Capítulo 10

1763 Palabras
Steven llegó a casa ya entrada la noche, con el cansancio hundido en los hombros y la mente todavía naufragando en lo que había pasado con Darius y el loco plan de extinguir a los lobos. Empujó la puerta y, apenas cruzó el umbral, el aroma delicado de sándalo, aquel que Claire, su esposa utilizaba para perfumar el espacio, lo envolvió con una cálida familiaridad. Como siempre, su hogar estaba impecable, las superficies brillaban como si nadie hubiera pasado por ahí en días, los cojines estaban perfectamente alineados y las cortinas, suaves y blancas, caían con una elegancia casi teatral. Ella siempre era detallista y atenta en todo. Claire vino desde la sala con una sonrisa radiante, como si hubiera estado esperando exactamente ese segundo para aparecer. Su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros hasta la cintura y sus ojos brillantes y sus labios rojos, siempre estaba hermosa al recibirlo. —¿Amor? —sonrió avanzando hacia él —. Llegaste más tarde de lo habitual. Steven cerró la puerta, soltó un suspiro y dejó sus guantes sobre el pequeño mueble de la entrada. A pesar de su cansancio, su expresión se suavizó al verla. Ya tenían dos años de está rutina y él nunca se cansaba de ser recibido de esa manera. —Hubo demasiados asuntos… el rey no está exactamente en su mejor momento —respondió con un suspiro. Claire tomó su mano y la apretó con dulzura. —¿Quieres un baño? Te lo preparé por si regresabas agotado. Era un gesto que Claire hacía casi a diario, y Steven siempre lo agradecía. Era de las pocas cosas constantes en su vida, la dedicación de su esposa, esa mezcla de calma y devoción que lo hacía sentir que al menos una parte del mundo era confiable. —Sí, gracias —contestó, inclinándose para besarle la frente antes de dirigirse al baño. Claire lo siguió con la mirada mientras él desaparecía por el pasillo. Su sonrisa, dulce e inocente a primera vista, se tensó apenas. No por disgusto, sino por anticipación. Sabía que algo había ocurrido; podía leerlo en la manera en que Steven caminaba, en cómo su mente parecía en otra parte. Y Claire, más que nadie, sabía que toda información era poder. El agua tibia alivió los músculos de Steven, pero no sus pensamientos. Se frotó el rostro con ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás, recordando el momento exacto en que Darius se había desplomado en el sofá, rendido por la tensión, y Steven se había atrevido a mencionarle algo que normalmente jamás le habría discutido. Elara. Aquella loba. La nueva “reina”. No era un lobo completo, así que no podía ser de “Sangre Real” y por conclusión no era hija del Alfa como lo habían dicho en aquel contrato. Esto cambiaba todo y eso tenía a Steven con los pensamientos enredados. Salió del baño envuelto en una toalla, y Claire estaba sentada en la pequeña mesa de lectura de la habitación, fingiendo estar pasando páginas aunque no había avanzado ni una línea. Al verlo, dejó el libro y sonrió con un brillo de genuina curiosidad. —¿Y bien? —preguntó con suavidad—. ¿Cómo te fue hoy? Steven fue al armario a buscar algo de ropa, la toalla le envolvía la cintura apenas dejando su dorso descubierto, todavía se secaba el cabello con otra toalla mientras caminaba por la habitación.. —Fue… complicado —respondió—. Hay demasiadas cosas que no encajan. —¿Cosas sobre el reino? —preguntó Claire, inclinándose levemente hacia él, como si sus palabras fueran sólo para compartir un secreto. Steven negó despacio. —Sobre la nueva Reina. La nueva Reina, por supuesto. Ella estaba enterada sobre eso, habían hecho un trato con los lobos, Steven se lo había contado todo, él siempre era demasiado ingenuo y le decía todo. Sin embargo, Claire abrió los ojos con sorpresa creíble. No actuaba mal; más bien, sabía calibrar exactamente qué reacción usar. —¿La loba? ¿La que enviaron los del norte? —Esa misma —confirmó Steven—. Pero no es lo que dijeron que sería. Está claro que tiene sangre humana. Y no parece una Luna. Claire entreabrió los labios, fascinada. —¿Es una híbrida? —Es posible, no te das cuenta si estás lejos —mencionó. —Entonces, no es una Luna, no es ni siquiera una loba. Era entre afirmaciones y dudas, Claire quería saber más, tal vez tendría una oportunidad para poder llegar al trono. Steven suspiró y fue a tomar un lugar a la orilla de la cama. —No tiene presencia… no tiene poder. Al menos no el tipo de poder lunar que esperábamos. Incluso Damon notó la sangre humana. Está detrás de ella todo el tiempo y si un niño lo siente, significa que está ahí. Claire se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. Y luego, lentamente, su mente empezó a atar cabos. Su expresión seguía cálida y dulce, pero por dentro su ambición se erguía como una sombra muy despierta. Definitivamente, está sería su oportunidad, podrían acusar a Darius de negligencia, de ser un mal líder y Steven sería el nuevo Rey, finalmente ella podría ser Reina, pero no podía hacerlo notar. Después