Capítulo 3.
Sorpresas de la vida.
Selene queda sin palabras ante su expresión, así que guarda silencio, ya que no quiere hacerlo molestar. El viaje es muy tranquilo, se mantienen distantes. Al aterrizar, dos coches los esperan; es momento de tomar caminos separados, de manera que ella le entrega la agenda para que pueda guiarse mientras ella no está.
—Si me necesita, no dude en llamarme, señor.
—Que tenga un buen día, señorita Castró.
—Buen día, señor.
Ella espera a que suba en su coche y, en cuanto lo hace, el coche sale del lugar dejándola con un vacío insoportable.
—¿Está lista, señorita?
—Sí, Carlos, ¿me podrías llevar al aeropuerto?
—Sí, por supuesto.
Tiene un día y medio libre; eso le da tiempo de ir a ver a su madre y volver. Con el cheque que Julián le dio, podrá pagar la cuota de la deuda y sacar a su madre de la presión en la que está. Está agotada; después de 14 horas de vuelo siente su trasero entumecido; aun así, se dispone a viajar para ver a su madre. Son casi las 5 AM, está agotada de tal manera que no pierde tiempo en tomar un taxi que la lleva a su casa. Al llegar, saca la llave debajo de la maceta, como acostumbra dejarla su madre, y abre la puerta para ver el desastre que los hombres han dejado; es inquietante de tal manera que suelta sus cosas en la entrada y camina a la habitación para ver a su madre dormida en su cama. Eso tranquiliza a Selene, quien se acerca poco a poco para acariciar a su madre, notando que ha estado llorando mucho; sus ojos hinchados son evidencia de eso y lo delgada que está deja saber que no está comiendo bien.
—¿Selene? Cariño.
La mujer abre los ojos confirmando que es su hija.
—Aquí esto, mamá, tranquila.
La abraza fuerte tratando de calmarla; ambas se acomodan en la cama y Selene duerme a su madre nuevamente. Ver lo frágil y cansada que está le hace doler el corazón; no ve el día en que ellas puedan ser felices, el día en que tengan otra vez una vida normal. Al dormir a su madre, Selena se levanta para limpiar todo el desastre; pasa la mañana limpiando y sacando la basura, deja todo listo antes de que su madre despierte, quiere sorprenderla, así que le prepara el desayuno, el cual le cuesta hacer con lo poco que hay. Selene deja todo tapado y sube a su habitación, la cual está como la dejó; al entrar, se regala un poco mientras se desviste para tomar una ducha que la lleva a tocarse.
Al tocarse, Selene puede sentir como si Julián la tocara. Esa manera intensa en la que la tocó en el coche no sale de su mente; la relaja de tal manera que se toca pensando en él. Está sumergida en sus deseos, se muerde los labios ante su orgasmo, que la invade por completo. Es como si se conectaran, ya que sin saberlo, ambos se tocan pensando uno en el otro; cada pensamiento los lleva a unirse desde la distancia en la que sus deseos los someten, haciéndolos cerrar los ojos ante la sensación. Al Selene cambiarse, baja a desayunar, encontrándose con su madre, quien prepara un juego de naranja, siendo el favorito de Selene.
—Buenos días, cariño, te preparé tu jugo de naranja, está frío como te gusta.
—Gracias, mamá, ¿dónde está Renata?
—Hija, desde que ella se mudó con Rubén viene muy poco; a veces solo viene a traer lo del pago. Me dice que ahora trabaja horas extras y que se le dificulta visitarme.
—¿Sabes dónde vive mamá? ¿Dónde trabaja?
—Sí, hija, lo tengo anotado por aquí.
La mujer camina por su libreta, de la cual saca una hoja y la rompe para darle ambas direcciones a Selene.
