Nos dimos una ducha y me fui a mi habitación. Quería disfrutar a solas de mis propios pensamientos incestuosos. Follarme a mi hermana había sido la leche, pero follarme a mi madre era algo que superaba cualquiera de mis expectativas sexuales. Ya estaba anocheciendo cuando llegó mi padre. Mi hermana le había avisado a mi madre que no vendría a cenar y cenamos los tres casi en silencio. Mi padre mantenía una sonrisa tonta, la que se le ponía cuando bebía algo demás, y mi madre y yo nos reíamos por lo bajo al mirarle. A veces la miraba con ojillos pícaros pero sin decir nada. Cuando acabamos me puse a fregar los cacharros y mi padre no tardó en irse a la habitación mi madre fue hasta la cocina y me abrazó por detrás dándome un beso en el cuello. — Uf cariño, que calentita que me has

