¿Y entonces qué? Sintió que el pánico volvía a crecer, un nudo asfixiante que se enredaba en su pecho, amenazando con ahogarla. Quería gritarle, exigirle explicaciones con toda la rabia que bullía en su interior, pero las palabras se atoraban en su garganta como espinas. La gente civilizada y respetuosa de la ley no secuestraba a otros por capricho. ¿Quién se creía Samuel y qué le daba derecho a someterla a una experiencia tan terrible? ¿Y cómo demonios vivía en medio de una caverna subterránea, que, por cierto, también compartía con almas muertas? ¿Cómo era eso posible, o lógico? Su «morada» catapultó el término «embrujado» a nuevas cotas, un lugar donde los ecos de los perdidos resonaban en su mente, recordándole que ella podría ser la siguiente. Pero Silvia tenía demasiado miedo de exp

