Intuí que Joaquín se tomó a mal lo que le dije el viernes en la noche con el límite que marqué antes de bajarme de su coche, suponía que él entendió pese a la buena onda que me demostró, pero era jueves y ni siquiera me había enviado un mensaje. Faltaba un día para verlo y no sabía si por lo que había pasado, seguirían en pie nuestras sesiones.
Mis papás nos habían invitado a cenar el jueves en la noche y cuando tuve un momento libre para ir al baño, mi necesidad irrisoria de saber de él, la plasmé en un texto cuando le escribí.
¿Vas a venir mañana?
Esperé y vi que su última conexión había sido hacía quince minutos, por lo que sólo tardó un minuto más en visar mi mensaje y desde ahí, el corazón me latió con fuerza.
¿Preocupada por mí asistencia?
No podía tardar mucho más, así que salí para unirme de nuevo a la mesa y me senté al lado de mi mamá, a propósito. Le escribí mientras fingía escuchar lo que decía mi papá.
En realidad pensé que no te habías tomado muy bien lo del viernes, sólo no quiero confundir la buena onda.
—Ay sí, yo quiero que ya vayan pensando en eso. —me dijo mamá acariciándome el brazo con cariño, inmediatamente bloqueé el teléfono y presté atención a la charla que estaban teniendo todos.
— ¿Qué?
—Que vayan pensando en casarse, tener hijos... —soñó ella con ilusión y yo fruncí el ceño, Leo sonreía y papá también. —ya sería hora.
—No, somos jóvenes todavía, hay mucho por hacer. —respondí secamente. Odiaba que tuviéramos ese tipo de conversación y me molestaba muchísimo la admiración y cariño que le tenían a Leo, porque no era el gran novio que ellos creían, empezando porque no sabía darme orgasmos hasta ser tan infantil en no hablarme por días para resolver cualquier conflicto que nos atañera como pareja, pero lo querían tanto que hasta a veces creía que lo preferían sobre mí.
—Yo creo que hay tiempo todavía Clau, los dos estamos muy enfocados en el trabajo como para ocuparnos de un bebé. —dijo Leo a mi mamá para justificarme, como si hiciera falta, aunque lo hacía para contentarla a ella y fingir ser cortés, cuando en realidad daba más vueltas que yo al aceptar una invitación de su suegra querida y se quejaba todo el camino de ida y vuelta, criticando la comida, el tiempo que nos llevaba la cena, lo intensa que era mamá y hasta la mismísima mosca que se colaba en la casa.
—Aparte yo ni siquiera sé si quiero tener un bebé. —dije agarrando de nuevo mi teléfono y Leo se rió por lo bajo, él compartía lo mismo pero jamás sería tan directo con mis papás al admitir que no soportaba a los niños y no deseaba para nada ser padre.
—Ay Jaz no digas eso, un bebé sería una gran bendición. —me retó papá y yo me encogí de hombros desinteresada en su concepto. —yo ya quiero que me hagan abuelo.
—Seguí esperando, papá.
— ¿Le parece Álvaro? Me alegro de tener su bendición. —retrucó Leo con amabilidad forzada y ellos volvieron a encantar con la careta que su yerno les mostraba. Siguieron hablando y como no me interesaba indagar en el tema, contesté por debajo de la mesa el mensaje a una amiga, y en eso me llegó el mensaje de Joaquín.
Te dije que te quedaras tranquila, pero mañana sí voy a ir, no te preocupes que no voy a fallar a mí tratamiento de aprender a manejar mi estrés.
Sonreí más animada, no porque no estaba enojado aunque eso me aclaró bastante, sino porque quería que fuera mañana.
No le contesté y me enfoqué en la conversación de la mesa porque habían cambiado de tema, era un alivio no hablar de esos temas tan estúpidos que veía muy lejos, veíamos en realidad, porque Leo no quería saber nada con un casamiento, hijos y todo lo que conllevara más oficialidad de la que teníamos con bienes a nombre de ambos.
—Al menos tu papá no se enojaría si te embarazo, eso es bueno.
Quise rodar los ojos ante el tema que elegía para hacer como si nuestra poca conversación de la semana se hubiera esfumado de repente, negando la existencia de una tensión casi palpable, pero era un esfuerzo y lo tomé aunque sonaba muy falso que le ilusionara que mi papá no se enojaría si yo quedaba embarazada, también muy machista.
—No me vas a embarazar, tranquilo. —le dije mientras me acostaba mejor en la cama, después de haber leído unas páginas más de mi libro. Él se rió, divagando por la habitación en busca de su pijama.
—Bueno pero digo en un futuro.
—Muy en un futuro, además hace mucho tiempo tomo las pastillas y un embarazo hay que planearlo, y yo no tengo ni la más mínima intención.