—Escucha, cariño, sé que esto es muy duro para ustedes, ella con dos trabajos. Me había contado que discute mucho con Rubén y una vez vino a quedarse tras una discusión, pasó dos semanas aquí y la verdad me preocupa, llegaba muy tarde, tan cansada, y tú con ese trabajo, sin días libres, sin una relación formal, no sé cuándo podrás tener una vida y formar una familia. Yo me siento una inútil que no consigue trabajo y no puede ayudarlas con una deuda que no les pertenece, no sé cuándo podremos respirar tranquila. Tu padre nos ha desgraciado la vida y yo soy la única culpable.
Selene se levanta para abrazarla y poder calmarla.
—No es tu culpa, mamá, no sabías en lo que él estaba metido, por favor, no te culpes, tranquila, lo resolveremos, iré a ver cómo está Renata, volveré para la tarde, estaré aquí antes de que lleguen por el pago.
—Está bien, cariño, te prepararé algo de comer.
—Está bien, mamá, pasaré por el mercado antes de volver.
Selene toma un taxi para visitar a su hermana en el trabajo; al llegar, se entera de que ella tiene dos días sin ir y está despedida. Eso la preocupa y, por más que la llama, no responde, de manera que toma un taxi para ir a verla a su casa, donde una vecina sale a recibirla.
—¿Hola?
—Buenos días, disculpe, ¿se encuentra Renata?
—Disculpe, ¿quién la busca?
—Soy su hermana Selene, ¿ella se encuentra?
La chica la mira con preocupación y le abre la puerta.
—Lo siento, hermosa, creo que deberías pasar.
—¿Pasa algo?
—Velo por ti misma.
Selene se asusta y no pierde tiempo en entrar, encontrando a su hermana con un yeso en su pierna derecha acostada sobre el sofá de la sala. Renata, al verla, le baja la mirada; está aquí después de que la ha evadido todo este tiempo.
—Lo sé, lo sé, lo siento tanto, cariño, no quería preocuparlas.
Selene camina sentándose a su lado y no pierde tiempo en darle un abrazo; la quiere tanto que verla en tal estado la conmueve muchísimo.
—Soy una tonta, Selene, te he dejado sola con todo esto.
—Tranquila, ¿qué te pasó?
—Me atropelló un coche al salir del trabajo, iba tarde a mi otro trabajo y crucé la calle sin mirar; el hombre me dejó en medio de la calle y huyó. Tuve que pagar la clínica con lo que tenía reunido, mi relación está a punto de irse a la basura y si no fuera por mi vecina, quien viene a ayudarme, estaría perdida. No sé cómo ver a mamá a la cara y decirle que le fallé, les fallé a ti y a ella; estoy a punto de un colapso, esto está terminando conmigo.
Renata llora y se puede ver su desesperación, dejándole saber que no tiene más salida que hacerse cargo por su cuenta; es la única que no tiene una relación y es la única que gana un poco más de dinero, aunque se esclaviza por completo ante su jefe, pero no tiene otra salida. Su madre no tiene trabajo y su hermana está perdida en sus problemas, ¿acaso algo más le puede salir mal?
—Escucha, Renata, lo resolveré, ¿está bien? Veré cómo lo hago, pero, por favor, no te desaparezcas de la vida de mamá; ella está preocupada por ti, eres lo único que tiene cerca y te necesita. Yo debo volver mañana temprano y, antes de irme, solucionaré todo esto, ¿está bien?
—Ay, Selene, ¿qué vas a hacer? Cariño, es mucha responsabilidad para ti; ya has sacrificado mucho.
—Solo te pido que cuides de mamá, ¿está bien? Recupérate, debo irme; antes de irme, mañana pasaré a verte. Ya no tienes de qué preocuparte, recupera tu relación y recupera tu vida, te lo mereces.
—O cariño, esto… —La abraza entre lágrimas. —Eres tan responsable, no sabes lo que me duele todo esto, no poder ayudarte.
—Tranquila, lo voy a resolver, tú tranquila.
Selene se queda con ella por unos minutos y se despide para poder ir al banco, donde al llegar hace una enorme fila para terminar en la oficina del gerente debido al monto excesivo que desea sacar en efectivo. Le ha tomado casi todo el día y su celular empieza a sonar por llamadas de su madre; es un proceso que la angustia y empieza a sentirse ansiosa, imaginando que algo le pueda pasar a su madre.
—Señorita Castro, ¿está bien?
El gerente llega para verla temblando en la oficina con ansiedad de terminar con todo esto rápido.
—Sí, estoy bien.
—Perfecto, en unos minutos llegará nuestro agente con el maletín, todo está listo.
—Gracias. —Dice pensando en su madre y en su jefe para poderse calmar.
Al estar listo todo, aparece un chico con un maletín con el dinero solicitado, por el cual le hacen firmar unos documentos de entrega.
—Señorita, permítame proporcionarle un vehículo; la espera afuera para llevarla a donde desee.
—Está bien, muchas gracias.
Selene está ansiosa por salir a ver a su madre; es tarde y no ha podido llegar a la hora que le dijo. Tal y como lo indicó el gerente, un coche espera en la entrada; no es la primera vez que le pasa algo así, ya que cada vez que va a retirar un cheque de su jefe, un coche la espera y es de suponer que el hombre lo envía siempre, de manera que se siente segura al subir con tanto dinero. Selene le da la dirección de su casa y el hombre de inmediato sale a la dirección a la que ella le indica, dejándola, como pidió, fuera de su casa. De inmediato, al bajar, el hombre se conecta al celular y Selene, quien se baja de prisa, no le presta atención a las señales hasta que entra a su casa, notando a su madre en el suelo; su labio sangra y está débil, llorando desesperada.
—Mamá, mamá, ¿estás bien?
—Selene, hija… —Llora desconsolada.
—Tranquila, mamá, lo resolveré, lo haré.
Selene se levanta y toma el maletín; ignorando a su madre, sale de la casa deteniendo un taxi, el cual se detiene al ella atravesarse en medio del camino. Se sube en él y sale de inmediato; está tan enojada, tan perdida que no nota el coche que la sigue. Después de varios minutos, llega al casino, donde se baja, entrando al lugar sin esperar autorización ni permiso de entrada, siendo perseguida por hombres de seguridad, los cuales evita adentrándose a la oficina del jefe, quien se queda en shock ante la presencia de Selene y la manera en que arroja el maletín con el dinero sobre el escritorio muy enojada.
—Aquí está tu maldito dinero, no tienes por qué ir con amenazas ni agresiones a mi casa.
El hombre se levanta deteniendo a los hombres de seguridad que intentan tocarla.
—¿Se puede saber quién eres tú?
—Soy la hija de Darío Castro.
—Darío, Darío, ah, ya, el borracho que me debe más de doscientos mil dólares, vaya, pero no sabía que tenía una hija tan hermosa.
El hombre mayor se acerca a Selene y ella lo abofetea con fuerza, endureciendo al hombre mayor, que la toma del cabello con fuerza.
—Hija de puta, nunca nadie me ha puesto una mano encima, ¿quién te crees que eres para venir hasta aquí de tal manera? ¿Acaso quieres morirte hoy?
Selene forcejea con enojo.
—Vete al demonio, haz lo que quieras, pero una cosa sí te diré: no voy a permitir que sigan lastimando a mi madre. Hemos cumplido con todas tus malditas cuotas y no hemos fallado ninguna; tú no puedes venir y agredir a mi madre creyendo que te saldrás con la tuya.
—¿AH, no? ¿Quién me lo va a impedir? ¿Tú?
De repente, su celular empieza a sonar al mismo tiempo en que la puerta se abre de golpe y es uno de los hombres de seguridad.
—¿Riqui? ¿Qué demonios te pasa?
—Señor, debe contestar el celular.
—¿Qué demonios pasa? Habla.
—Señor, lo sabrá en cuanto responda.