuera de plomo. Sin pensarlo más, marco el número de Sofía. Ella contesta al segundo, como siempre.
—Hola, Sofi . ¿Estás ocupada?
—Para ti nunca lo estoy —responde, y su calidez me envuelve aunque sea a través del teléfono—. ¿Qué ocurre?
—¿Puedo ir a verte a tu trabajo?
—Por supuesto —dice sin dudar—. Ahorita no hay clientes y estoy muerta de aburrimiento. Una visita tuya me salva la tarde.
—Voy para allá.
Cuelgo. Guardo el teléfono. Bajo las escaleras con el paso más firme, aunque por dentro soy un terremoto.