Capítulo 1: Bajo el peso del legado
Alina se asomó al balcón de su habitación, dejando que el aire fresco de la noche acariciara su rostro. Desde allí, podía ver los terrenos de la gran mansión Moretti, la mansión arrebatada a Derek en la gran guerra, iluminados por decenas de antorchas y adornados con flores en honor a su cumpleaños. Todo el clan estaba reunido para la celebración, un evento que no solo marcaba su mayoría de edad, sino también el inicio de su destino.
El destino. Esa palabra había sido su sombra desde que tenía memoria. Hija de Alessandro Moretti, el temido Alfa, y Nina, la Luna del clan, Alina había nacido bajo la luz de una luna llena, un presagio de grandeza según los ancianos. Con su belleza curvilínea y una confianza que desarma, Alina parece tenerlo todo. Pero mientras todos veían en ella la heredera perfecta, Alina sentía que las expectativas la asfixiaban.
—¿Ya estás escondiéndote? —La voz de su madre llegó desde la puerta. Nina, con su eterna elegancia y mirada comprensiva, entró al balcón sin esperar invitación.
—No estoy escondiéndome. Solo... —Alina se detuvo, sin saber cómo terminar la frase.
Nina sonrió, pero había un atisbo de preocupación en su rostro.
—Te conozco demasiado bien. ¿Es la ceremonia lo que te inquieta?
Alina suspiró y se apoyó en la barandilla.
—Es todo, mamá. No es solo la ceremonia. Es este lugar, estas personas... siempre esperando que sea algo que quizá no soy.
—Eres más de lo que crees, Alina. —Nina se acercó y colocó una mano sobre el hombro de su hija. —Sé que es difícil cargar con el peso de un legado, pero también sé que tienes la fuerza para encontrar tu propio camino.
—¿Qué pasa si mi camino no es el que todos esperan? —Alina la miró, buscando alguna señal de que era posible escapar de lo inevitable.
Nina sonrió con suavidad, pero antes de responder, una voz grave interrumpió el momento.
—Alina.
Ambas se giraron para encontrar a Alessandro, de pie en la puerta con su presencia imponente. El Alfa no necesitaba levantar la voz para hacerse escuchar; su autoridad era suficiente para llenar cualquier espacio.
—Es hora. —Alessandro dirigió una mirada inquisitiva a Alina, como si pudiera leer sus pensamientos más profundos.
Alina tragó saliva y asintió lentamente.
—Estaré abajo en un momento.
Cuando su padre se marchó, Nina tomó la mano de Alina.
—Estás hermosa, querida. —La voz cálida de su madre la hizo girarse. Nina estaba radiante, con su cabello oscuro cayendo en cascadas sobre un vestido azul que resaltaba su figura.
—Gracias, mamá. —Alina intentó sonar convincente, pero Nina la conocía demasiado bien.
—No tienes que decidir nada esta noche, ¿entiendes? No importa lo que otros digan, esta es tu vida.
Alina asintió, pero no estaba convencida. Su madre tenía razón en algo: esta era su vida. Pero ¿cómo podría tomar las riendas si todos a su alrededor parecían decididos a controlarla?
Al quedar sola, miró hacia la luna llena, tan brillante como la noche de su nacimiento. Era un recordatorio constante de quién era y de quién esperaban que fuera.
—Quizá la luna no está destinada a ser domada. —Murmuró para sí misma.
Y con ese pensamiento, Alina se dio la vuelta, lista para enfrentar la celebración... aunque no estaba segura de estar lista para lo que vendría después.
Alina descendió las escaleras principales, escuchando el murmullo creciente de los invitados que se reunían en el gran salón. A medida que se acercaba al bullicio, sus pensamientos comenzaron a divagar, alejándola del presente y llevándola a los recuerdos que habían moldeado su vida hasta ahora.
Desde pequeña, su futuro había sido un tema recurrente en cada conversación, cada decisión, cada aspecto de su formación. Ser la hija del Alfa y la Luna no era un privilegio, sino una responsabilidad. Todo lo que hacía estaba destinado a prepararla para el día en que, junto a su pareja destinada, lideraría al clan Moretti.
Había aprendido a pelear antes de aprender a bailar, a negociar antes de aprender a soñar. Las tácticas de batalla y las alianzas estratégicas ocupaban el lugar de las novelas y los viajes que otros jóvenes disfrutaban. Mientras sus amigos hablaban con entusiasmo de ir a la universidad, de explorar nuevos horizontes, Alina solo podía pensar en lo lejana que parecía esa posibilidad para ella.
Era la heredera. La futura Luna. Todo lo que hacía estaba orientado a ese objetivo, desde los entrenamientos físicos diarios hasta las interminables reuniones en las que aprendía las complejidades de la política entre clanes.
No podía negar que había momentos en los que se sentía orgullosa de lo que había logrado. Era fuerte, rápida y astuta, capaz de enfrentarse a cualquier reto. Pero había un costo.
"¿Y si hubiera tenido otra opción?" pensó mientras sus pies la guiaban hacia el salón. "¿Qué habría sido de mí si no hubiera nacido con este peso sobre los hombros? ¿Habría estudiado historia, arte o tal vez medicina? ¿Habría viajado? ¿Hablaría ahora de mis experiencias en lugar de estrategias para proteger el territorio?"
A menudo escuchaba a los otros jóvenes del clan hablar de sus años en la universidad, de los amigos que habían hecho, las aventuras que habían vivido y los sueños que perseguían. Aunque no todos los lobos seguían ese camino, los que podían hacerlo parecían vivir una libertad que Alina nunca había tenido.
No era que ella despreciara a su clan o su lugar en él. Sabía lo que significaba ser la hija de Alessandro y Nina, y entendía el papel vital que jugaba en su comunidad. Pero había noches, como esta, en las que se preguntaba si alguna vez llegaría a descubrir quién era realmente, fuera de lo que otros esperaban de ella.
Se detuvo en la entrada del salón y tomó aire. Los invitados estaban allí por ella, esperando que cumpliera con su deber, que diera un paso más hacia el destino que se había trazado antes incluso de que naciera.
"Tal vez no puedo cambiar lo que soy", pensó con un suspiro, "pero esta noche será diferente. De alguna manera, encontraré una forma de recuperar el control".
Con la cabeza en alto, Alina entró en el salón, lista para enfrentar la primera batalla de la noche: la de mantener las apariencias mientras su mente luchaba con todas las preguntas sin respuesta que la atormentaban.