La venganza

1540 Palabras
La mañana siguiente amaneció gris. Una lluvia fina caía sobre la ciudad, como si el cielo reflejara la tensión que se había instalado en la vida de Michell. Apenas había dormido. La escena de la noche anterior seguía repitiéndose en su mente: Katy revelando su matrimonio, Ernesto intentando controlar la situación, Jhon descubriendo la verdad… y el silencio final que había quedado en la casa. Todo parecía haberse roto definitivamente. Cuando bajó a la cocina encontró a Hortensia sentada frente a una taza de té. —Buenos días, Michell —dijo con voz suave. —Buenos días. —¿Dormiste algo? —Lo suficiente para levantarme. Hortensia suspiró. —Esta familia necesita paz. Michell se sentó frente a ella. —La tendremos… cuando Katy desaparezca de nuestras vidas. Hortensia la observó con atención. —No creo que se rinda tan fácilmente. —Yo tampoco. En ese momento entró Jhon. Su rostro mostraba señales claras de cansancio. Parecía haber envejecido varios años en una sola noche. —Buenos días —dijo. Michell respondió con un leve gesto. Hortensia miró a su hijo. —¿Dormiste? —No mucho. Jhon miró a Michell. —Tenemos que hablar. Ella suspiró. —¿Otra vez? —Es importante. —Lo dices siempre. Jhon se acercó un poco más. —Michell… necesito arreglar las cosas. —¿Arreglar qué exactamente? —Todo. Michell lo miró con una calma que lo desconcertó. —Hay cosas que no se arreglan. —Déjame intentarlo. —Lo intentaste cuando comenzaste con Katy. Las palabras cayeron como una piedra. Jhon bajó la mirada. —Cometí un error. —Muchos. —Lo sé. El silencio volvió a instalarse. —No espero que me perdones de inmediato —continuó Jhon—. Pero quiero recuperar lo que teníamos. Michell lo miró fijamente. —Eso ya no existe. Jhon apretó los labios. —¿Por él? Michell no respondió. Pero su silencio fue suficiente. Jhon dio un paso atrás. En ese momento el teléfono de Michell vibró. Era Rebeca. Contestó inmediatamente. —Rebeca. —Michell… tenemos un problema grave. —¿Qué pasó? —Llegaron documentos legales. El corazón de Michell se tensó. —¿De quién? —De Katy. Michell cerró los ojos un segundo. —¿Qué quiere ahora? —Está demandando a la empresa. El silencio en la cocina se volvió pesado. —¿Por qué? —Dice que fue despedida injustamente y que tiene pruebas de acoso laboral. Michell soltó una risa amarga. —Increíble. —También está pidiendo una auditoría completa de las cuentas. —Por supuesto que lo haría. Jhon la observaba con atención. —¿Qué pasó? Michell colgó. —Katy acaba de declarar la guerra. Una hora después, Michell estaba en la empresa. La noticia ya se había esparcido. Algunos empleados hablaban en voz baja en los pasillos. Otros evitaban hacer contacto visual. Michell entró a su oficina y dejó su bolso sobre el escritorio. Rebeca llegó con varios documentos. —Aquí están. Michell comenzó a leer. Cada página confirmaba lo mismo. Katy no solo quería vengarse. Quería destruir todo. —Esto es una locura. —Tiene abogados muy buenos —dijo Rebeca. Michell levantó la mirada. —Tiene algo más que abogados. —¿Qué? —Un plan. En ese momento alguien tocó la puerta. Octavio entró. —Me adelanté a tu llamada. Michell levantó la mirada. —¿Cómo supiste? Octavio levantó un documento. —Porque esto también llegó a mi oficina. Rebeca frunció el ceño. —¿También lo demandó? —No. Octavio miró a Michell. —Pero está preparando algo peor. Michell suspiró. —No me sorprende. Octavio se acercó al escritorio. —Tenemos que hablar. Rebeca entendió la señal. —Los dejo solos. Cuando la puerta se cerró, Octavio habló. —Katy está desesperada. —Eso ya lo sabemos. —Pero cuando alguien desesperado tiene dinero… puede hacer mucho daño. Michell se recostó en la silla. —¿Qué encontraste? Octavio sacó otra carpeta. —Algo que podría destruirla. Michell lo miró con atención. —Habla. —Su esposo está siendo investigado por fraude empresarial. El silencio se apoderó de la oficina. —¿Estás seguro? —Muy. —Entonces si esto se hace público… —Su imperio se derrumbará. Michell respiró profundamente. —Entonces hagámoslo. Octavio la observó. —No es tan simple. —¿Por qué? —Porque si lo hacemos… ellos también atacarán. Michell lo miró fijamente. —Ya lo están haciendo. Octavio dio un paso más cerca. —Esto podría volverse peligroso. —Mi vida ya es peligrosa. Durante unos segundos se miraron en silencio. La tensión entre ellos era evidente. Octavio levantó una mano y tocó suavemente el rostro de Michell. —No quiero que te pase nada. Michell cerró los ojos un instante. —No soy tan frágil como crees. —Lo sé. —Entonces deja de preocuparte. Octavio sonrió levemente. —Eso no va a pasar. La distancia entre ellos desapareció lentamente. Michell apoyó sus manos sobre el pecho de Octavio. El beso que siguió fue intenso. No fue un beso tímido como antes. Fue profundo. Necesario. Como si ambos supieran que el mundo a su alrededor se estaba derrumbando y aquel momento era el único refugio. Octavio la tomó por la cintura y la acercó más. Michell sintió el calor de su cuerpo y el ritmo acelerado de su corazón. Durante unos segundos todo desapareció. El ruido de la empresa. Los problemas. Jhon. Katy. Nada existía. Solo ellos. Cuando finalmente se separaron, ambos respiraban con dificultad. —Esto se está volviendo peligroso —dijo Octavio. Michell sonrió ligeramente. —Lo sé. —Y aun así… —Aun así no quiero detenerlo. Octavio la miró en silencio. Pero ninguno de los dos sabía que… en ese mismo momento… alguien estaba observando desde el otro lado del pasillo. Un hombre que acababa de llegar a la empresa. Y que había visto todo. Jhon. La expresión en su rostro era oscura. Porque ahora… ya no se trataba solo de perder a su esposa. Ahora se trataba de guerra. Jhon permanecía inmóvil en el pasillo. Desde donde estaba había visto todo. El beso. La cercanía entre Michell y Octavio. La forma en que ella apoyaba las manos sobre su pecho. Durante unos segundos su mente se quedó completamente en blanco. Una parte de él quería entrar a la oficina y enfrentarlos en ese mismo momento. Otra parte… simplemente no podía moverse. Porque, en el fondo, sabía que aquello era consecuencia de sus propias decisiones. Apretó los puños. —Maldita sea… —murmuró. Dentro de la oficina, Michell aún tenía las manos sobre el escritorio. Había sentido algo extraño. Una sensación de que alguien estaba cerca. —¿Qué pasa? —preguntó Octavio. Michell miró hacia la puerta. —No lo sé… pensé escuchar algo. Octavio se giró también. Pero el pasillo estaba vacío. Jhon ya no estaba allí. Había retrocedido unos metros y ahora caminaba hacia su oficina con el rostro endurecido. La imagen del beso seguía clavada en su mente. —Así que esto es lo que estaba pasando… —susurró. Entró a su oficina y cerró la puerta con fuerza. Por primera vez desde que todo había comenzado, sintió un miedo real. No solo estaba perdiendo la empresa. También estaba perdiendo a Michell. Y esta vez parecía definitivo. Mientras tanto, en la oficina de Michell, el ambiente seguía cargado. Octavio volvió a mirar los documentos sobre la mesa. —Tenemos que movernos rápido. —Lo sé. —Si Katy presentó esa demanda es porque quiere ganar tiempo. —¿Tiempo para qué? Octavio apoyó una mano sobre la carpeta. —Para terminar lo que empezó. Michell frunció el ceño. —¿Destruir la empresa? —O quedarse con ella. Michell suspiró. —No lo voy a permitir. Octavio la observó con atención. —Por eso tenemos que adelantarnos. —¿Cómo? Octavio abrió la carpeta nuevamente. —Publicando la verdad sobre su esposo. Michell levantó la mirada. —¿Estás seguro? —Completamente. —Eso provocará una guerra legal. Octavio sonrió apenas. —La guerra ya empezó. Michell caminó hacia la ventana. La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad. —Nunca imaginé que mi vida terminaría así. —No ha terminado. —A veces siento que sí. Octavio se acercó lentamente. —No estás sola en esto. Michell lo miró. Había algo en su mirada que la tranquilizaba. Algo firme. Seguro. —Gracias —dijo ella. Octavio iba a responder cuando el teléfono de Michell volvió a vibrar. Era Leo. Michell contestó inmediatamente. —¿Leo? La voz al otro lado sonaba asustada. —Señora Michell… alguien vino a la casa preguntando por usted. Michell se tensó. —¿Quién? Hubo un pequeño silencio. —No lo sé… pero dijo algo extraño. —¿Qué dijo? Leo respondió en voz baja. —Que si usted seguía investigando a la señora Katy… iba a arrepentirse. El corazón de Michell comenzó a latir con fuerza. Octavio la observaba atentamente. —¿Qué pasó? —preguntó. Michell bajó lentamente el teléfono. —Creo que Katy acaba de dar el siguiente paso. Y esta vez… ya no se trataba solo de negocios. Ahora… se trataba de peligro real.
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