En las dos semanas que llevaba conviviendo con Joaquín, después que yo comencé a estar mejor y él a dejar de insistir en mantenerme quieta, la división de tareas se estableció de manera tan tácita que los dos nos sentimos cómodos y complementados. Si yo cocinaba, él lavaba, si ponía el lavarropas, a mí me tocaba colgar la ropa, o si alguno ensuciaba o desordenaba algo, no nos insistíamos para recogerlo, simplemente lo hacíamos con naturalidad y tan sincronizamos que pronto descubrimos que funcionábamos muy bien como compañeros de piso. No esperaba que todo fuera de rosa, aún no hablábamos del tipo de relación que teníamos cuando la infidelidad no nos atosigaba, pero se sentía tan bien la convivencia con él que restándole importancia a que fuera una prueba piloto, estaba segura que seguíam