—Ni yo. —dijo y cuando terminó de cambiarse, se acostó a mi lado, pero contrario a acomodarse en su lugar bajo las sabanas, se acercó con más a mí con precisión. —Hey, ¿estás cansada?
—Algo, ¿por? —pregunté mirándolo. Él se agachó en el espacio que nos separaba e inició un beso en mis labios, bajó su mano a mi espalda y entendí la pregunta, había sido muy inocente segundos antes. Lo besé en respuesta, pero me aparté rápido.
— ¿Qué pasa?
—No, no tengo ganas. —le dije fingiendo un bostezo. — mañana trabajo y ya es tarde.
—Sí yo también, pero un poco de mimos no nos harían mal, hace mucho no lo hacemos.
—Pero no tengo ganas ahora, y no seas exagerado...
—La semana pasada amor, ya es viernes prácticamente. —levantó una ceja. Al fin viernes. Si no lo habíamos hecho no fue porque yo no quise, claro estaba, él prefirió mantenerse ofendido y no concederme la oportunidad del dialogo en ningún momento, que haya cambiado de opinión para hacer que nada pasó y que esperara que yo reaccionara en efecto, debería darle una clara idea de la razón por la cual me negaba, a pesar de tantos días.
—Bueno pero en serio, estoy cansada y no tengo ganas, perdón. —le dije con una mueca y él suspiró poco convencido mientras se acostaba.
—Ok, buenas noches.
—Buenas noches. —me di la vuelta y me refregué la cara con las manos. Me estaba negado a tener sexo, nunca me lo hubiese imaginado de mi parte, pero creía que así podía hacerle sentir un poco de vacío, algo que no notó demasiado ya que instantáneamente comenzó a roncar.
—Tengo que contarte que... no sé, volvió más... cariñosa, ¿debería asustarme? —me preguntó Joaquín y yo fruncí el ceño.
— ¿Cómo más cariñosa?
—Tuvimos sexo y mantuvimos una conversación más de diez minutos. —dijo y yo tragué asintiendo, me crucé de piernas y anoté en mi cuaderno. Sexo. Debería ser genial.
—Es bueno eso, la idea es repuntar y hacer valer la pena tantos años al lado de una persona. ¿Pero por qué crees que deberías asustarte?
—Algo pasó que la hizo venir más revolucionada, de ni siquiera un "hola" a hablar quince minutos... es un progreso ¿no?
—Por supuesto, manténgalo, de tu parte mantenelo, ella dio el primer paso. —le hice notar, y lo entendió ya que supo que le correspondía dar el siguiente.
— ¿Qué debería hacer?
—Bueno, podés hacer muchas cosas para mantener la relación así, no sé, cómo: hablarle primero, preguntarle cómo está, incentivar vos a tener sexo, es algo de a dos pero intentá y ella misma se va a dar cuenta, las cosas pueden llegar a cambiar.
— ¿O sea qué no es seguro? —preguntó con una ceja levantada y yo me encogí de hombros.
—Depende como lo manejen, a veces el orgullo es muy fuerte, pero no se estarían dando cuenta que se lastiman.
—No. —frunció el ceño y se tiró hacia atrás, relajando en su lenguaje corporal, algo que solía ser usual en él pero con más rigidez cuando hablaba de su novia. —a mí no me duele su indiferencia, me desconcierta y me da bronca, pero no me lastima.
—Joaquín es la persona que más te conoce en este mundo, ¿cómo es posible que no te duela su indiferencia? ¿Por qué crees qué no te duele?
—No es la persona que más me conoce en este mundo. —rodó los ojos contrarrestando mi afirmación para pincharlo, solo para leer cómo la tomaba y hubo rebote, lo cual anoté. —hay un montón de cosas que ella no sabe de mí, y no es porque no se las quiera contar, simplemente no lo hacemos y no me duele porque ya somos así, a ella tampoco...
—Ahí estás errando, ¿cómo sabes qué a ella no le duele?
—Porque me lo diría, supongo.
Negué estirándome a agarrar mi vaso de agua para darle un sorbo, necesitaba aclararme un poco y evité mantener el contacto visual al menos por un minuto. Volví a concedérselo al terminar de tomar agua para que me notara genuina.
—Disculpame. Si vos no lo decís, ¿por qué esperas que ella te lo diga? Aparte estás suponiendo y si no te dice nada, es porque no te lo diría.
—Cambiaron mucho las cosas desde que sabemos de su infertilidad, pero jamás me dijo cómo se sentía.
— ¿Con respecto a eso?
—No, con eso me di cuenta. —dijo con obviedad, tenía una forma tan superficial de ser, que ni siquiera parecía un creído, al menos no lo podía ver así. —no paraba de llorar y notaba la culpa que sentía, ¿pero qué iba a hacer?
— ¿Vos tampoco le decís cómo te sentís con respecto a todo? —le pregunté mientras escribía, y él negó. —eso es triste. Son una pareja.
—Bueno funcionamos así. —sonrió encogiéndose de hombros, yo levanté ambas cejas.
— ¿En serio crees que funcionan?
—Van seis años, y seguimos juntos.
— ¿Sabes cómo le pondría yo? —le pregunté y me miró esperando lo que por demás, era un atrevimiento de mi parte pero se lo diría. —comodidad, incluso miedo a fracasar, porque no podés pensar que eso es amor.
—No lo sé. —suspiró y yo escribí. Nos quedamos unos minutos en silencio mientras yo terminaba de escribir mi conclusión, lo hacía para no olvidarme de absolutamente nada que quisiera tratar, hacer hincapié y que podamos resolver en base a la terapia que estábamos eligiendo, aunque esa vocecita en mi cabeza ya me decía que debía derivarlo, negarme a su caso y dejar de interferir personalmente, desde mis respuestas en el ámbito profesional hasta la confianza en el personal. — ¿Te puedo hacer una pregunta?
—Ajá. —murmuré sin darle mucha atención ya que tener su mirada penetrante de por sí me ponía incomoda y tenía miedo de corresponderle la fijación porque me alteraba injustificadamente las pulsaciones.
— ¿Hace cuánto estás de novia? —preguntó muy suelto de hombros y me sorprendí un poco del interés, contesté dubitativa.
—Cinco…cinco años.
— ¿Es celoso?
—Lo es, pero hace mucho que aprendió a no demostrármelos tanto, no me gustan los celos. —le dije y él asintió. Volví a mi cuaderno pero un segundo después, rompió el silencio.
— ¿Por qué creías que no había entendido?
— ¿Qué?
—Lo del viernes, ¿creíste que malinterpreté las cosas?
—No, no creí eso. —negué resignándome a ignorarlo y dejé la lapicera un minuto para mirarlo a los ojos, erguirme y darle mi excusa, porque en realidad no había razón sensata que justificara la importancia que le di a su reacción. —simplemente quería aclararlas por las dudas, no deja de ser mi trabajo esto y tengo que ser profesional, a eso me refería.
—Y a que tenés novio, al que imagino que amas mucho. —insinuó divertido y su acusación me hizo sonreír, pero volví la vista a mi cuaderno. — ¿No es así?
—Llevamos muchos años juntos.
—Mmm... Qué respuesta rara. — acusó con presunción y yo me reí, mi convicción no era sostenible para él pero no tenía por qué darle ese dato. —se supone que uno cuando está mucho tiempo, debería amar más, y yo cada vez amo menos.
—Es una teoría muy realista, pero es una suposición, no lo que debería ser.
— ¿Quién dijo que debería ser de otra manera?
—Por algo uno sigue con esa persona, no creo que fuese en vano.
—Tal como dijiste, a veces es comodidad, porque en mí caso yo fracasé hace mucho y vivo con eso, no me molesta. —dijo con su usual desasida, pero a mí me sirvió para anotar. — ¿Salís hoy?
—No creo. —suspiré. Y cerré mi anotador. — ¿vos?
—No, no me gusta salir cuando está ella. —dijo y yo asentí cruzándome de brazos y mirándolo de frente. Resistiéndome a considerarlo demasiado lindo. — ¿Tenés algún rato libre hoy?
—Cuando salga a mi break ahora, es poco pero sirve para tomar aire fresco.
— ¿Me dejas llevarte a tomar algo? —preguntó directamente automáticamente mi corazón saltó contra mi pecho, poniéndome nerviosa. Levantó una mano divertido al jactarse. —con buena onda.
Tragué y ocultando mi sonrisa, asentí sin medir absolutamente nada.
—Ok.
—Genial, ¿A dónde te espero? —se sentó hacia adelante en el diván, mirándome con una sonrisa autosuficiente.
—En el bar que nos encontramos el otro día.
—Dale. —se levantó y se puso las manos en los bolsillos. Sus ojos no se desconectaban de los míos, su mirada me hacía sentir un escalofrío inapropiado, así que lo desenfoqué. —nos vemos ahí, ¿en diez?
Asentí.
Lo vi irse y yo me levanté para ir al baño. Respiré hondo y me acomodé un poco el pelo. ¿Por qué le había dicho que sí? No tuve ni siquiera filtro, ni un poco tuvo que convencerme y estaba mal, muy mal, pero tampoco quería hacerlo esperar, así que salí del baño poniéndome un poco de perfume y me fui del consultorio, cerrándolo con llave.
—Pau, voy a salir un rato, vuelvo para la señora Méndez.
—Ok Jaz, te llamo cualquier cosa.
—Dale, gracias. —le dije y salí al encuentro que ansiaba llegar. Leo no podría enterarse nunca de mi afinidad con un paciente, pero después de todo, no podía ser tan malo, sólo era un trago.