VALERIA
El local de Sofía está en una galería comercial cerca del centro. Pequeño, acogedor, siempre con olor a esmaltes y acetona y ese perfume dulzón que ella usa para recibir a sus clientas. Cuando entro, está terminando de limpiar su estación de trabajo. No hay nadie más.
—¡Vale! —exclama Sofía al verme, dejando lo que hace para abrazarme—. Cuéntame todo. ¿Qué pasó? Sonaste rarísima por teléfono.
Me dejo caer en la silla giratoria de clientas. Sofía se sienta frente a mí, en su pequeño banco con ruedas, y me mira con esos ojos que todo lo saben. Los ojos de la amiga que ha estado conmigo en cada caída, en cada euforia, en cada noche de llanto.
—Sofi… —empiezo, y ya la voz me tiembla—. De ayer a hoy mi vida ha sido una montaña rusa de emociones. Soñé tanto con que Damián se fijara en mí, que cuando pasó, la realidad no superó mi expectativa.
—¡Espera! —me interrumpe, abriendo los ojos—. ¿Estás diciendo que tú y Damián…?
—Anoche Damián y yo nos enfrentamos una vez más por su negativa de aceptar sus emociones —digo, y las palabras salen a borbotones—.Su manera de amar es tan brusca que… en medio de mis temores, disfruté tanto hacer el amor con él.
—Carajo —susurra Sofía, llevándose una mano a la boca.
—Pero al final terminó echándome y negando lo que pasó —continúo, y las lágrimas empiezan a quemar—. Me hizo sentir tan miserable, tan humillada, tan… usada. Así que me fui temprano a la oficina para no tener que verlo.
—Vale…
—Pero hace un rato —la interrumpo—, llegó a la oficina. Sin más, se arrodilló frente a mí. Y me pidió que sea su novia.
Levanto la mano izquierda y el anillo brilla bajo las luces del local. Pequeño, elegante, perfecto. Como salido de un sueño.
Sofía se queda paralizada. Sus ojos se abren, toma mi mano, acerca el anillo a su cara y lo examina como si fuera un objeto extraterrestre caído del cielo.
—¿Es… es una puta alianza de compromiso? —pregunta, incrédula.
Asiento. Sin palabras.
—Todo pasó tan rápido, Sofi —logro articular—. ¿Qué cambió? ¿Por qué ahora? ¿Por qué tan de repente?
—¿Y eso importa? —pregunta Sofía, tomando mis manos entre las suyas—. Lo importante es que lo tienes, Vale. El hombre que has deseado desde siempre, el que ha sido tu obsesión durante años, finalmente se decidió. Eso es una noticia increíble.
—¿Lo es? —pregunto, y mi voz es apenas un susurro.
—Pero es lo que querías —insiste ella, confundida.
—Sí, pero… —busco las palabras—. Ahora parece una pesadilla. Estoy completamente confundida.
—¿Qué pasó? —pregunta Sofía, inclinándose hacia adelante—. ¿Qué cambió de ayer a hoy, además de esto? —señala el anillo.
Bajo la mirada. Las palabras se atascan en mi garganta como piedras. Pero necesito decirlo. Necesito que alguien más cargue este peso conmigo.
—Sofi —susurro—. Hay alguien más.
—¿Alguien más?
—Yo… —respiro hondo—. Me acosté con un chico. Un chico lindo.
Sofía abre la boca. La cierra y la vuelve a abrir.
—¿Un chico? —pregunta, y su voz se dispara—. ¿Desde cuándo estás saliendo con un chico? ¿Quién es?
—No importa quién es —miento—. Solo sé que… me trata como una princesa. Siempre lo ha hecho. Pero yo no quería verlo, no quería aceptar lo que sentía. Y solo lo hice cuando me besó por primera vez. Y… dormimos juntos, Sofi. Ese encuentro fue tan lindo, tan diferente, tan… puro.
—¿Más que con Damián?
—No es comparable —digo, negando con la cabeza—. Con Damián todo es intenso, oscuro, como una tormenta. Con él… con él es como estar en un lugar seguro. Como llegar a casa después de mucho tiempo perdida.
Sofía guarda silencio un momento. Procesando.
—¿Y él sabe lo de Damián?
—No —admito—. Sabe que estoy interesada en alguien, pero no sabe quién es…
Me detengo justo a tiempo.
—¿Y qué vas a hacer? —pregunta Sofía.
—No lo sé —respondo, y las lágrimas vuelven—. Damián no me dejó hablar. Me puso el anillo, me dio una tarjeta dorada para que haga compras, me sacó de la oficina y me dijo que esta noche vamos a cenar con mi papá para formalizar la relación. No tuve tiempo de pensar, de procesar, de nada.
—¿Cenar con tu papá? —Sofía abre los ojos—. Marco es su mejor amigo no quiero imaginar lo que pasará. Diantres —murmura Sofía—. Y lo peor no será eso, ¿verdad?
—¿Qué quieres decir?
—Lo peor será decírselo a Samuel.
El nombre me golpea como un puñetazo en el estómago.
—¿A Samuel? —pregunto, fingiendo sorpresa. Pero Sofía me conoce demasiado bien.
—Claro —dice, y su voz se vuelve más seria—. Si Damián es tu novio, y se lo van a anunciar a tu papá, y todo se va a formalizar… pues Samuel se convierte en tu hijastro, ¿no? Vas a ser su madrastra.
La palabra me hiela la sangre.
Madrastra del hombre con el que anoche compartí la cama.
—Él no sabe que el hombre que me gustaba es su padre —susurro.
—Pero sabe que estás interesada en alguien, ¿no?
—Sí —admito—. Pero no puedo decirle que es Damián. Samuel es… es mi amigo.
—Vale —Sofía toma mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarla—. Necesito que me respondas con honestidad. ¿Tú quieres a Damián?
—Eso creo —respondo, y la duda en mi voz es evidente.
—¿Eso crees? —repite ella, incrédula—. Valeria, hasta ayer por la mañana me dijiste que estabas loca de amor por él. ¿Qué cambió?
—No lo sé —respondo, y es la verdad más honesta que he dicho en días.
—¿Y sientes algo por ese chico? —pregunta, mirándome fijamente.
—Eso es lo que me aterra —susurro.
Sofía guarda silencio un largo rato. Luego suelta mis manos y se recuesta en su silla, mirando el techo como si buscara respuestas en las grietas de la pintura.
—Estás en un lío, amiga —dice al fin—. Un lío enorme.
Se levanta, se acerca y me abraza. Su calor, su olor, su presencia. Lo único estable en medio del terremoto.
—No te voy a decir qué hacer —murmura contra mi cabello—. Pero sí te voy a decir algo: elige al que te haga sentir en paz. No al que te acelere el corazón. No al que te haga sufrir. Al que te haga sentir que puedes ser tú misma, sin miedo, sin culpa, sin esconderte.