CAPÍTULO ~ 2 : Donde la noche muerde

1057 Palabras
Cataleya no durmió. Su mente había entrado en una espiral de recuerdos rotos, nombres que no reconocía y rostros que parecían sacados de un lugar entre sueños y pesadillas. La imagen de Killian en esa vieja fotografía no se despegaba de su memoria. Era imposible. Inexplicable. Insano. ¿O no tanto? Despertó a las 4:17 am sin haberse dormido del todo. La ciudad seguía temblando en su ventana, con esa luz naranja sucia de los postes y el eco lejano de motocicletas callejeras. La cafetera hizo su ritual de siempre, pero el sabor era ácido como su ansiedad. Revisó su celular. Ningún nuevo mensaje, pero la imagen seguía ahí: ella misma, de espaldas, en la azotea. Cataleya no era fácil de quebrar. Había sobrevivido a cosas peores que una carta misteriosa y una cara conocida en el pasado. Pero esta vez... era diferente. Esto no era dolor. Era algo peor: duda. —Necesito respuestas —murmuró, amarrándose el cabello y revisando de nuevo la foto vieja. La cicatriz. El fondo blanco. Las batas. Todo gritaba "clínica", pero no reconocía ningún hospital. Y ahí estaba él. Más joven. Pero inconfundible. Killian. —¿Quién carajos eres? Tomó su abrigo de cuero y salió del apartamento sin mirar atrás. En su mente, solo había un lugar donde podría encontrar alguna pista: la antigua casa de su tía Liza. Una mujer que había estado demasiado cerca de su madre y de todo lo que Cataleya había olvidado con los años. El camino era oscuro. Las calles parecían congeladas en un silencio artificial. Las luces del semáforo parpadeaban sin control y los autos parecían moverse a cámara lenta. Algo no encajaba en el aire. Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración. Cuando llegó, el portón estaba entreabierto. Eso fue lo primero raro. La casa había estado abandonada por años. Nadie en la familia hablaba de ella. Nadie iba. Era uno de esos lugares que simplemente dejabas pudrirse en el tiempo. Pero esa noche, había una luz encendida en el segundo piso. Cataleya dudó. Podría ser un vagabundo, un intruso, o... —No seas cobarde ahora, Cata... —se dijo en voz baja. Empujó la puerta. Crujido. Polvo. Y ese olor a humedad que traía consigo recuerdos empolvados. Subió las escaleras con cuidado, el corazón latiendo a un ritmo irregular, casi musical. Cada paso sonaba como un latido del pasado. La puerta del cuarto estaba entornada. Una figura estaba sentada junto a la ventana. Y entonces, lo escuchó. Su voz. Grave. Serena. Con ese tono que perfora y acaricia a la vez. —No sabía cuánto tardarías en venir. Cataleya retrocedió un paso, pero no huyó. No podía. Sus piernas parecían ancladas al suelo. Sus manos se cerraron en puños. —¡Tú! ¿Qué demonios estás haciendo aquí? Killian se levantó con calma. Estaba vestido de n***o, como si fuera parte de la noche misma. Su cabello húmedo, su camisa semiabierta, y ese aroma... a peligro. —Buscándote. Como siempre. Cataleya tragó saliva. —No juegues conmigo. Apareces en una foto mía de cuando era niña. Me sigues. Me observas. Me mandas mensajes anónimos. ¡Dime la verdad! Killian dio un paso hacia ella. Luego otro. Hasta que estuvieron a un metro de distancia. —No vine a hacerte daño, Cata. Vine a devolverte tu historia. —¿Mi historia? —escupió, con los ojos encendidos. —Sí. La que te arrebataron. La que borraron con bisturíes y mentiras. La que te dejaron vivir creyendo que era tuya... cuando en realidad eras solo una pieza más del experimento. Cataleya sintió que el mundo giraba. Dio un paso atrás, tropezando con una silla. —¡Estás loco! —Tal vez. Pero no miento. Y entonces, sacó algo de su bolsillo. Un mechón de cabello envuelto en plástico, y una ficha médica con su nombre real. Cataleya Fernández Moreau. Fecha de nacimiento: desconocida. Procedencia: confidencial. Clínica: Proyecto B-0319. Sintiendo que todo se desmoronaba, ella cayó de rodillas. Killian se agachó junto a ella, pero no la tocó. —No vine a hacerte daño. Vine porque estás en peligro. Y sí, fui parte de ese lugar. Pero no como tú crees. Ella lo miró, los ojos llenos de rabia, miedo y algo más oscuro que no sabía nombrar. —¿Y por qué yo? Killian sonrió con tristeza. O tal vez con deseo. O ambas cosas. —Porque eres el secreto que nadie pudo borrar. Y antes de que pudiera responder, la ventana del cuarto estalló. Un disparo. Ambos se tiraron al suelo. —¡Nos encontraron! —gritó él, tomándola de la mano sin pedir permiso. Cataleya no pensó. Corrió con él. Bajaron las escaleras a oscuras, entre polvo y balas perdidas. Al salir, un auto n***o los esperaba. —¡Sube! —ordenó Killian. Ella dudó. Solo un segundo. Pero en ese segundo, el pasado, el presente y todo lo que conocía se había ido al carajo. Subió. Y el auto desapareció en la noche. Dentro del vehículo, con la respiración entrecortada y el corazón latiendo como un tambor de guerra, Cataleya finalmente habló: —¡Explícame todo! ¡Ahora! Killian la miró desde el asiento del copiloto. —Estás lista para la verdad, pero no para toda. No aún. Te la daré por partes. Como a los que sangran lento. —¡Te odio! —Y por eso no puedes dejar de mirarme. Cataleya le pegó un puñetazo en el pecho, pero él no se inmutó. La miró con calma. Con esa frialdad ardiente que confundía. Con esa rabia domada que solo tienen los hombres que han visto demasiado. —Me perteneces, Cataleya. Aunque aún no lo recuerdes. Ella sintió que la cabeza le iba a explotar. Pero más allá del miedo... algo se encendía en su vientre. Una chispa primitiva. Una atracción que la hacía odiarse y desearlo al mismo tiempo. En el retrovisor, alguien los seguía. —No estamos solos —dijo Killian. El auto aceleró. Calles vacías. Semáforos ignorados. El rugido del motor se volvió su única canción. —¿Quién nos persigue? Killian la miró. —Los que no te quieren libre. Y entonces, Cataleya supo algo más aterrador que la persecución, que los secretos, que el fuego en su pecho: Ya no podía escapar. Ni de su pasado. Ni de él. Ni de ella misma.
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