SÉ DURO… A MÍ ME ENCANTARÁ VERTE ASÍ

1112 Palabras
Matt se quedó quieto, sin saber dónde poner las manos, ni la mirada, ni el alma. Kendall estaba frente a él, bajo la luz roja, con la piel expuesta lo suficiente como para que no hubiera dudas de lo que venía, pero no tanto como para cubrirlo con excusas. El vestido había cedido, abierto sobre sus hombros, deslizándose hacia abajo como si la propia tela hubiera decidido rendirse. Sabía que lo que iba a pasar estaba mal a todos los niveles. Es la hermana menor de mi esposa, pensó, con la garganta seca. Pero, detrás de esa frase, se levantó otra imagen, Eva, siendo infiel. Una parte de él le grita que pare, que salga, que huya, que cierre la puerta roja y se largue de la mansión, del apellido y de todo lo que lo rodea. Otra parte, la herida y humillada, cargada de deseo y cansada de ser el correcto le susurraba que, por una vez, pensara en él. Kendall dio un paso hacia adelante. El suelo crujió apenas bajo sus pies descalzos. Lo tomó de la corbata con un movimiento preciso, tirando de él hasta que sus cuerpos quedaron a un aliento de distancia. —Mírame —susurró, con una urgencia cargada de deseo, como si necesitara beberse su mirada para no perder el control. Él obedeció. En sus ojos no había teatro. Había miedo, sí. Pero también hambre. Algo que llevaba tiempo ahí, esperando el momento equivocado para salir. Lo acercó y comenzó a besarlo con una urgencia que mezclaba desesperación y deseo verdadero. No era solo una escena para las cámaras. Era la confesión de tantos “y si…” enterrados. Sus manos se aferraron a él con fuerza, a sus hombros, a su nuca, como si se agarrara no solo al cuerpo de Matt. Lo he querido desde hace más tiempo del que admito, pensó, permitiéndose por fin lo que siempre había sido una fantasía secreta. Kendall tiró de su corbata hacia abajo, profundizando el beso. La luz roja los envolvía, borrando detalles, dejándolo todo en sombras cálidas y líneas de piel. Las manos empezaron a explorar. La ropa cayó poco a poco, en capas, como si el mundo les hubiera dado permiso para desarmar también sus máscaras. Matt empezó rígido, contenido, peleando consigo mismo en cada beso, en cada caricia. Detente. Eres mejor que esto, eres distinto a ellos, pensó. Pero la imagen de Eva golpeó otra vez su mente. Se vio a sí mismo afuera, mirando como un idiota, como un invitado no deseado a su propio matrimonio. Si ya me marcaron como uno de ellos… al menos que no sea como víctima, pensó, sintiendo cómo algo dentro de él se rompía y, al mismo tiempo, se liberaba. Kendall le tomó la mano y la llevó hacia una de las estructuras de la pared, hacia una correa suave, acolchada. —Aquí es donde quiero que me vean —susurró, con una sonrisa torcida que no lograba ocultar el temblor que la recorría—. Ellos quieren saber de qué eres capaz… no les regales un cobarde. Sé duro… a mí me encantará verte así. Sus palabras tenían filo, sí… pero también un brillo cargado de deseo, como si esa confesión fuera un estímulo directo a sus sentidos. Sus pupilas estaban dilatadas, la respiración le temblaba, y cada sílaba parecía empujar a Matt un paso más hondo dentro de ese papel que él nunca pensó asumir. No necesitó explicarle nada con detalle. Él lo entendió en el instante en que ella ofreció sus muñecas, en la forma en que arqueó el cuerpo apenas hacia él, invitándolo, retándolo, entregándose con una mezcla peligrosa de vulnerabilidad y lujuria. Ese gesto, por sí solo, le quemó algo dentro. Ella respiró hondo y él sintió el calor de su aliento. —Ve abajo… —susurró, tirando de su cabello con un gesto suave pero dominante—. Bebe de mí… y te prometo que verás el cielo. Matt descendió sin pensar, sin filtro, sin duda. Sus manos la tomaron por las caderas con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba bajo sus dedos. Se arrodilló ante ella, y el gesto sumiso, devoto y hambriento hizo que Kendall soltara un suspiro entrecortado. Comenzó a besarla en el abdomen, lento, muy lento, como si saboreara cada centímetro. Descendió poco a poco, sintiendo cómo ella temblaba, cómo su respiración se volvía irregular, cómo un gemido breve se le escapaba al rozar justo donde empezaba la línea más íntima de su piel. —Métela… —susurró Kendall, la voz temblorosa, urgente, hundiendo los dedos en su cabello—. Quiero tu lengua ahí… ahora. Matt levantó apenas la mirada, respirando agitado. —Estoy a tus órdenes —respondió con un tono ronco, sumiso, rendido ante ella. Y obedeció. Su lengua descendió, lenta, caliente, abriéndose paso entre sus pliegues hasta rozar su clítoris. En cuanto lo hizo, Kendall soltó un gemido agudo, un escalofrío que le subió por la columna como una descarga eléctrica. Él la sostuvo por las caderas mientras se hundía más, saboreándola sin prisa, sin pudor, con un hambre que no sabía que tenía. El sabor de ella dulce, espeso, innegablemente excitante se le quedó pegado a la lengua, haciéndolo gemir contra su piel. Después de unos instantes saboreándola, Matt se incorporó de rodillas, con la respiración descontrolada y los ojos ardiendo de deseo. Subió por su cuerpo lentamente, como un depredador que disfrutaba del recorrido, y la tomó con una mano por el cuello con firmeza, obligándola a mirarlo mientras seguía esposada a las cadenas. Con la otra mano, sin desviar la mirada, metió dos dedos en su boca. —Chúpamelos —ordenó con voz grave. Kendall lo hizo sin resistencia, con la lengua girando entre sus dedos, húmeda, provocadora, mientras lo miraba como si estuviera ofreciéndole su alma. Cuando él retiró los dedos, brillaban con su saliva. Los bajó y sin perder tiempo los deslizó hasta su clítoris, frotando con presión medida, trazando círculos precisos. Ella jadeó, su cuerpo se estremeció al instante. Al sentir el contacto directo, se abrió más para él, sin reservas. Él introdujo un dedo dentro de ella, sintiendo cómo sus músculos internos se tensaban a su paso, calientes, húmedos, expectantes. Kendall tembló como si una corriente eléctrica la atravesara. —Méteme otro… así… frótame por dentro —suplicó, con la voz entrecortada y excitada. —Eres todo y nada, pequeña perversa… me encantas —susurró él, con una sonrisa torcida y oscura, apretando más su cuello con la mano libre. Ella lo besó con hambre, pero ella entre besos le murmuró. —No solo me beses así… trátame como una perra.
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