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La flor de Medianoche

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oscuro
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los opuestos se atraen
de amigos a amantes
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Descripción

Silvia Sepúlveda solo quería disfrutar del Festival y pedir un deseo, pero después de un encuentro en el carrusel su noche se vuelve peligrosa: un hombre de intensos ojos oscuros la observa desde las sombras, una serie de dibujos en el puesto de adivinanzas predicen su destino y una deidad de la muerte la quiere para el Inframundo. Con sus amigos dispersos y el tiempo en su contra, Silvia deberá enfrentarse al miedo y descubrir quién la protege —y quién la traiciona— antes de que desaparezca para siempre.

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Prólogo.
En memoria amorosa de: Fernando Valencia. 8 de febrero de 1937 - 24 de septiembre de 2011 Que su alma sea aceptada en paz en el cielo. Las palabras grabadas en la losa de granito no tenían ningún significado para él. Eran las inscripciones sentimentales de humanos ignorantes que nada sabían del más allá. Humanos que, por encima de todo, eran maestros en postular teorías para explicar lo que no entendían, en un inútil intento de ocultar su miedo a lo desconocido. La cuña de roca ostentaba un nombre que, con el paso del tiempo, sería olvidado. ¿Por qué, entonces, los mortales seguían insistiendo en grabar identidades en las lápidas? No comprendía esas costumbres humanas tan superfluas. Los muertos eran precisamente eso: muertos. Y sus almas no siempre pasaban al cielo con la misma facilidad que a los humanos les gustaba hacerse creer. Lo sabía. Después de todo, él era el gobernador de los muertos, cuyo trabajo era asegurar que cada alma fuera contabilizada y conducida a su destino correcto. Pudo ver el alma del difunto, a quien una multitud se había reunido para rendirle homenaje. Brillaba con una esencia débil, pero esa partícula de luz fue suficiente para determinar su destino. Así, deseó en silencio, y ante su silenciosa orden, la esencia del hombre alzó la vista para contemplarlo. En lugar de sentir miedo, abrumamiento o cualquiera de las otras sensaciones que experimentaban la mayoría de los recién fallecidos, el hombre simplemente parecía triste y cansado, como si comprendiera con precisión quién era la entidad de cabello n***o azabache que permanecía junto al árbol solitario, invisible para el resto de la multitud. El anciano supo instintivamente quién era, y con una última y profunda mirada a los rostros anegados en lágrimas, se dejó llevar voluntariamente hacia adelante. Un parpadeo y el alma se dispersó silenciosamente en el viento otoñal antes de alcanzar a quien la llamaba. El tiempo apremiaba. Tenía que alcanzar un barco. Su labor allí estaba concluida. Ojos oscuros y acerados, color ónice, observaban con desapego clínico las expresiones pálidas y angustiadas que se apiñaban alrededor de la tumba, una última mirada de despedida al enjambre de mortales, mientras especulaba en silencio sobre quién de ellos sería el siguiente en abandonar el mundo de los vivos. Fue entonces cuando lo vislumbró: un destello de color entre las sombrías e informes manchas grises y negras que lo sumieron en una extraña y repentina quietud. De pie, entre una joven rubia pálida y un joven castaño, se encontraba una chica, en plena madurez, de tez cremosa y los ojos más grandes y cautivadores que había visto en un rostro humano en siglos. Ojos enmarcados por pestañas tan largas que parecían enredarse en algunos puntos. Su cabello oscuro, hasta los omóplatos, era de un peculiar tono rosa pastel, un tono que nunca antes había visto entre las mujeres mortales. Vestía del mismo n***o que las demás, y sin embargo, algo en ella era vívido e inequívocamente diferente. Podía verlo, irradiando tan suavemente desde su pequeña y esbelta forma, un aura de pureza tan evidente que prácticamente formaba un brillo tangible a su alrededor. Su alma, se dio cuenta, incapaz de apartar la mirada de ella; su alma era inmaculada, pura. Las oraciones llegaban a su fin y la multitud comenzaba a dispersarse. Pronto, ella fue la única que quedó de pie junto a la tumba, con una solitaria rosa blanca sostenida entre sus frágiles dedos. Sin previo aviso, sus ojos afligidos se alzaron, mirándolo fijamente. Por un instante fugaz, el tiempo se detuvo, y él tuvo que recordarse a sí mismo que ella no podía verlo —a menos que él lo deseara— cuando ella bajó la mirada y depositó la flor sobre la tumba recién cubierta. —¡Silvia! —gritaron. Giró la cabeza, sobresaltada por la llamada, como si se hubiera olvidado de sí misma por un instante. Tras lanzar una última mirada larga y triste a la lápida, la joven se dio la vuelta y se alejó a toda prisa. La vio irse, su nombre resonando ensordecedor en su mente con todo el caos de un poderoso tambor de batalla convocando a guerreros tontos a sus destinos inminentes. Silvia. Silvia. Su nombre se debe a la fuente.

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