Capítulo dieciséis, Jensen.

3074 Palabras
Estoy en el auto, y el silencio entre Mary y yo es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. No sé qué decirle, o peor aún, no quiero decirle nada. Lo que debería ser una conversación tranquila antes de entrar a la iglesia se siente más como un preámbulo a un juicio. Me froto las manos en el volante, un gesto nervioso que ni siquiera me había dado cuenta que hacía hasta ahora. Me excuso con la primera cosa que se me ocurre. —No tardaré mucho. Espérame aquí, ¿de acuerdo? Mary asiente sin decir nada, pero puedo sentir su mirada fija en mí, incluso después de que cierro la puerta del auto y me dirijo hacia la iglesia. Mi cabeza va a mil, atrapada en pensamientos que no tienen principio ni fin. Eric, su amenaza velada, la posibilidad de que hable y me exponga. Mis votos, ese juramento que ahora me pesa más que nunca. Y, sobre todo, Mary. Ella está en el centro de todo, pero no puedo decidir si es una bendición o una maldición. Cada vez que creo tener una respuesta, ella aparece y lo revuelve todo otra vez. Entro a la iglesia, sintiendo el fresco aire del lugar golpearme como si me estuviera recordando dónde estoy, qué soy. O qué se supone que soy. El padre Martin no está en su oficina, así que lo busco en la sacristía. Mientras camino por los pasillos, el eco de mis pasos me sigue como un recordatorio de la soledad en la que me encuentro. ¿De verdad esta es la vida que quiero? Porque en este momento, todo lo que quiero es salir corriendo, subirme al auto y largarme con Mary a cualquier parte, lejos de todo esto. Pero, ¿y si lo hago? ¿Y si dejo todo? ¿Qué me queda? Reviso el celular y veo un mensaje del padre Martin. "Tuve un percance. La iglesia estará cerrada hoy." Un respiro temporal, supongo. Perfecto, un día más para seguir cuestionando qué demonios estoy haciendo con mi vida. Pero en lugar de alivio, lo único que siento es más presión. Más preguntas. Camino hasta el altar y tomo asiento en una de las bancas. Miro hacia la cruz, buscando algo, cualquier cosa. Una señal. ¿Qué estoy esperando? Ya he pedido señales antes y, curiosamente, siempre aparece la misma. Mary. La señal que no quiero reconocer, la que he estado tratando de ignorar. Me cierro los ojos, esperando que, al abrirlos, todo esto tenga sentido. Pero cuando los cierro, no encuentro paz, no esta vez. Solo más ruido. Y entonces, escucho pasos suaves detrás de mí. Me doy la vuelta, y ahí está ella, como siempre. Mary, con esa mirada que me atraviesa. ¿Es esta mi señal? ¿Es ella lo que he estado buscando o solo la tentación que he fallado en resistir? No importa cuántas veces lo pida, la respuesta siempre parece ser la misma: Mary. Y con cada aparición, mi vida se desmorona un poco más. —Tenemos que hablar —la voz de Mary rompe el silencio, cortante, directa. Ni siquiera me da tiempo para procesar. —Mary... —me froto las sienes, el cansancio cayendo sobre mí como una losa—. No tengo ganas de hablar de eso ahora. Estoy agotado. Lo estoy. No sé si de esta situación o de todo en general. Siento que mis hombros cargan más peso del que puedo soportar, y lo último que necesito es una conversación que sé que no va a acabar bien. —No me importa si estás cansado, Jensen —responde, cruzando los brazos—. Necesitamos hablar de lo que pasó con Eric. De por qué reaccionaste así. Me enderezo en la banca, todavía mirando hacia la cruz, buscando algo de paz. Pero no hay paz aquí. No desde que Mary apareció. Me giro hacia ella, sus ojos exigiendo respuestas que ni siquiera yo sé si tengo. —¿Qué esperabas que hiciera? —pregunto, dejando que la frustración se filtre en mi tono—. ¿Que me quedara de brazos cruzados mientras ese tipo te ponía las manos encima? —No, pero... —titubea, como si buscara las palabras correctas—. Pero no tenías que reaccionar con tanta violencia. Me asustaste. —¿Te asusté yo? —pregunto, incrédulo—. ¿Yo soy el que te asustó? No el tipo que te estaba maltratando, sino yo, por intentar defenderte. Eso es lo que estás diciendo. Ella se queda en silencio por un segundo, y en ese segundo, algo cambia en mí. Me doy cuenta de que esto no es solo