Capítulo 15 POV Jessica

1524 Palabras
Correr hacia el templo fue una agonía. Cada pisada entre ramas, raíces y lodo se sentía como si Ares me respirara en la nuca, como si su sombra rozara mi piel con cada latido. El aire olía a humedad, a madera podrida y a magia dormida. Solo la certeza de que Derek había creado una réplica para engañarlo me empujaba a seguir… a atreverme a buscar a mi madre. El Templo de las Raíces Rotas apareció como un cadáver mal enterrado. Un domo natural, formado por los árboles más antiguos del bosque, cuyas raíces se enredaban como garras alrededor de techos de piedra negra cubierta de líquenes. De sus ramas colgaban cristales pálidos, brillando con una luz tenue… como si atraparan las almas de quienes se atrevían a cruzar el umbral. Estaba escondido en lo más profundo del bosque, justo donde colisionaban los territorios de las tres manadas más poderosas. Una tierra sin dueño. O con demasiados. Avancé entre los restos del templo hasta que un susurro familiar, imposible y gélido, me paralizó. —Jessica… Me giré. Y ahí estaba. Mi madre. La mujer que me abandonó cuando era una niña. La mujer que solo existía en mi memoria como una sombra lejana, como el olor de algo que se olvida, pero aún duele. —Hija… —sus ojos se humedecieron—. Has crecido tanto… —Quiero saber la verdad—mi voz salió más fuerte de lo que planeaba, pero no me disculpé porque no tenía tiempo que perder—. Quiero saber la verdad de mi origen y quiero saber si sabes como detener el ritual que quiere realizar Ares. Ella dio un paso al frente. —Jessica, solo quiero hablar contigo antes de como has estado. Explicarte… —Entonces empieza. Dime cómo puedo impedir que Ares sacrifique mis recuerdos… por los de Eleanor. Su rostro se desfiguró de tristeza, pero no me conmoví. —Jessica, por favor. Yo… al concebirte fui víctima de algo terrible. Ares organizó… todo. El hombre que me dañó… lo hizo porque él así lo quiso. Porque necesitaban que nacieras. Me quedé helada. —¿Qué… dijiste? —Él organizó el ritual. Mi violación. Cada detalle. Quería que tú nacieras. Era parte de… Tragué saliva. El pecho me ardía, pero no podía derrumbarme. No ahí. —Madre, está bien entiendo fue duro y por eso me abandonaste, pero tengo el tiempo contado el me encontrara necesito saber, ¿Cómo lo detengo? —¡No me hables así! —exclamó ella, dolida—. ¡Como si mi dolor no importara! —Va a encontrarme—le espeté—. Que quieres que haga para que me des la información que necesito ¿Esperas disculpas? ¿Compasión? No pedí nacer. Pero tú sí tuviste opción, y preferiste que mis abuelos, tus padres me criaran solo para terminar siendo un maldito sacrificio. Su rostro palideció. Pero no tenía tiempo para sus lágrimas. —¿Cómo detengo el ritual? Titubeó. Y luego, finalmente, habló: —Existe una daga ceremonial. Si la clavas en su corazón en el momento exacto… su alma quedará atrapada. De esa forma no podrá realizar el ritual y no tendrás que perder tus recuerdos de esta vida. Solté una carcajada amarga. No podía creerlo vine hasta aquí por eso. —¿De verdad esperabas que matara a mi compañero? ¿Eso planearon tu y Derek? —¡Es un monstruo, Jessica! ¿Y tú lo dudas? Dudas en matarlo. —¡Porque es mi compañero! ¡Y aunque tengo miedo, no soy tan estúpida como para matar a quien la Diosa de la luna me unió! Su rostro se torció en furia. —Bien… si no puedes matarlo tú… ¡lo haré yo! Yo me asegurare que no recupere a su maldito amor y que pague por lo que yo tuve que soportar. Se lanzó hacia mí, con la daga en mano. Todo sucedió demasiado rápido. Forcejeamos. Era más fuerte. Mucho más. Me empujó contra una de las piedras y logré apartarla por un segundo, pero la daga volvió hacia mí. Estaba perdida. Hasta que una ráfaga de energía cruzó el aire y la cabeza de mi madre cayó inerte, la daga rodando por el suelo. —No toques a mi compañera—murmuró, sin mirarme. —¡¿Ares?! —jadeé. Él estaba ahí. Mientras el cuerpo de mi madre yacía en el suelo, con la mirada vacía. —Como llegaste tan rápido —respondí, apartando su mano cuando intentó ayudarme a incorporarme. —¿Me estás reclamando? —gruñó—. ¡¿Después de huir como una cobarde?! —¡Cobarde! —le grité—. ¡Que esperabas si quieres