Sus pies tropezaron tres veces, tropezando con grietas y crestas invisibles en el suelo de grava. Se había desviado del camino que había emprendido, lo cual no era de extrañar dado que su visibilidad era tan limitada que era completamente imposible ver más allá de su brazo izquierdo extendido. Era difícil no dejarse llevar por el pánico mientras avanzaba con cautela. ¿Quién sabía qué acechaba en el vapor que la rodeaba? Si se dirigía directamente hacia el borde de un precipicio, no se daría cuenta del peligro hasta que fuera demasiado tarde. O si Samuel finalmente hubiera decidido seguirla, seguramente no tendría forma de detectarlo a tiempo. La última posibilidad la asustó mucho más que las demás, y agitó frenéticamente la niebla, deseando en silencio que desapareciera. Pero parecía volve