de todo, ella era una dulce esposa. —¿Y qué harán? —preguntó con voz suave. Steven tragó saliva. Parte de él quería callar. Pero confiaba ciegamente en Claire. —Darius quiere… idear un plan. Dice que cuidarán a Elara, la tratarán como reina, le enseñarán sobre los vampiros… y en la reunión ancestral la expondrán como una impostora. Claire parpadeó. —¿Exponerla…? ¿Significa que…? —Que podrían condenarla a muerte —completó Steven—. Y eso… podría romper por completo el tratado con los lobos. Darius quiere esa guerra desde hace años. Claire sintió un escalofrío de emoción recorrerle la columna. No por Elara. No por la guerra. Sino por la posibilidad que se abría como un cielo rojo frente a ella. Si Darius muere en batalla… Steven será el siguiente en la línea del trono. Y yo seré reina. Pensó. Su voz, sin embargo, no dejó ver nada. —Amor —dijo acercándose para tomarle las manos—, ¿y tú qué piensas? Steven dudó, tal como ella esperaba. —Siento que estamos cometiendo un crimen —admitió con un susurro—. No parece mala persona. Y… y si es mitad humana, estará en peligro aquí. Muchos vampiros harían cualquier cosa por sangre humana. No me convence exponerla así. Claire le rodeó el rostro con ambas manos y le dio un beso suave. —Cariño… ustedes no van a lastimarla. Solo la cuidarán hasta que el consejo decida. No es culpa tuya si ellos llegan a una conclusión dura. Fue culpa de los lobos que nos han engañado, a ti, al Rey y a todos los vampiros. Tú solo harás tu trabajo. Steven bajó la mirada. —Pero… Ella lo abrazó, apoyando la cabeza en su pecho. —Además —continuó Claire con una voz que parecía misericordia disfrazada—, si es mitad humana… realmente corre peligro. Y si el consejo descubre el secreto antes que ustedes, ¿qué crees que pasará? Incluso ustedes podrían correr peligro, esperemos que no lo sepan y que puedan hacerlo ustedes primero. Steven inhaló con fuerza. Claire estaba usando el ángulo adecuado, la supervivencia, la responsabilidad… y la protección. —No lo había pensado… —Claro que no, porque tú siempre ves lo mejor en los demás —dijo con ternura—. Por eso te amo. Pero debes ser realista. Esto no es un juego. La Reina podría ser usada en tu contra. Incluso contra mí. Cualquiera podría enterarse e informarlo… y si la esconden… si lo manejan mal… ustedes quedan como culpables. Steven sintió un nudo en el pecho. Claire tenía razón. O al menos, así lo sentía él. Claire le acarició el cuello con suavidad. —Además… —añadió, bajando la voz en un susurro cálido—. Puedo ayudar. Si quieren que ella aprenda sobre la vida vampírica, puedo enseñarle. Puedo ser su amiga. Puedo cuidarla, acompañarla… alimentarla si es necesario. No quiero que le pase nada. No quiero que nadie la utilice. Steven sonrió, conmovido por la generosidad que creía real. —Eres increíble —murmuró. —Solo intento ayudarte —respondió Claire, tocándole el pecho con una delicadeza calculada. Lo besó otra vez, despacio, como si sellara un pacto silencioso. Steven respondió al beso, primero con suavidad y luego con un ardor más profundo. Claire aprovechó su vulnerabilidad. Se acomodó sobre sus piernas, rodeó su cuello con los brazos y lo miró con esos ojos que siempre parecían llenos de amor puro. —Prométeme que no cargarás con todo tú solo —susurró contra sus labios—. Prométeme que confiarás en mí, como siempre lo has hecho. —Claro que sí —dijo él, seguro, convencido, perdido por completo. La besó con más fuerza, con más necesidad. Claire dejó escapar un pequeño suspiro de satisfacción, no solo emocional, sino estratégica. Sabía que lo tenía justo donde lo quería, dispuesto a apoyar a su hermano, dispuesto a seguir el plan que eventualmente podría colocarla en un trono. Las manos de Steven recorrieron su cintura y su espalda. Ella correspondió con pasión creciente, inclinándose para besarlo en el cuello, con esa mezcla perfecta entre ternura y deseo que lo hacía olvidar cualquier preocupación. —Te amo, Claire —murmuró él, hundido en aquel momento. Ella sonrió contra su piel. —Y yo a ti, mi amor. Pero mientras sus labios seguían encontrándose, mientras el calor entre ambos crecía, Claire pensaba solo en una cosa: No falta mucho. No falta tanto. Un poco de paciencia… y este reino será mío. Steven, ajeno a esos pensamientos, se dejó llevar completamente por la pasiónde su esposa. Por la seguridad que ella le daba, por la ilusión de que juntos estaban tomando la decisión correcta. Creía que Claire era buena, noble, amorosa. Que lo apoyaba porque tenía compasión hacia Elara. Que lo abrazaba porque quería protegerlo del peso que cargaba. No sabía que para Claire, cada gesto era un movimiento calculado, cada caricia una cuerda que afianzaba, cada beso una forma de asegurarse de que Steven no dudaría cuando llegara el momento. Y así, entre susurros, caricias y una pasión que ardió, Claire consolidó su lugar a su lado. Steven la abrazó como si ella fuera su refugio.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR