—De ninguna manera. De ninguna manera voy a hacer eso.
—Es obligatorio.
—¿Obligatorio? ¡Es completamente antiético!
—Es un requisito para aprobar el módulo.
—No, no. Muy asqueroso. Me voy de aquí, Frente.
—¡Espera! Ingrid—
—Silvia, ¿hueles eso?
—Pero si no aprobamos Biología...
—¿De qué hablas? Ya lo pasaste. Con nota. ¡Dios mío, qué asco!
—Está bien, pero si no apruebas Biología...
—No necesito aprobar Biología. Solo me uní a esta clase porque...
—¿—de Sebastián?
—Porque me dio pena mi mejor amiga friki. Voy a ser diseñadora de moda. O florista como mamá. Lo que sea. Ambas son coloridas.
—Pero Ingrid—
—¡No voy a diseccionar el corazón de una oveja! ¿En serio? ¿Que me manche el vestido nuevo con eso? ¿Qué asco? Ahora, discúlpenme mientras voy a vomitar mi desayuno.
Silvia Sepúlveda observó consternada cómo Ingrid Ruíz salía a toda prisa del laboratorio envuelta en una melena rubia y un dulce perfume de diseñador. Su mejor amiga sabía, cuando decidió matricularse en Biología, que la disección del corazón de una oveja era un requisito obligatorio para aprobar el último módulo del semestre de primavera. ¿O lo sabía ya entonces? Silvia sospechaba que la mente de Ingrid probablemente estaba obsesionada únicamente con Sebastián por aquel entonces. Sintió que se le desplomaba el ánimo al volver la mirada a las filas de pupitres, dispuestas al estilo militar, en la deslumbrante sala de ciencias. Estaban en su segundo y último año de universidad. Dieciocho, a punto de cumplir diecinueve. Les quedaban poco más de tres meses para graduarse. Estaban tan cerca de la universidad. ¿Cómo podía Ingrid renunciar a ella ahora, después de haber soportado Biología —que, desde luego, no era una asignatura en la que destacase por naturaleza— durante un año y medio?
Silvia suspiró cansada. Tendría que intentar, de alguna manera, convencer a Ingrid de que cambiara de opinión más tarde. Al entrar al laboratorio, la impactó con fuerza el penetrante olor a desinfectante fuerte, combinado con el característico e inquietante olor a carne animal recién descongelada. Era una combinación desagradable, y Silvia pensó que no podía culpar a Ingrid por salir corriendo de la habitación; estaba muy tentada de irse ella también.
—Buenos días, Silvia.
Silvia dio un salto, sobresaltada por el repentino saludo. Giró la cabeza de golpe y vio a uno de sus compañeros sonriéndole. Simón, alto y delgado, era un estudiante de intercambio que acababa de transferirse de otra universidad. Silvia lo habría considerado bastante guapo, de no ser por su tez alarmantemente pálida. Su piel tenía una palidez enfermiza, que contrastaba enormemente con los mechones negros de pelo corto y pulcramente recortado que le cubrían la cabeza y sus ojos oscuros como la tinta.
Desde su llegada al pueblo, Simón había irritado a mucha gente con sus peculiares modales, o, la mayoría de las veces, su absoluta falta de ellos. Era un inadaptado social con la espeluznante costumbre de sonreír sin emoción a todo y a todos. Ingrid lo consideraba «superguapo». Silvia solía hacer un esfuerzo consciente por ignorarlo, pero no podía evitar reírse por dentro cada vez que los divertidos intentos de Ingrid de coquetear con él le resultaban completamente incomprensibles.
—Eh —respondió incómoda, antes de regañarse por su descortesía y devolverle una sonrisa radiante—. ¡Buenos días, Simón! ¿Qué tal tu fin de semana?
—Diseccioné el corazón de una oveja como preparación para esta sesión —añadió Simón con una sonrisa firme.
—¿Oh? —respondió Silvia, esforzándose por mantener una expresión amable en su presencia—. Bueno, eso es... fascinante. Supongo que lo lograrás, ¿no?
La mirada de Simón se desvió hacia el corazón de oveja más cercano, que yacía sobre una baldosa frente a ellos. —¿Cómo sería diseccionar un corazón humano? —reflexionó en voz alta.
La sonrisa de Silvia se desvaneció de repente. «Qué bicho raro», pensó, silenciosamente alarmada. Carraspeando, señaló el escritorio al frente del laboratorio. —¡Mira, ahí está Sebastián! Mejor te saludo. ¡Buena suerte! —Y se alejó a toda prisa, aliviada de acercarse a alguien relativamente normal.
Sebastián era alto y delgado. Su cabello castaño era lo suficientemente largo como para llevarlo recogido en una coleta, y pequeños pendientes de plata brillaban en cada lóbulo de sus orejas. Ciertamente, parecía que no le importaba nada ni nadie —lo que Silvia supuso que era una de las razones por las que Ingrid se desmayaba cada vez que pasaba a escondidas—, pero en realidad era más perezoso que chico malo. Nada parecía motivarlo, y Silvia siempre había envidiado en secreto cómo alguien tan poco entusiasta lograba aprobar los exámenes sin siquiera estudiar una sola página del libro de texto. Sebastián era un genio, uno que se las arreglaba con el mínimo esfuerzo.
—Hola —dijo él. Esta vez su sonrisa era genuina. Sebastián estaba mordisqueando un palillo —insólito hábito que Ingrid juró que era el más adorable— y la miró con ojos desinteresados.
—Silvia —asintió ella, con la voz cargada de aburrimiento.
—¿Listo? —Ella asintió hacia el azulejo que estaba frente a él.
Sebastián dejó escapar un profundo suspiro. «Esto va a ser un fastidio», declaró.
Silvia reprimió las ganas de reírse. A Sebastián casi todo le parecía problemático. Incluso ir de clase en clase le parecía demasiado arduo. A veces se preguntaba qué veía Ingrid en el joven apático. Sabía que los padres de Ingrid y Sebastián eran buenos amigos, y ambos provenían de familias respetables. Pero ¿era Sebastián tan adecuado para Ingrid como ella creía con tanto fervor? Ni alentaba ni rechazaba las insinuaciones coquetas de Ingrid. Silvia se preguntaba qué pensaba realmente de la vibrante rubia, y llevaba un tiempo planeando averiguarlo.
—Tu amiga no está —observó Sebastián con claridad. Silvia parpadeó, y sus ojos se posaron en él, asombrada. ¿Se refería a Ingrid? ¿Estaba preguntando indirectamente por ella? La esperanza la invadió; claro que preguntaba por Ingrid. Se había fijado en lo guapísima que era. Ingrid llamaba la atención constantemente; era ese tipo de chica. ¿Por qué el perezoso Sebastián sería diferente?
—Ingrid no se encuentra muy bien hoy —dijo Silvia, recordando mentalmente que debía exigirle a su mejor amiga que le comprara dumplings de anko a cambio de la salvación. Al fin y al cabo, no iba a decirle a la persona que amaba Ingrid que ni siquiera podía soportar una mísera disección de corazón.
Los ojos grisáceos de Sebastián se desviaron y no respondió. Antes de que Silvia pudiera decir nada más, su profesor de Biología entró en la sala. Veinte minutos tarde, pensó Silvia. Se preguntó cómo el hombre alto y canoso que ocupaba su lugar al frente de la clase lograba conservar su trabajo siendo tan pésimamente puntual. Brandon poseía una disposición relativamente tranquila, aunque era difícil interpretar su expresión exacta, ya que siempre llevaba una especie de máscara de laboratorio. De hecho, Silvia estaba segura de que nunca lo había visto sin ella.
—Lo siento —saludó—. Me equivoqué de camino.
¿Cuántas veces había escuchado esa excusa tan poco convincente? Brandon se salía con la suya porque la mayoría de los estudiantes lo consideraban genial. Silvia se sentó en el taburete junto al de Sebastián, intentando ignorar el olor que le invadía la nariz, proveniente del corazón que tenía delante. Estaba deseando terminar la práctica.
—Así que ya saben el ejercicio de hoy —dijo Brandon con su característico tono resignado—. Corten el corazón. Desmenúcenlo. Intenten identificar las cámaras y estructuras que deberían conocer y anótenlas en los diagramas que tienen a su lado. Preferiblemente antes de desmenuzarlo... —su voz se fue apagando mientras dirigía una mirada discreta a la sala—. Ah. Parece que faltan algunas personas.
Su mirada se posó en Silvia, quien una vez más se vio obligada a mentir descaradamente por el bien de la educación de su mejor amiga. Sintió un nudo en el estómago de miedo cuando la mirada de su maestro pareció detenerse en ella con complicidad, como si en silencio comunicara que sabía exactamente por qué la vanidosa y malcriada Ingrid no estaba presente, antes de apartarse para saludar al resto de la clase.
—Bisturíes, tijeras quirúrgicas, guantes y espejos están junto a sus azulejos —les informó—. Las bolsas para el mareo están atrás —añadió bromeando, antes de guiñarle un ojo amablemente a Silvia—. Diviértanse.
La mirada de Silvia se posó en el corazón que reposaba sobre el inmaculado azulejo blanco que tenía ante ella y respiró hondo. Tomó el bisturí y las tijeras como si fueran cubiertos y se dedicó a trabajar con calma y meticulosidad.
~*~