Su voz dolía. Su ternura áspera era un grito contenido. Una súplica callada que sangraba entre sus palabras no dichas. Estaba herido. Y esa mezcla de deseo, rabia y amor roto me arañó por dentro, como garras invisibles rasgando cada rincón de mi alma. —Pensé que solo sabías hacer el amor cuando intentabas verme como… Eleanor —susurré con la respiración entrecortada—. Y como a la que estás castigando es a Jessica… El silencio que siguió no fue vacío. Fue un filo helado clavado entre ambos. Una pausa densa como niebla en el pecho. Una herida abierta donde no hubo palabras, pero sí abismos. Pero nuestros cuerpos no sabían de silencios. No sabían mentir. No sabían detenerse. Ares siguió embistiéndome con firmeza, como si en cada movimiento buscara arrancarse el pasado, como si su pi

