Mis labios esbozaron una sonrisa al llegar a aquella parte que tanto amaba del libro: los versos en que Fitzwilliam Darcy confesaba su amor a Elizabeth Bennet con tanto ímpetu, y la manera tan poco cortés con que ella lo rechazó. Personalmente, el comportamiento del señor Darcy no me parecía tan reprochable; el hombre era rico, lo que le otorgaba cierta libertad al orgullo. —«Usted sería el último hombre con quien pensaría casarme» —repetí en voz baja mientras leía las acaloradas líneas llenas de indignación. Pobre Darcy. —Parece que mi regalo le ha agradado, Lady Campbell —cerré el libro de golpe. Con las mejillas encendidas me volteé en todas direcciones buscando al remitente de tan preciado obsequio. Sus ojos verdes me miraron divertidos por un instante, y entonces me percaté del esta

