Ella dejó de caminar y entonces me giré a verla. A leguas se notaba que estaba realmente nerviosa por todo este motivo. — ¿Qué pasa mi amor? —le pregunté. —Creo... creo que no es buena idea, Adrien. Mejor llamo a mi madre y le digo que no venga. O quizás llame a papá y le diga a él que no venga —dijo y tomó su celular. —Oye, oye —la detuve y le quité el pequeño aparatito —Todo va a estar bien. Ellos dos son personas grandes, van a comportarse. Ella asintió y besé su frente. Volvimos a caminar y entramos al lujoso hotel para dirigirnos a la parte cómoda del restaurante. Un hombre calvo y de baja estatura se acercó a nosotros. —Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlos? —nos preguntó. —Buenas tardes —lo saludó Em —Tenemos una reservación a nombre de Emery Dupont. El hombre miró la agenda

