Con una sonrisa alegre, la mujer de recursos humanos me indica cuáles serán mis nuevas tareas. Básicamente, debo supervisar que las demás chicas hagan la limpieza, mientras yo me encargo de las labores de coordinación. Voy con Marta, la mujer de recursos humanos, a conocer mi nueva oficina. —Bueno, ahora tendrás tu propia oficina —me dice. —¿De verdad? —pregunto asombrada y aplaudo antes de entrar—. ¿Por qué me ascendieron? —pregunto una vez que ella me mira. —Por tus propios méritos. Tu padre no tuvo nada que ver en esto —comenta con una sonrisa, y le agradezco. Me siento muy feliz. Después de tanto tiempo de ser solo la hija de alguien, ahora puedo decir que estoy progresando por mis propios méritos. Cuando me quedo sola, sonrío. Nunca había tenido una oficina y nunca había tenido ta

