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El deseo del Alfa

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Descripción

Desde siempre, Jessica Hale ha sentido que algo dentro de ella está incompleto. No es hasta que es entregada a Ares Valmorra —el alfa más temida del norte de Europa, una figura envuelta en oscuridad y leyenda— que la verdad comienza a revelarse.

Se dice que él asesinó a su compañera destinada, que su alma quedó marcada para vagar entre la furia y la soledad. Pero la realidad es aún más cruel: Ares y Jessica están marcados por una antigua maldición que los condena a encontrarse una y otra vez… solo para ser separados de la forma más dolorosa posible.

En cada vida, su amor despierta. En cada muerte, se les arrebata.

Y ahora, cuando sus miradas vuelven a cruzarse, el destino amenaza con repetirse.

Entre deseos imposibles, recuerdos que resurgen y una pasión que desafía al tiempo, Jessica deberá decidir si huye de su destino… o si se atreve a romper el ciclo que los ha condenado durante siglos.

Una historia de amor oscuro y eterno, donde el verdadero castigo no es morir, sino amar sin poder permanecer juntos.

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Obra registrada en Safe Creative bajo el número 2509143067508. Prohibida su reproducción, distribución o adaptación sin la autorización de la autora.

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Capítulo 1 POV Jessica
La vi de nuevo. A la loba blanca, sus ojos brillaban como su pelaje, y sin embargo, ardían con un fuego que me abrasaba desde dentro. No hablaba. Nunca lo hacía. Solo me observaba, inmóvil, al otro lado de ese bosque de niebla que aparecía en mis sueños como un presagio sin sentido. Desperté jadeando, con un dolor agudo en el pecho, como si me hubieran arrancado algo mientras dormía. Lo mismo de siempre. Un vacío que ya era parte de mí. Me senté en la cama, el sudor frío pegado a mi piel, y apreté los dedos sobre la tela de las sábanas como si eso pudiera anclarme a la realidad. —Otra vez… —murmuré, pero no había nadie que pudiera escucharme. El reloj marcaba las 4:16 a.m. No importaba. Dormir ya era una tortura. Me levanté, sabiendo que no volvería a conciliar el sueño, y abrí la ventana. El aire helado del bosque me golpeó la cara. Allá afuera, las sombras se movían como si respiraran. Y yo sentía... que algo dentro de mí se revolvía en respuesta. Vivía con mis abuelos desde que tenía memoria. Una casa de madera, vieja pero firme, justo al borde del territorio de la manada. No éramos parte de ella realmente. Al menos, yo no lo era. Mi abuela decía que era “especial”, pero lo decía con ese tono que usas cuando quieres endulzar una palabra que sabe amarga. —Eres distinta, Jessica. Como tu madre lo fue. Mi madre. Esa mujer que me dio la vida y se fue. No sé qué es más difícil: crecer sin una madre o crecer con la certeza de que te abandonó en cuanto tuvo la oportunidad. La historia es conocida, aunque nadie la repita en voz alta. Ella fue víctima de una violación. Me tuvo. Me dejó. Y cuando encontró a su pareja predestinada en otra manada, simplemente desapareció. La abuela dice que fue lo mejor. El abuelo nunca habla del tema. Y yo... yo cargo con su historia como si fuera mía. Bajé a la cocina una hora después, cuando el aroma del café recién hecho ya se extendía por la casa. La abuela estaba sentada en su lugar de siempre, con la espalda recta, las manos delgadas sosteniendo la taza como si fuera de porcelana. Me miró, pero no dijo nada. —¿Soñaste con ella otra vez? —preguntó al fin. Asentí. —¿Dijo algo esta vez? —Solo me miró. La abuela no pareció sorprendida. En realidad, nunca lo está. Desde que cumplí quince y empecé a tener esos sueños, su expresión se volvió más tensa, más... resignada. El día transcurrió como todos. Silencios que llenaban los espacios entre las palabras. Miradas que decían más de lo que las bocas se atrevían. Fui al acantilado, como siempre, desde donde se puede ver el bosque extenderse como un mar verde. Vi a los lobos correr en la distancia. Libres. Fuertes. Y por un segundo, sentí sus ojos sobre mí. No era la primera vez. Algunos decían que me observaban porque no sabían qué era. Ni humana ni loba. Marcada, pero muda. Una aberración. Pasé los dedos sobre la cicatriz que me nacía en la clavícula: una media luna perfecta. Nadie sabía por qué la tenía. Ni siquiera yo. Al volver a casa, algo en el ambiente había cambiado. Lo supe antes de entrar. El aire... olía diferente. Como si algo extranjero hubiese cruzado el umbral. La abuela estaba pálida. El abuelo, tenso. Había un sobre sobre la mesa. Sellado con cera negra. El símbolo... un lobo de perfil, rodeado por llamas. Mi abuela lo miraba como si contuviera su sentencia de muerte. —No es para ti —dijo el abuelo cuando me acerqué. Pero algo dentro de mí, algo dormido, despertó. Esperó. Y yo obedecí. Me fui a mi habitación, fingiendo que no me importaba. Pero cuando la casa se sumió en silencio y los ronquidos suaves de mis abuelos retumbaban como un metrónomo, bajé sin hacer ruido. El sobre seguía allí. Lo tomé. Lo abrí. Solo decía una frase, escrita a mano en tinta roja: “Pago de deuda – Vendida al Alfa Valmorra.” Mi sangre se congeló. Mis dedos temblaron. —¿Prometida? —murmuré con voz quebrada. La ira me golpeó en oleadas. ¿Qué demonios significaba eso? ¿Una deuda? ¿Un trueque? ¿Mi vida, entregada como si fuera un objeto? Me encerré en mi cuarto con el papel temblando entre mis dedos. Y fue entonces cuando me invadió un aroma... diferente. Fuego. Piel. Madera quemada. Mi loba —la parte de mí que nunca había hablado, nunca se había mostrado— se revolvió. No fue un despertar. Fue una sacudida leve. Un susurro. Pero fue suficiente para hacerme caer de rodillas. Esa noche, la pesadilla fue distinta. Fuego por todas partes. Gritos. Sangre. Y una voz de un hombre que no reconocía. —Regresa. Me desperté gritando por la intensidad de aquella voz, y esta vez el dolor en el pecho ardía espantosamente. Como si una garra invisible me hubiera atravesado. Bajé, envuelta en una manta, y encontré a mi abuela sentada frente a la chimenea. Me tendió un pequeño estuche. Lo abrí. Un collar, con un dije en forma de luna creciente. —Era de tu madre —susurró—. Ahora es tuyo. Lo vas a necesitar. No dije nada. Solo lo tomé y lo puse alrededor de mi cuello. Encajó como si siempre hubiera pertenecido ahí. —Abuela, ¿Quién es el Alfa Valmorra? —pregunté, la voz baja, pero firme. La abuela me miró. Por primera vez, con miedo sabía que había visto el contenido del sobre cuando le pregunte por aquel ser. —Una leyenda —dijo—. Un inmortal que no acepta un no por respuesta. Me eché hacia atrás en la silla, la mente desbordada de pensamientos. —¿Desde cuando sabían que iban a darme a él? ¿Desde antes del sobre? El silencio fue mi respuesta. Dolía más que cualquier confesión. Me levanté. Ya no era la niña rota que no sabía por qué no encajaba. No del todo. Algo dentro de mí había despertado. Quizá solo una chispa, pero el fuego siempre comienza con eso. Y entonces lo supe. No iban a preguntarme si quería. Solo iban a entregarme. ¿Podría escapar de mi destino?

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