TU DAMA DE HONOR

1173 Palabras
Sus ojos se clavaron en el sello de cera, en el emblema marcado al pie de la hoja. Por un instante, su rostro se vació de color. La respiración se le cortó. Era la expresión de alguien que reconocía algo serio. Algo que no era un juego. —¿De dónde sacaste esto? —preguntó en un susurro. —Estaba en la habitación —respondió él—. No había nadie, la puerta estaba cerrada, pero alguien entró. Alguien que sabe dónde duermo, qué habitación comparto con Eva. Matt desplegó la segunda hoja y se la mostró. Kendall leyó rápido. La línea de su boca se tensó. —La cabaña roja… —murmuró, casi sin voz. Entendiendo de qué hablaban en esa carta, era obvio, ella sería la dama de honor esa noche, la pieza central del juego que alguien había decidido montar. Su primera reacción fue dar un paso hacia atrás. El impulso era huir, desaparecer, fingir que no había visto nada. Giró ligeramente el cuerpo, como si fuera a marcharse, pero se detuvo a mitad de movimiento. Respiró hondo. Y volvió a mirar a Matt. —Ok, escucha —dijo al fin, la voz grave, quebrada en el borde—. Si no te ayudo, probablemente te maten. Sé de lo que son capaces y quien haya escrito esto… nos conoce a los dos demasiado bien. Ya no había rastro de ironía ni de ese sarcasmo que la protegía siempre. Hablaba en serio. Matt tragó saliva. —¿Qué se supone que hagamos? —preguntó, sosteniéndole la mirada mientras su voz temblaba apenas, y un paso involuntario lo acercaba más a ella, como si el miedo y la necesidad lo empujaran en la misma dirección. Kendall apretó la hoja entre los dedos. —Hacer exactamente lo que dice la carta —respondió—. Pero tienes que entender algo, esto no es un juego… es una prueba y si fallas… No terminó la frase. No hacía falta. Lo llevó hacia el exterior por otra salida lateral que daba a la zona de los campos y jardines traseros. A pocos metros, uno de los carritos de golf de la mansión descansaba junto a un camino pavimentado, brillante bajo las luces del suelo. Parecía una pieza de resort de lujo en medio de un tablero de guerra. —Sube —dijo ella, tomando el volante. Matt se acomodó a su lado, con la carta todavía en la mano. El motor eléctrico se encendió con un zumbido suave, casi inaudible. El carrito avanzó, alejándose poco a poco de la casa principal. —¿Qué es ese lugar? —preguntó él, mirando hacia adelante, donde el camino se internaba entre árboles y sombras. Kendall no respondió de inmediato. Mantuvo los ojos fijos en el sendero y los dedos apretados alrededor del volante. —Es un lugar donde la familia prueba hasta dónde está dispuesta a llegar la gente que considera “útil”. —Kendall cortó la frase con brusquedad, como si no quisiera seguir hablando ni una palabra más—. Solo haz lo que te digo ya, y todo saldrá bien. El carrito dejó atrás las luces de la mansión. Un test, pensó Matt, sintiendo la palabra clavarse como un clavo. ¿Un examen para ver si sirvo… para qué, exactamente? La cabaña apareció ante ellos como una mancha de color en medio de la oscuridad. Era de madera, de tamaño mediano, con una puerta pintada de un rojo intenso que destacaba incluso bajo la luz tenue de las lámparas exteriores. —¿Qué hay dentro? —preguntó Matt, sin moverse, sintiendo cómo el aire se espesaba en su garganta mientras la puerta roja parecía latir frente a él. —Tienes que verlo por ti mismo —respondió ella, acercándose apenas, lo suficiente para que su voz le rozara la piel como un aviso y un consuelo a la vez—. Si te lo digo ahora… no vas a entrar. Ella empujó la puerta roja. Dentro, una luz roja suave inundaba todo, tiñendo paredes, muebles, sombras. El aire estaba ligeramente perfumado con algo cálido, especiado, diseñado para aflojar defensas. Había un par de sillones bajos, una cama grande en el centro, estructuras metálicas discretas en la pared que parecían decoración… En las esquinas, casi escondidas, pequeñas cámaras fijas con luces diminutas indicaban que estaban encendidas, listas para grabar. Sobre una mesita, accesorios y elementos insinuantes dejaban claro que el lugar no era solo para dormir. No hacía falta entrar en detalles, bastaba la disposición, los materiales, la forma en que todo invitaba a cierta clase de “entretenimiento” oscuro, una mezcla de pornografía privada y ritual de poder. Matt dio un par de pasos, recorriendo la cabaña con la mirada. Sus dedos rozaron el respaldo de un sillón, la madera pulida de la cama, una correa colgando de un lateral que no se atrevió a tocar demasiado. Están locos… pensó, sintiendo que el piso se inclinaba bajo sus pies. Kendall levantó la vista hacia una de las esquinas. —Nos están viendo —dijo, sin adornos. Matt siguió su mirada. La pequeña luz roja de una de las cámaras parpadeó, como si lo confirmara. En un gesto decidido, Kendall llevó las manos a la parte superior de su vestido y empezó a soltar uno de los broches, con los dedos firmes pero temblorosos. No lo hizo como coquetería, sino como quien se prepara para una cirugía sin anestesia. La tela cedió un poco, dejando ver más piel de la que Matt debería mirar en ella. Matt apartó la mirada por reflejo… y entonces la vio realmente. La habitación entera era un catálogo de perversión cuidadosamente curado, correas, esposas acolchadas, barras separadoras, piezas de cuero colgando como si fueran arte moderno. Había muebles diseñados para posiciones que él no sabía ni cómo imaginar. La luz roja hacía brillar los metales, como si cada objeto respirara vida propia. ¿Quién demonios usa todo esto? pensó, con un vértigo extraño, mezcla de incomodidad y un morbo involuntario que no quería admitir. Cuando giró para decir algo, el aire se le quedó atrapado en la garganta. Kendall estaba completamente desnuda. Delicada y al mismo tiempo intimidante. Su figura larga, delgada, definida por sombras y luz roja, parecía esculpida a mano, la curva suave de su cintura, la línea de sus caderas, el brillo en su clavícula. Era un golpe visual tan repentino que Matt sintió que el corazón le erraba un latido. Un éxtasis peligroso. Prohibido. Abrumador. Ella no hizo ningún gesto para cubrirse. —Esto es lo que quieren —continuó ella, volviéndose hacia él—: ver qué haces cuando te ponen al límite, ver hasta dónde llegas. Y por supuesto quieren que sea conmigo. Matt sintió una mezcla incómoda entre el deseo y el temor. Pero era tarde, Kendall dio un paso hacia él. Invadió su espacio, quedando muy cerca, no había vuelta atrás, la hermana menor de su esposa había mostrado el camino a seguir, y no debía fallar...
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