destruir quien soy por una mujer muerta! —¡Quiero devolverte lo que eras! ¡Lo que fuimos! —¿Y qué hay de lo que soy ahora? ¿Y de lo que viví lejos de ti? —Te alejé de todos para protegerte para que crecieras sin lazos, sin pérdidas. Sin dolor. Para que cuando realizara el ritual no perdieras nada importante. —¡Perderme a mí misma es una pérdida importante maldito Alfa hijo de perra! —le grité, llorando. Él me miró. Sus ojos encendidos, creo que no podía creer la forma en la que le acaba de hablar. —No cuando ganas todo lo que fuimos… Las palabras se diluyeron, convertidas en rabia, en dolor… en un deseo que quemaba desde lo más profundo. Y entonces, me besó. No fue un beso, fue una sentencia. Nos devoramos como si al hacerlo pudiéramos borrar todo lo que nos había roto. Nos arrancamos el alma entre suspiros entrecortados. Las ropas volaron con la urgencia de quien ha esperado demasiado. Sus manos me desnudaron como si tuviera derecho sobre cada parte de mí, y su mirada—hambrienta, oscura—no me dejó espacio para dudar. Me tomó sin aviso, de un solo movimiento. Una embestida profunda, brutal, que arrancó un gemido tembloroso de mi garganta. Mi cuerpo se abrió para él a pesar de mi resistencia interna. A pesar de mi orgullo. Porque nuestros cuerpos se reconocían, se buscaban… y al unirse, encajaban con una perfección maldita. Porque habíamos sido diseñados por la Diosa de la Luna para esto. Para arder juntos. Sentirlo dentro fue un deleite doloroso, una herida que sangraba placer. Y él… él no buscaba ternura. Me reclamaba. Me poseía con la ferocidad de un depredador que marca lo que es suyo. Cada embestida era una afirmación brutal: mía. Cada susurro entre dientes, cada jadeo contra mi oído, cada apretón en mis caderas era una promesa silenciosa de que jamás me dejaría ir. Sus manos subieron a mis pechos con ansia, los amasó con una necesidad primitiva que me arrancó un gemido roto. Su boca descendió como fuego sobre mis pezones, lamiendo, mordiendo con fuerza—una crueldad deliciosa que me arqueó contra su cuerpo, jadeando. El dolor era placer, y el placer… condena. Hundí mis uñas en su espalda sin piedad, rasgando la piel, dejando marcas que sangraron al instante. Lo sentí estremecerse. Gemir. Pero no de dolor. De excitación. Su ritmo cambió. Sus embestidas se volvieron más profundas, más salvajes. Como si mi agresión lo hubiera liberado de la última cadena que lo contenía. —Hazlo —susurré, sin saber si lo decía por mí o por él—. Rómpeme. Y lo hizo. Cada movimiento era una explosión de deseo contenido. Sus manos, su boca, su cuerpo… todo en él era una declaración de posesión. Me llevó al límite y más allá, mientras el templo se estremecía a nuestro alrededor, como si las raíces mismas del bosque reconocieran lo que éramos: Dos mitades malditas, unidas por un deseo que nos desafiaba mutuamente. Cuando todo terminó, descansaba sobre su pecho, respirando con dificultad. —¿De verdad no hay forma de evitarlo? ¿De no perderme? —pregunté en un susurro tembloroso. Ares me acarició la espalda. —No quiero herirte. Ni en esta forma. Ni en ninguna. Pero es la única forma… Te juro que, si me das esto, cuando recuerdes quiénes somos, viviré a tus pies y aunque soy un Alfa existire solo para servirte mi Luna. Mis lágrimas cayeron, silenciosas. Porque entendí que él no se rendiría. Me incorporé, secándome el rostro. —Supongo que quieres que regrese a tu hogar. —Te amo y es nuestro hogar… Jessica—susurró. No respondí, pero pude notar que esta vez no le costó decir mi nombre actual en lugar del de Eleanor. Ambos seguíamos desnudos cuando intentamos transformarnos… pero algo no funcionó. —¿Qué…? —murmuré, confundida. Ares frunció el ceño. —Puta madre, Jessica esto fue una trampa y tan perdido en ti caí como un estúpido. ¿Quién te dijo que vinieras a este lugar? ¿Fue tu madre o alguien más? No alcancé a responder. Una voz sonó a nuestras espaldas. —Hola, Ares… Espero que disfrutes este infierno. Te lo mereces. Luces en espiral comenzaron a rodearnos y mientras el mundo se retorcía a nuestro alrededor, solo un pensamiento cruzó mi mente: —Derek. Maldito bastardo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR