Casi una hora después, Silvia salió del laboratorio a toda prisa, aliviada de que la prueba hubiera terminado. Se había frotado las manos repetidamente con desinfectante después de la práctica, pero estaba segura de que aún podía oler el corazón en su piel. ¿Cómo iba a cumplir su sueño de ser médica y curar cuerpos si ni siquiera podía con una pésima disección de órganos? ¿Cómo iba a seguir los pasos de su madre si el olor a sangre le revolvía el estómago?
Ella era tan mala como Ingrid, realmente.
Su atención se desvió entonces hacia su mejor amiga. Ingrid no le había dicho dónde se encontrarían. Los extensos pasillos de la academia más grande de Ciudad plata para jóvenes de 15 a 19 años estaban llenos de estudiantes que se dirigían al patio y al comedor para almorzar. Silvia no creía poder comer mucho después de la agotadora sesión que acababa de soportar. De hecho, estaba decidida a saltarse el almuerzo por completo e ir directamente a la biblioteca.
Su hilo de pensamiento se vio violentamente interrumpido cuando un brazo duro se cerró sobre sus hombros, tirándola hacia atrás contra un cuerpo cálido y sólido.
—¡Oye, oye, Silvia! ¡Hora de almorzar! ¡Tengo que llegar al comedor antes de que se acabe el ramen!
—¡Nicolás! —lo reprendió Silvia, logrando zafarse de su agarre. Él hizo un puchero, fingiendo dolor, con sus grandes ojos cerúleos brillando con picardía. Silvia también se puso los suyos, inmune a su encantador encanto. Nicolás Torres tenía el cuerpo tonificado de un atleta, lo cual era notable dado el colosal tamaño de su apetito. Su piel estaba muy bronceada, compensada por la mata de pelo puntiagudo y radiante que le cubría la cabeza. Le recordaba a los chicos rubios y cachas que muchas chicas fantaseaban con conocer en las playas. Nicolás siempre había sido escandalosamente guapo, pero había pasado los primeros años en la Academia como un paria. Todo eso había cambiado el año anterior, cuando ganó él solo los torneos de baloncesto y fútbol para los equipos del entrenador Asuma; había vuelto a poner a la Academia en el mapa como un gran contendiente en el panorama atlético. Lo que a Nicolás le faltaba en inteligencia lo compensaba en el deporte, y se notaba. Él estaba en muy buena forma, y como su amigo más cercano, Silvia se había vuelto muy consciente de las miradas anhelantes, adoradoras y a menudo celosas de otras chicas de la universidad.
—Te dije que no volvieras a sorprenderme —resopló.
—Salta, salta —sonrió Nicolás, agitando las manos con picardía, antes de señalar hacia la cantina—. ¿Te apetece un poco de ramen?
—Si tú pagas —respondió Silvia.
—Claro, yo pago —dijo Nicolás, y una pequeña sonrisa pícara adornó sus labios. Silvia arqueó una ceja fina y cautelosa. Conocía esa mirada, y normalmente no le auguraba nada bueno—. Si pago, entonces es una cita.
Le dio un manotazo en el brazo, lo que lo hizo aullar melodramáticamente. Amaba a Nicolás como al hermano que no tenía, pero eso nunca le había impedido intentar, aunque con poco entusiasmo, invitarla a salir a lo largo de los años.
—¡Sigue soñando! —replicó ella, sonriendo, y dejó que la acompañara al comedor.
~*~
—Lo sabía; realmente eres un cerdo —bromeó Silvia, mientras encontraba a Ingrid cómodamente sentada en la esquina del comedor que había sido reclamado por los estudiantes populares, lista para disfrutar de su ensalada extra ligera a base de lechuga.
Ingrid resopló con cierta delicadeza. —Al menos mi apetito no es tan grande como tu frente.
Silvia sacó la lengua, un gesto que sabía que era indigno de sus dieciocho años, pero a veces no podía evitarlo en presencia de Ingrid. Se conocían desde la infancia y eran amigas improbables. Ingrid, hermosa y segura de sí misma, era franca y atrevida. Silvia era más dócil y más consciente de la opinión ajena. Deseaba desesperadamente algún día tener la misma valentía para decir exactamente lo que pensaba, en lugar de desahogar su ira en su interior. Pero solo era ella misma en compañía de sus seres queridos, y no creía tener a muchos a quienes pudiera considerar verdaderos amigos. Desde luego, no conocía a la mitad de gente que Ingrid. Y los chicos nunca parecían desvivirse por llamar su atención como lo hacían con Ingrid. De hecho, a Silvia casi le parecía que, salvo contadas excepciones, los chicos preferían mantenerse alejados de ella. Ingrid siempre intentaba emparejarla con alguien, normalmente con consecuencias desastrosas.
—Hola, Silvia —dijo la chica sentada a la izquierda de Ingrid. Tamara era delgada, con grandes ojos marrones y cabello castaño, casi siempre recogido en dos adorables moños. Saludó con la mano, tenedor en mano.
—Hola —le devolvió Silvia la sonrisa cortésmente. Entonces, su mirada se posó en la guapa chica sentada junto a Tamara. Tenía un cabello n***o y sedoso, hasta la cintura, que parecía teñido de azul con algunas luces. Un flequillo recto caía justo sobre unos ojos de un gris pálido, como una fría mañana de invierno. María Paz Soler provenía de una familia extremadamente prestigiosa y adinerada, pero era la niña más callada y tímida que Silvia había conocido. A menudo se preguntaba cómo Ingrid y María Paz se habían hecho amigas tan inesperadas, ya que María Paz, en marcado contraste, detestaba ser el centro de atención.
—Hola, María Paz —dijo Silvia radiante. María Paz se tensó, como si temiera ser notada.
—B-buenas tardes —balbuceó ella, ofreciendo a cambio una pequeña, aunque nerviosa, sonrisa.
—Bueno —dijo Ingrid, mirando con envidia el ramen y las papas fritas en la bandeja de Silvia mientras su mejor amiga se sentaba a su lado—. ¿Acaso quiero saber cómo te fue?
—Brandon-sensei notó tu ausencia enseguida —respondió Silvia, tomando una patata frita. A diferencia de Ingrid, ella podía permitirse comer sin preocuparse por su peso, ya que nunca parecía engordar por mucho que comiera. Pero la patata frita que buscaba se le escapó de las manos y cayó rápidamente en la boca de Ingrid. Sus ojos azul celeste parpadearon con inocencia. Silvia suspiró. Ingrid siempre le robaba las patatas fritas.
—¿Alguien más? —preguntó Ingrid, con la mirada fija en la mesa de enfrente. Una risa desenfrenada se oía desde allí; una mesa llena de chicos guapos y populares que bromeaban y jugaban a las peleas. Y en medio de la pelea, estaba el bocazas de Nicolás, que siempre parecía brillar como un rayo de sol.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Silvia. —Sebastián también podría haberse dado cuenta...
Ingrid chilló encantada, mirando de nuevo a su mejor amiga. —¿Qué dijo?
—Solo que no estabas allí.
—Entonces, ¿eso significa que se preguntaba dónde estabas, verdad?
Fue Tamara quien respondió cansadamente: —Ingrid, ¿podrías invitarlo a salir ya?
—Soy tradicional. El chico tiene que pedir —respondió Ingrid. Mirando a María Paz al decir esto, le guiñó un ojo: —¿Verdad, María Paz?
Las mejillas de la morena se sonrojaron al instante, y Silvia le dio un codazo a Ingrid en señal de reprimenda por su provocación. Todos sabían que María Paz estaba locamente enamorada de Nicolás; tanto que siempre parecía a punto de desmayarse en cuanto él se acercaba a ella. Solo el propio Nicolás parecía completamente ajeno a la silenciosa adoración de María Paz, algo típico en él, pensó Silvia. En las muchas conversaciones intrigantes que habían tenido para impulsarlos a estar juntos, Ingrid había comentado a menudo que Nicolás sin duda se fijaría en María Paz si no se vistiera con ropa tan holgada. Entonces, enseguida, se enfrentó al estilo de Silvia; su atuendo habitual de vaqueros y camiseta, insistía Ingrid, no le favorecía en absoluto. Entonces, la charla sobre María Paz terminaría con Ingrid prometiendo llevarlos a ambos de compras y vestirlos como versiones alternativas de ella misma.
—Y tú eres la indicada para hablar —continuó Ingrid dirigiéndose a Tamara—. Llevas el mismo tiempo babeando por Nelson. ¿Por qué no lo invitas a salir?
Tamara levantó las manos a la defensiva, pero sus mejillas ahora estaban teñidas de un encantador tono rosado. —¡N-no es así! ¡Solo somos amigos!
—Sí, claro —desestimó Ingrid—. Apuesto a que puedo adivinar qué hacen realmente durante todas esas sesiones extra de "estudio"...
—¡Ingrid! —exclamó Silvia, horrorizada por lo que su amiga insinuaba—. ¡Basta!
Ingrid resopló. Luego suspiró. —Sebastián está buenísimo… —comentó con aire soñador.
—Más bien eres muy perezosa —murmuró Tamara, nerviosa.
—Oye, hablando de cosas buenas, Frente, Cejas Calientes está llegando. ¡Qué excitantes son! —rió Ingrid—. ¿Quizás podrías enhebrarlas cuando empiecen a salir?
Silvia le lanzó una mirada asesina. Pero antes de que pudiera responder, una sombra cayó sobre la mesa, y alzó la vista para encontrarse con la extraña mirada de Roberto Espinoza. Era un joven desgarbado con un peinado muy corto que siempre le recordaba a un hongo. Por desgracia para ella, se topaba con él con demasiada frecuencia para su gusto. Su ropa siempre le parecía demasiado ajustada o pequeña, pero sus rasgos más distintivos eran sus cejas negras, gruesas y peludas, y sus inquietantes ojos negros y circulares.
—Silvia —hizo Roberto una reverencia—. Mañana, como sabes, es el Festival de Primavera de Ciudad plata. Sería un gran honor para mí si aceptaras acompañarme a la feria del parque.
Ingrid y Tamara reían y susurraban entre sí. María Paz parecía arrepentida y comprensiva. Silvia negó con la cabeza, irritada porque sus amigas encontraban divertida su incomodidad, pero antes de que pudiera responder, Ingrid intervino por ella.
—¡Claro que irá! —dijo con dulzura. Silvia giró la cabeza para mirarla con horror e incredulidad. ¿Qué demonios estaba planeando Ingrid?
—Todos iremos si Sebastián viene también —dijo Tamara, inclinándose para levantar las cejas significativamente hacia Roberto.
Roberto parpadeó confundido. —Creo que Sebastián no asistirá.
—Ay —dijo Ingrid con un puchero, fingiendo arrepentimiento—. Entonces supongo que nosotras, las chicas, tampoco iremos.
—¡No temas! —saludó Roberto con entusiasmo—. ¡Usaré el poder de mi juventud para convencerlo!
Silvia nunca había podido comprender exactamente qué implicaba el "poder de la juventud".
Ingrid se cruzó de brazos con aire de suficiencia y le guiñó un ojo. —Entonces nos vemos allí, Roberto.
Roberto les dio las gracias efusivamente a ella y a Silvia, antes de apresurarse a regresar a su mesa. Silvia frunció el ceño con enojo y en señal de acusación hacia Ingrid, quien simplemente arqueó sus delgadas cejas rubias en respuesta, como si no hubiera hecho nada malo al despertar las esperanzas de Roberto.
—¿Qué? —preguntó Ingrid.
—No iba a ir. Sabes que soy voluntaria en el hospital después de la universidad —respondió Silvia.
—Oh, por favor —Ingrid puso los ojos en blanco—. ¿Te animas y empiezas a comportarte como de tu edad para variar? ¡No seas tan aburrida, Silvia! ¡Todos los chicos van a ir; será divertido!
Pero Silvia no lo creía así. Ingrid tenía a Sebastián, Tamara a Nelson y María Paz a Nicolás. ¿A quién esperaba ver? Y aunque normalmente le importaban mucho las opiniones de Ingrid, no le gustaba que la decidieran por ella. Sin decir palabra, se levantó de su asiento, cargándose la mochila al hombro.
—¿Eh? —Tamara la miró sorprendida y parpadeó—. ¿Adónde vas? Apenas has probado tu almuerzo.
—No tengo hambre —le informó Silvia. Ignoró la forma en que Ingrid entrecerró los ojos y, sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de la cantina. La risa de Nicolás resonó en sus oídos.