sobre Eric. Es sobre nosotros. Sobre lo que hemos hecho, sobre lo que siento, lo que ella siente. —Esto... esto no está bien, Jensen. Tú no eres así. Su voz es suave, pero me corta de todas formas. —¿Y cómo soy, entonces, Mary? —le pregunto, sintiendo la furia bullir bajo la superficie. Es lenta, silenciosa, pero está ahí, esperando—. ¿Cómo crees que soy? —No lo sé... —murmura, y eso me enfurece aún más. —Pues parece que te encanta venir aquí a decirme lo que soy o no soy, lo que debería sentir o no sentir. Pero, ¿sabes qué? Todo esto lo empezaste tú. —¿Yo? —dice, y su voz se eleva un poco—. ¡Tú fuiste el que me besó! El que me tocó. El que me invitó a su casa. ¡No te obligué a nada, Jensen! —No podía dejarte sola, ¿vale? —replico, levantándome de la banca y comenzando a caminar de un lado a otro—. Estabas jodida, Mary. Necesitabas ayuda, y yo... yo tenía que ayudarte. Era mi obligación. —No. —Niega con la cabeza, y la tensión en su cuerpo es palpable—. No era tu obligación besarme, no era tu obligación cruzar esa línea. —Lo sé. —Susurro, deteniéndome frente a ella—. Lo sé. Pero no pude evitarlo. Nos quedamos en silencio, el eco de nuestras palabras flotando en la iglesia vacía. Estamos tan cerca el uno del otro que puedo sentir su respiración. El calor entre nosotros, esa atracción maldita que hemos estado intentando negar, es casi palpable. Y a medida que las palabras se van apagando, nos acercamos más, como si la pelea misma nos hubiera llevado a este punto. Frente a los santos, al altar, en este lugar sagrado, todo lo que debería estar mal parece inevitable. —Tengo miedo, Mary. —Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas. No es el tipo de confesión que debería hacer, pero estamos tan metidos en esta conversación que ya no puedo seguir reprimiendo lo que siento—. Miedo de que todo esto termine mal. De abandonar mi vocación y convertirme en un don nadie. De estar contigo... y que me dejes. Ella parpadea, confundida, su mirada buscando alguna señal en mi rostro de que no estoy diciendo lo que acabo de decir. Pero lo estoy. Porque es la verdad, y ya no puedo seguir escondiéndola. —Jensen... —murmura, como si intentara procesar lo que acaba de escuchar—. No lo digas así... —¿Cómo quieres que lo diga? —respondo, dando un paso hacia ella, la rabia y el miedo entrelazándose—. Esto no es un maldito juego, Mary. No quiero ser el tipo que tira su vida por la borda solo para que te des cuenta de que lo que te atrae de mí es lo prohibido. Que cuando ya no tenga esta maldita cinta blanca en el cuello, no vas a quererme de la misma manera. —¿De qué hablas? —Su tono es agudo, una mezcla de incredulidad y furia—. ¿Eso es lo que piensas? ¿Que solo te quiero porque eres el padre Jensen, porque eres inaccesible? —¿No es así? —pregunto, pero mis palabras suenan amargas, incluso para mí. Y en el fondo, sé que no es cierto. Pero el miedo, el pánico de arruinar todo, me consume. Ella da un paso atrás, y su rostro cambia, endureciéndose. —¿Sabes qué, Jensen? Olvídalo. —Su voz es fría, cortante—. Olvídate de mí, si eso es lo que te pesa tanto. Si tenerme cerca te hace sentir tan miserable, entonces... te dejaré en paz. Gira sobre sus talones, decidida a marcharse. El pánico me golpea de lleno. No puedo dejar que se vaya. No ahora, no así. Antes de que pueda pensarlo, corro hacia ella, y mi mano se cierra alrededor de la suya. —Espera —susurro, y ella se detiene. Siento su cuerpo tensarse, pero no se gira para mirarme—. Dame tiempo. Solo... dame un poco de tiempo para pensar. Ella no dice nada, sigue ahí, de espaldas a mí. No puedo soltar su mano, no quiero. —No sé qué es peor —mi voz se rompe, y me odio por ser tan débil frente a ella—. Abandonar el sacerdocio o vivir un solo día sin tenerte cerca. Ella se gira lentamente, su mirada fija en la mía. El silencio entre nosotros es espeso, cargado de una tensión insoportable. Y entonces, antes de que pueda reaccionar, Mary se inclina hacia mí, sus labios rozan los míos, suaves pero firmes, como si esa fuera la única respuesta que puede darme. El beso es lento al principio, pero se convierte en algo más intenso, más profundo. Todo lo que hemos intentado reprimir se desata en ese instante, y el mundo entero parece desvanecerse, dejando solo a Mary y a mí, allí, en esa iglesia vacía. El beso se rompe por un segundo, pero la mirada de Mary me sostiene, más intensa de lo que jamás la había visto. —Eres la única persona que me trae paz —susurra, sus ojos buscando los míos, llenos de una vulnerabilidad que me desarma por completo—. No quiero alejarme de esa sensación, Jensen. No quiero. Mi corazón late con fuerza, cada palabra de ella atraviesa mi alma. No sé cómo responderle con palabras, así que dejo que mi cuerpo lo haga. La beso de nuevo, esta vez con una determinación que me toma por sorpresa. Mis manos comienzan a explorar su cuerpo, cada curva, cada centímetro de piel que he deseado tanto tiempo. El deseo me consume de tal manera que no puedo pensar en nada más, ni en la iglesia que nos rodea, ni en los votos que una vez hice. Sólo ella. Su cuerpo se ajusta al mío como si hubiéramos sido hechos el uno para el otro. La empujo suavemente, nuestros cuerpos giran, y de alguna manera terminamos cerca del altar. Mis brazos la envuelven, sosteniéndola con cuidado, como si fuera lo más preciado que jamás hubiera tocado. La recuesto suavemente sobre la fría superficie del altar, su piel contrastando con la piedra, y ella entrelaza sus piernas alrededor de mí, acercándome más. Sus labios buscan los míos nuevamente, pero esta vez, mi boca baja por su cuello, besando cada centímetro de piel que encuentro. Sus manos se hunden en mi cabello mientras bajo las tiras de su vestido, dejándola expuesta frente a mí, y mi mente se nubló de deseo. La imagen de Mary, desnuda bajo la luz tenue de la iglesia, es algo que no podré borrar jamás. Cada parte de mí arde con una necesidad que nunca antes había sentido. Es como si, en ese momento, todo lo que he sido, lo que he jurado ser, se desmoronara a sus pies. No me importa nada más. El peso de mi deseo por ella me aplasta, y sé que lo que estamos haciendo no tiene vuelta atrás. Mis manos recorren su piel con una urgencia que no puedo controlar, como si cada toque fuese necesario para mantenerme vivo. La veo allí, sobre el altar, y por un momento el mundo desaparece, quedando solo el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y el pulso desbocado en mi pecho. La devoción que alguna vez tuve por Dios se desvanece, reemplazada por una adoración ciega hacia ella, hacia su cuerpo, hacia lo que representa: libertad, tentación, redención y pecado, todo en uno. Mis dedos siguen trazando el contorno de su cuerpo, suaves pero firmes, y la siento estremecerse bajo mi tacto. Cada parte de mí quiere más, quiere poseerla completamente, y cada segundo que pasa sin tenerla por completo es una tortura. Mis labios siguen el camino que mis manos han marcado, descendiendo lentamente por su clavícula hasta su pecho, donde mi respiración se entrecorta aún más. No puedo contener el temblor en mis manos mientras deslizo su vestido por completo, dejándola completamente expuesta ante mí. El altar, antes símbolo de mi fe, ahora es el escenario de este acto que no puedo detener. El mármol frío contrasta con el calor que arde entre nosotros. Mary me mira, su pecho subiendo y bajando con una mezcla de ansiedad y deseo, sus labios entreabiertos, y ese leve gemido que me enloquece aún más. —Jensen... —su voz es apenas un susurro, cargada de anhelo. No puedo soportar la espera. La beso de nuevo, esta vez con más intensidad, con una desesperación que no puedo contener. Mis manos se aferran a sus caderas, atrayéndola más cerca de mí, como si el espacio entre nosotros fuera insoportable. Cada movimiento suyo me acerca más al borde, y sé que cruzar esa línea significa perderlo todo, pero en este momento, nada me importa. El ritmo de nuestros cuerpos se sincroniza, y la presión crece en mi pecho, haciendo que todo lo demás sea insignificante. Mary enreda sus piernas alrededor de mi cintura, sus manos sujetando mi camisa como si temiera que me alejara. Pero no puedo, no quiero. Estoy completamente atrapado en ella, en lo que representa, y en lo que este momento significa para ambos. Mi boca baja nuevamente, esta vez más abajo, y su respiración se convierte en jadeos suaves, su cuerpo arqueándose en respuesta a cada toque, a cada beso. El sonido de su placer es todo lo que necesito para perderme por completo en ella. Los dedos de Mary se deslizan por los botones de mi camisa, y sus manos tiemblan ligeramente mientras desabrocha uno tras otro, hasta que la tela finalmente cae. Sus ojos brillan, llenos de algo que no sé si es admiración o deseo, pero lo que sí sé es que nunca me habían mirado de esa forma. Siento su mirada recorrer mi pecho desnudo, y una parte de mí quiere detener esto, quiere recordar que lo que estamos haciendo es un error. Pero su toque... su toque borra cualquier pensamiento racional que alguna vez tuve. Mis manos recorren su cuerpo, y la alzo de nuevo, atrayéndola hacia mí hasta que ambos quedamos de pie, respirando entrecortadamente, con nuestros cuerpos apenas separados. Nos miramos por un segundo, y es como si todo el aire en la habitación se volviera denso, pesado. El mundo exterior no existe; solo estamos ella y yo. Mary me mira fijamente, esos ojos oscuros llenos de determinación y deseo, y antes de que pueda reaccionar, se arrodilla lentamente frente a mí. El gesto me golpea con una fuerza que no esperaba. La imagen de ella allí, a mis pies, crea una contradicción tan intensa que casi me mareo. No es el acto en sí lo que me abruma, es lo que representa. No es un rito, no es un ritual. No soy un sacerdote en este momento, y ella no es una devota en busca de salvación. Somos solo dos personas, consumidos por algo que ni siquiera podemos controlar. Cuando sus manos tocan el botón de mis pantalones, siento que cada fibra de mi ser se tensa. El sonido del cierre al bajar me parece ensordecedor en el silencio de la iglesia. Y luego, su mano, cálida y firme, rodea mi erección, y todo lo demás desaparece. El aire parece ser absorbido de mis pulmones mientras la siento, su tacto es tan suave y delicado que casi parece una fantasía. Pero no lo es. Es real, y estoy aquí, viviendo este momento con una intensidad que nunca había conocido. No puedo apartar mis ojos de ella, de cómo me mira, con esos ojos de ciervo, como si en este momento no existiera nada más. Se toma su tiempo, y cada segundo es una agonía deliciosa. El aire estaba cargado, denso, y cada respiración que tomaba parecía insuficiente para calmar el fuego que me quemaba por dentro. No podía pensar, no podía razonar, solo podía sentir. Y lo que sentía era una mezcla imposible de deseos reprimidos, culpa, y la necesidad desesperada de tenerla más cerca. Era la primera vez que alguien me tocaba de esa manera. No como un sacerdote, no como una figura distante, sino como un hombre. Un hombre que la deseaba más de lo que jamás había deseado nada. La levanté nuevamente, su cuerpo ligero entre mis brazos, y la acerqué contra la pared. Mi espalda se tensó, y la presión de sus piernas alrededor de mi cintura me desarmó completamente. Cada segundo que pasaba, cada roce, me alejaba más de todo lo que alguna vez fui. —Por favor —susurró ella, y su voz temblaba, pero no de miedo, sino de necesidad. Esa palabra fue mi perdición. Mi voluntad, lo poco que quedaba de ella, se desmoronó por completo. La sujeté por la cintura, la sentí ceder contra mí, y supe que no podía esperar más. La desesperación me consumía, y en ese momento, nada más existía que ella y yo. Nada más importaba. La penetré con una necesidad que nunca había sentido antes, como si el mundo entero dependiera de ese instante. Sentí su cuerpo responder, ajustándose a mí, y fue como si el tiempo se detuviera. No había más dudas, no había más miedo. Solo había nosotros, entrelazados en algo tan prohibido y, sin embargo, tan inevitable. Cada movimiento era una confirmación de que no había vuelta atrás. Pero en ese momento, no me importaba. No podía importarme. La presión de sus labios, el calor de su piel, la forma en que su cuerpo me recibía... era todo lo que alguna vez había querido, todo lo que siempre había negado. Y ahora, no podía detenerme.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR