El sonido húmedo y rítmico de su boca al succionarme era indecente. Como una plegaria pronunciada en la lengua del pecado. Un rezo silencioso que se alzaba desde el infierno directo a mi centro. La tenía de rodillas entre mis piernas, con las muñecas aún atadas. Sus brazos temblaban por el esfuerzo, los músculos tensos, implorantes, ansiosos. Pero no podía tocarme con ellos. Solo sentir. Solo saborearme. Solo rendirse. Sus labios, entreabiertos con una devoción profana, me tomaban con una lentitud que quemaba. Su lengua recorría mi erección como si cada trazo fuese un castigo que me merecía… y que solo ella podía administrar. Y lo sabía. Por todos los dioses prohibidos, lo sabía. Mis dedos estaban enredados en su cabello, guiándola sin suavidad, marcando el ritmo con esa necesidad urgen

